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JOSÉ FERNANDO TALAVERA


  ARTÍCULOS PERIODÍSTICO PUBLICADOS EN ABC COLOR - Por FERNANDO TALAVERA


ARTÍCULOS PERIODÍSTICO PUBLICADOS EN ABC COLOR - Por FERNANDO TALAVERA

ARTÍCULOS PERIODÍSTICO

PUBLICADOS EN ABC COLOR

Por FERNANDO TALAVERA

 

 

            ABC Color

 

            El diario ABC Color "un diario joven con fe en la patria" fue fundado por Aldo Zucolillo, el 8 de agosto de 1967, clausurado el 22 de marzo de 1984, por defender la libertad y reinicia sus ediciones el 22 de marzo de 1989.

            A comienzos del siglo pasado dos periodistas sobresalientes Adolfo Riquelme y Gualberto Cardus huerta fundan El Diario.

            Ya en la década de 1920 - 1930, se destacan Manuel Gondra y Lisandro Díaz León.

            En la Presidencia de Eligio Ayala, un vocero del Partido Colorado con Juan E. O’Leary, reivindica la figura legendaria de Solano López, junto al intelectual más notable del siglo pasado, Juan Natalicio González.

            La Tribuna fundada por Don Eduardo Schaerer, se constituye en el diario de mayor prestigio y de gran difusión en toda la República, salvo en unos años en que La Mañana, cuya dirección ejercía Don Manuel Bernardes, supera a este en tiraje, y que posteriormente fue clausurado por el Presidente Stroessner y pasó a llamarse la Tarde y El País, dirigido por Emilio Saguier Aceval, conocido como Pitiki, y que año después se convierte en Ultima Hora dirigido por Demetrio Rojas.

            Desde el momento que aparece ABC comienza a ejercer la supremacía y La Tribuna disminuye en venta y comienza la preocupación y la desazón. Ubicada en Gral. Díaz y 15 de agosto, el director Arturo Schaerer comprende que el diario ubicado en la calle Yegros lo comienza a superar de pe a pa como dice Pepa Kostianosky.

            Zucolillo, joven, dinámico, inteligente da un nuevo sentido al negocio de la prensa, ABC se hace ameno, práctico y con información de primera línea.

            Tiene a los mejores periodistas, desde el jefe de redacción, Juan Luis Gauto, Armando Rivarola, Elíseo Pacciello, Luis Verón, Lisandro Cardozo, Sergio Ferreira, Jorge Luis Detone, Enrique Bordenave, Erwin Brítez, Mabel Renfeld, Porfirio Cristaldo, Jesús Ruíz Nestosa, Marta Rossi, Gustavo Laterza, Pepa Kostianosky y otros nuevos jóvenes periodistas que acoplan al calificado plantel.

            Talavera entra a formar parte de este grupo de periodistas y Acero lo distingue y sus escritos comienzan a publicarse. Ya había incursionado en los años 40, junto a su pariente Policarpo Artaza, político y periodista de fuste.

            Su experiencia mayor viene de los años de exilio en Buenos Aires. Escribía en el diario Mercado y era colaborador del Diario la Prensa de la Familia Gainza Paz.

            Transcribo a continuación algunos escritos de José Fernando:

 

            La nuestra es la república de los desamparados. La de los que piden una justicia que se les niega. La de los estafados por delincuentes que andan sueltos. La de 150 o 200 mil familias campesinas, y muchas suburbanas, que están por debajo del nivel mínimo de subsistencia. La de cientos de miles de paraguayos que no acceden a la educación. La de incontables jóvenes a quienes no acertamos a dar trabajo. La de infinidad de compatriotas carentes de vivienda y sanitación. La de ciudadanos que han sido despojados de la institución llamada estado, porque lo que de éste queda sirve sólo para oprimir, no para llenar el cometido que de él se espera.

            Como nunca antes, el Paraguay está a un paso de su disolución. Corre el riesgo de sucumbir con mucha pena y poca gloria. Los problemas que lo asedian no son los ordinarios de una nación, sino que revisten una naturaleza tal que requieren el cuidado de estadistas consumados, aptos para evitar la ruina de una patria que antes logró hazañas memorables, pero que ahora deambula a tientas en la lobreguez de la desesperanza.

            ¿Tenemos hoy esos estadistas? Es posible. El Paraguay los tuvo siempre. Pero no aparecen en la superficie. Todo el arco político ha sido puesto a prueba, con el resultado que estamos palpando. No se revelan los políticos con visión de futuro, con dominio acabado de la realidad nacional, con la integridad de los republicanos auténticos, con las ideas remozadas que requiere nuestra adaptación al ya advenido tercer milenio. Lo que tenemos son operadores superficiales, que únicamente atinan a abrigar conceptos de gobierno envejecidos, y cuyo bagaje de ideas se reduce a una descolorida sarta de lugares comunes.

            Del mismo modo que la naturaleza siente horror al vacío, en el mundo del espíritu no se admite la nada como factor eficiente. Trasladado esto al ámbito de la política, podemos decir que ningún país es sustentable si no cuenta con un gobierno avezado, y más en momentos de grave emergencia como el que atravesamos.

            Pero sucede que nuestra cantera política está agotada. Los funcionarios que valen la pena son minoría. Y, a falta de conductores surgidos de las entidades partidarias, alguien tiene que saltar al escenario. Es lo que hace la Iglesia paraguaya, bien que no sea ésa su función propia.

            Por esta razón, lo que la Iglesia ofrece no son propuestas precisamente políticas sino que, dentro de la órbita moral, preconiza pautas de conducta pública como las que integran el proyecto "Paraguay yai potá va": honestidad, capacidad y otras cualidades que distinguen a los buenos gobernantes.

            La Iglesia está facultada para suplir a la clase política porque, según es percepción general, goza de mayor confianza que los mismos órganos de poder y, como se comprobó durante la festividad de Caacupé y en otras ocasiones, posee una capacidad de convocatoria no igualada por ellos.

            Pero, aún cuando las recomendaciones de los pastores no despierten unánime aprobación -tal sucede en lo atinente a las garantías jurídicas de la propiedad, o en lo que concierne al papel del estado en la esfera económica-, la preponderante influencia que ellos ejercen está fuera de duda y, en no desdeñable medida, obedece al hecho de que los dirigentes políticos se muestran inhábiles para afianzar el imperio de las instituciones y dar al país días de bonanza.

            El contenido político de la acción pastoral sólo se irá reduciendo en la medida en que los órganos a los cuales específicamente incumbe la dirección de la cosa pública estén, de nuevo, a tono con las expectativas ciudadanas. En otras palabras, cuando el vacío sea ocupado por los que tienen el deber de hacerlo.

            Otrosí. Es fútil ejercicio lamentar, como en estos días ocurre, la aparición de megalómanos que prometen el paraíso en la tierra. Ellos no surgen de la nada, ni por causas misteriosas. Simplemente, llenan el vacío que otros dejan.

 

 

 ***

 

 

            El Paraguay carece de protección. Quienes deberían ser sus escudos abandonan el campo al enemigo. Es que el estado paraguayo, desde hace tiempo, no funciona. Está en coma.

            Lo que, desde época inmemorial, era con justa razón tenido por una de nuestras mayores riquezas, la tierra poblada de milenarios árboles de alta copa y profuso follaje, está convertido en desierto. El suelo generoso en humus, la flora opulenta y la fauna selvática son apenas recuerdos borrosos.

            Describía Justo Pastor Benítez al Paraguay, no muchas décadas atrás, como una selva mediterránea. Hoy, el país presenta el aspecto de un erial mediterráneo, salvo islotes de tierra labrada tras la expansión de la frontera agrícola. La ganancia de superficie cultivable se ha dado a expensas de una maravillosa vegetación, segada en aras de un presunto progreso, que alcanza a unos pocos y excluye a muchos.

            La devastación forestal ha alterado el equilibrio ecológico, ha interrumpido el juego de los factores naturales que asegura la conservación de los seres vivos. La erosión ha dado cuenta del humus regenerador. Los bosques que hacían el hogar de pájaros multicolores y otros ejemplares magníficos del reino animal han pasado a ser lugares inhóspitos, donde la vida se apaga lentamente.

            La deforestación paraguaya ha sido perpetrada en escala gigantesca, reñida con los patrones internacionales que reglan la materia. Toneladas y toneladas de rollos emigran diariamente, precipitando la muerte de una selva que, si bien era cruel para algunos desdichados, no dejaba de constituir un patrimonio de la nación.

            Mercaderes voraces depredan los bosques y envían la madera en bruto al exterior, generalmente al Brasil, celoso cuando se trata de reprimir el contrabando nocivo para sus intereses, pero ciego y sordo cuando flotas enteras de camiones cruzan la frontera para llevar a su territorio el fruto de la selva expoliada. O cuando recibe inmensos cargamentos de peces extraídos de nuestros ríos en violación de la veda pertinente.

            Ahora tenemos también en la región oriental aserraderos que son supuestamente clandestinos pero que, a vista y paciencia de todo el mundo, procesan una madera que, semielaborada, pasa la frontera seca con rumbo al Brasil.

            Y no se diga que son los campesinos sin tierra los únicos culpables de la tala indiscriminada. Eso sería falsear la cuestión. Lo que principalmente cuenta es la responsabilidad de las autoridades. ¿Cuáles son ellas? Veamos.

            En primer término el poder ejecutivo, dotado de atribuciones para poner coto primero a la depredación arbórea y luego al tránsito de los camiones rolleros hacia el exterior.

            Luego el ejército, cuyos jefes apostados en la frontera no ven nada, no saben nada, no se enteran de nada. Parecerían ser los mejores aliados de los contrabandistas.

            Y no está exento de culpa el parlamento, contralor por excelencia de la República, cuya pasividad frente a este delito raya en lo intolerable.

            Qué no decir de la justicia, insensible a la ola delictiva que azota el país. Los que deben rendir cuenta son raras veces sancionados y la mayoría de ellos disfruta orondamente de su mal habida fortuna.

            Los gendarmes del Paraguay son cómplices de quienes arrasan sus bosques y, más aún, deberán responder cuando -Dios no lo permita- el país esté en trance de disolución.

 

 ***

 

            "¿Na ñande ruguy véi pico?", clamó monseñor Zacarías Ortiz durante el novenario previo a la festividad de la Virgen de Caacupé, recriminando nuestra inacción frente a las usurpaciones del Brasil, que recibe los rollos de nuestros bosques criminalmente exterminados, que depreda nuestra pesca, que brasileriza nuestros bordes fronterizos con la invasión de sus nacionales, y cuyos aviones dominan el cielo de nuestra región septentrional.

            "¿Es que ya no tenemos sangre?", podríamos decir repitiendo a monseñor Ortiz, a propósito de actos inamistosos de la Argentina, ya que contemplamos impávidos cómo nuestro poderoso vecino nos despoja del Pilcomayo e impone todas las trabas imaginables a la entrada de nuestros productos.

            Los dos peces gordos que nos flanquean firmaron el tratado del Mercosur, pero no cumplen su letra y menos aún observan su espíritu. Para ellos, el documento de Asunción es letra muerta, puesto que la hermandad de los miembros de la asociación regional no sirve sino para adornar los vacuos discursos de sus representantes.

            No sorprende que muchos paraguayos piensen que nuestro país está siendo tratado "igual que durante la guerra de la Triple Alianza", bien que el otro miembro de la tríplice, el Uruguay, sufre discriminaciones análogas a aquéllas con que los dos socios mayores nos humillan a los paraguayos.

            Se trata, y no cabe discutirlo, de una reacción emocional. ¿Pero qué hacen la Argentina y el Brasil para que nos guiemos por la argumentación valedera antes que por el sentimiento?

            Con igual desborde temperamental y con similar olvido de la racionalidad, ambos países responden a lo que juzgan falta de equidad en su relación comercial con las potencias mundiales, Corcovean frente a la altanería -real o presunta- de los que tienen la sartén por el mango, pero piensan que les asiste la potestad de hacer a los débiles lo que los más fuertes les hacen a ellos. Ley del embudo.

            El principio rector de la vinculación con nuestros grandes vecinos es el que enunció Eusebio Ayala: amistad leal con ellos. Que debe ser correspondida, pues de lo contrario no seríamos otra cosa que factoría.

            Así se expresó el ex presidente: "Yo en todo tiempo he trabajado por la inteligencia entre Brasil y Argentina... Nuestras relaciones con el Brasil procuramos que sean lo más cordiales y profundas... No somos tan ingenuos para creer que podemos maniobrar con coqueterías y celos. Tenemos un concepto mucho más serio de las conveniencias nacionales". Toda una condena de la pendularidad irresponsable.

            Nuestros estadistas, de mucho tiempo a esta parte, ni siquiera navegan en dos aguas: se inclinan visiblemente hacia el Brasil. Hay lugar a sospechar que este país nos tiene aprisionados en las redes de su política expansiva y, lo peor, se diría que lo que se ha establecido es una situación que tiene un nombre muy feo: connivencia. - Respecto de la Argentina, existe también de nuestra parte una complacencia inadmisible. Este vecino carece de la sutil y abrumadoramente eficiente diplomacia de Itamaratí, que nos envía desde siempre a sus mejores embajadores, mientras que el palacio San Martín, excepto en contadas ocasiones, nos tiene tristemente arrumbados. Así, recibimos de manos argentinas crónicas bofetadas, pero éstas parecen no inmutarnos.

            Es que quienes empuñan el timón están lejos de actuar como hombres de estado. Emplean la mayor parte de su tiempo en cuestiones de poca monta y olvidan los verdaderos intereses del Paraguay, a juzgar por los resultados de su gestión.

            ¿O es que llevamos el camino de perecer mansamente como nación, por tener vencidos los resortes de la voluntad?

 

 

           ***

 

            El domingo pasado tuve en mi apartamento un corte de luz de poco más o menos media hora. Es sabido que estamos a merced de lo imprevisto, por lo que, en cualquier instante, podemos vernos afectados por ese inconveniente, puesto que el propio presidente de la ANDE, ingeniero Héctor Richer, nos había advertido sobre esa eventualidad. De modo que, filosóficamente, me acogí a los beneficios del "excelente" servicio que brinda la empresa estatal.

            El ingeniero Enzo Debernardi, que durante años dirigió la ANDE y conoce al detalle su funcionamiento y sus estrecheces financieras, también puso al usuario sobre aviso hace unos meses, pronosticando que el ente iría al colapso en el caso de no obtener recursos por varios cientos de millones de dólares, imprescindibles para renovar su vetusta maquinaria y sus demás equipos, a fin de estar en condiciones de ofrecer en los próximos años una prestación aceptable.

            Pero he aquí que en la mañana del día siguiente, lunes, se descargó un temporal de viento y lluvia que produjo una nueva interrupción del flujo eléctrico, lo que durante más de tres horas dejó la capital y las localidades vecinas a oscuras, en plena mañana, pues las nubes plomizas que taparon el cielo durante el diluvio apenas permitían ver nada.

            Un día está bien, pero dos días seguidos son demasiados. Los funcionarios de la ANDE, luchando a brazo partido para restablecer la corriente, hicieron todo lo que humanamente estaba a su alcance, mas eso no fue suficiente. Generadores fuera de servicio, cables aéreos derribados por el fuerte viento y otros desperfectos como los de esa jornada -que en cualquier momento pueden repetirse- hicieron imposible la rehabilitación del servicio en un lapso razonable.

            Las heladeras quedaron desprovistas de corriente; los semáforos no funcionaron durante todo el tiempo que duró el apagón; en muchas oficinas fue imposible desarrollar normalmente las tareas; los consultorios médicos también sufrieron las consecuencias del percance. Media jornada de trabajo perdida.

            Qué esperanza hay de que la ANDE se ponga a tono con las necesidades futuras? Por el momento, lo que con toda probabilidad va a ocurrir es que se acuda al remedio habitual, el alza de la tarifa eléctrica.

            Eso no sería sino postergar el problema de fondo, pues la ANDE carece de fondos para renovarse en la medida requerida por el aumento de la población. No queda, pues, otra solución que la de desmonopolizar el servicio, admitiendo la concurrencia de empresas privadas dotadas de capital y tecnología.

            La ANDE, a su vez, tendrá que competir en ese mercado abierto y, si no lo hace con éxito, será poco menos que inevitable su privatización. No será el fin del mundo, como creen ciertos políticos y sindicalistas. Muchos países han enajenado sus empresas eléctricas estatales, con evidente mejora del servicio. Lo que se acabará son los privilegios y la sobrepoblación de funcionarios.

 

 ***

 

            Lejos estamos de la época dorada en que éramos la Provincia Gigante de las Indias, magistralmente esbozada en un clásico de ese nombre por el doctor Justo Prieto. Nos parecen también remotos aquellos tiempos en que, rescatada gran parte de nuestro Chaco, se nos abrían caminos de prosperidad desafortunadamente clausurados por nuestra necia propensión al atraso.

            El país que tenemos en este fin de siglo ofrece todos los signos de la decadencia. Somos una nación joven pero prematuramente provecta. Nuestro sistema constitucional, que data de apenas siete años, resulta obsoleto, contradictorio y absurdamente locuaz: nos bastaría una o quizá dos decenas de artículos, pero tenemos cientos. Nuestro crecimiento económico es negativo. No damos ocupación a miles y miles de jóvenes que tienen cerrado el horizonte. Muchedumbres de connacionales mueren de desnutrición y de enfermedades endémicas. No ponemos a disposición de ellos siquiera el agua pura que ahorraría parte de la inmensa miseria que los abruma. La mitad de los paraguayos ignora el alfabeto; muchos que lo conocen parecen haberlo olvidado. No podemos por ello competir en el Mercosur, y menos en el mundo. Nuestra infraestructura está atrasada en medio siglo. Carecemos de caminos y teléfonos suficientes, en esta era de las comunicaciones. Nuestra diplomacia es débil, porque nuestro país también lo es. Los llamados a gobernar se regodean con entretenimientos que ninguna relación guardan con su delicado cometido.

            El diagnóstico está bien, pero no podemos detenernos en él. ¿Cuáles son las necesidades básicas que nos acosan en esta encrucijada de nuestra historia?

            Lo primero es darnos un baño de honradez, para expeler la carroña moral que, desde hace lustros, es parte inseparable de nuestro ser. Dicen que somos el segundo país más corrupto del mundo, pero hay lugar a serias dudas. No estamos en condiciones de honrar los códigos mundiales de ética. Somos, en consecuencia, parias internacionales.

            En segundo término, es urgentemente necesario que nos eduquemos para estar a la par con nuestros pares del continente y del mundo, los cuales nos llevan enorme delantera en esta materia, por lo que han sido introducidos en el concierto de los países ya instalados en el futuro.

            Es de todo punto imprescindible que infundamos racionalidad a nuestro orden institucional y, algo fundamental, depuremos nuestras prácticas políticas, a falta de lo cual esta actividad seguirá siendo mirada como caldo propicio para ineptos, inmorales y antipatriotas.

            No puede esperar una reformulación del estado paraguayo, plagado de funcionarios que poca o ninguna labor útil realizan y, sobre todo, excedido largamente en sus atribuciones, mientras que los ciudadanos privados están coartados por toda clase de cortapisas y obligaciones que mellan su capacidad de producir riqueza. Las privatizaciones se hacen esperar hasta las calendas griegas. Así no saldremos del estancamiento ni, menos aún, tendremos los capitales que han de hacer revivir nuestra economía.

            Queremos un ejército fuerte, moderno y drásticamente reducido en sus efectivos, para que no siga actuando como peso muerto en el sistema hacendario y, de ese modo, queden liberados recursos vitalmente necesarios en otros sectores.

            Es perentorio enaltecer la justicia, que algo ha avanzado en el buen camino pero no lo suficiente. Muchos delincuentes reales o presuntos disfrutan de sus cuantiosos bienes. Así no queda asegurado el imperio del derecho.

            Y, ante todo, hay que restablecer la majestad de la República, empañada por los hombres-escombro de que hablan los pastores. Alguna vez el nombre del Paraguay tuvo eco honroso en el mundo. Es un bien que añoramos, y que sólo hemos de recobrar si de verdad demostramos amar a nuestra patria.

 

 ***

 

            Mucho antes de Cristo los sumerios, los egipcios, los fenicios y los griegos impulsaron el bienestar de los hombres con el libre comercio. Los mercaderes surcaban el mar o conducían sus camellos en el ardiente desierto, transportando bienes de uso y de consumo. Compradores y vendedores se enriquecían, pues obtenían lo deseado, mediante transacciones mutuamente provechosas.

            Ellos, igual que las repúblicas italianas medievales, que las ligas hanseáticas y que navegantes audaces como Marco Polo y sus émulos, abrían rutas a la geografía de su tiempo y prenunciaban la fenomenal expansión del comercio contemporáneo.

            Pero sobrevino el mercantilismo, que dio mano libre a los gobiernos para que dirigieran la economía por medio de controles, regulaciones y trabas al intercambio. Uno de sus métodos fue la imposición de altas tarifas arancelarias a mercancías extranjeras; otro, la prohibición de exportar ciertos productos.

            Nacían así los incentivos al contrabando y al mercado negro, se sumía en la asfixia a los productores y se obligaba a consumir productos más caros y de menor calidad. Los precursores de los dirigistas actuales privilegiaban artificialmente a las industrias domésticas. El mundo volvía a empobrecerse.

            Como respuesta a la irracionalidad aparecieron los manchesterianos, que pregonaban el libre comercio y la reducción de las tarifas aduaneras. Cobden y Bright fueron escuchados por los gobernantes de aquellos días, que dieron al imperio británico sus días de mayor esplendor.

            Pero hay en la vida de las naciones los "corsi e ricorsi" de que habla Vico, por lo cual el estatismo recrudece en este siglo hasta alcanzar una dimensión "total". Este vocablo da pie a la denominación de "sistemas totalitarios", aplicada a los regímenes fascista, comunista, nazista, etc.

            Uno a uno, y por diversas causas, los totalitarismos han sido barridos de la faz de la tierra. La globalización, que data de hace siglos, ha cobrado vigor y es hoy una realidad que no se puede discutir ni detener.

            Dijo Renato Ruggiero, director general de la Organización Mundial de Comercio, en un reportaje del colega Armando Rivarola publicado en ABC Color el 22 de junio de 1997, que los países que no se ajustan a esta realidad "están en una situación muy peligrosa, que será de su exclusiva culpa".

            Dos países que incurren en dicha culpa son la Argentina y el Brasil, que están perpetrando un contrasentido al socavar los fundamentos de la asociación regional que desembocará con el tiempo en el Mercosur, y de la cual ellos mismos son parte.

            Se explicarían los roces de extra-zona, como los ahora existentes entre los Estados Unidos y los países asiáticos, pero no los de intrazona, como los provocados por el Brasil y la Argentina al oponer vallas arancelarias y para-arancelarias a sus socios menores, el Paraguay y el Uruguay.

            Los compradores argentinos y brasileños son los primeros en protestar contra sus gobiernos, puesto que se les impide obtener productos de mejor calidad y de menor precio en Encarnación. Ciudad del Este y Pedro Juan Caballero.

            Esos gobiernos practican un hara-kiri económico, pues con el proteccionismo atentan contra el avance tecnológico de sus industrias y, en consecuencia, minan su capacidad de competir en el mercado mundial, con lo cual infligen un grave perjuicio a sus propios connacionales.

            Se dirá que esto no nos incumbe, pero sí es de nuestra incumbencia el daño que la Argentina y el Brasil nos ocasionan cuando nos oponen múltiples trabas comerciales y sabotean en perjuicio del Paraguay el progreso del Mercosur.

 

 ***

 

            Pese a sus inevitables conflictos, el mundo de hoy, próximo al siglo 21 o acaso inmerso ya en él, descansa sobre algunos principios universalmente aceptados:

            - Integración progresiva, que reduce la nación-estado a la categoría de desecho histórico.

            - Consecuencia de lo precedente, una sostenida apertura de las naciones al exterior, en los órdenes cultural, técnico, político y económico. Se tiende a las grandes federaciones, y aún confederaciones, y a la irrestricta circulación de personas, mercancías y valores fiduciarios en todas las direcciones del planeta, contra los anacrónicos pujos de dominación y el decrépito proteccionismo comercial de ciertas potencias ensoberbecidas,

            - El mercado como fundamento de la economía, en substitución de las órdenes gubernamentales, del estado empresario, de la política asistencial estatalmente monopolizada. Bienes y servicios discurren con entera libertad, sobreponiéndose a la acción de tecnócratas colectivizantes, culpables en gran parte del atraso, el hambre y las carencias de toda clase que oprimen a más de la mitad del género humano.

            Frente a este cambio inédito, que vuelve obsoletas muchas nociones antes sacrosantas, ¿cómo reaccionamos los paraguayos? ¿Somos partícipes de ese futuro que ya nos acosa compulsivamente, o nos solazamos sobreviviendo indolentes en el siglo 18, en el cual permanecemos inmovilizados no obstante los rascacielos, la televisión modernizante, los imponentes automóviles y las excursiones al primer mundo?

            Yo reivindico al paraguayo, al que -no siempre con justicia- se moteja de ignorante, haragán, sinvergüenza y otras lindezas. Creo en su innata inteligencia y lo he visto trabajar de sol a sol, con provecho para él y su familia. Lo que le falta es cultivarse, y eso depende no tanto de él mismo como de quienes deben poner a su alcance los medios de lograrlo.

            Entre tanto, vemos a muchedumbres de compatriotas golpeados por la miseria y, sobre todo, por la falta de educación. No sería arbitrario decir que la mitad de la población no ha sido alfabetizada, mientras que empinados personajes pasean orondamente su deslucida medianía.

            Pero fijemos la atención en el estrato dirigente, a cuya influencia es dudoso -y esto representa un hecho alarmante- que el ciudadano común pueda sustraerse. ¿Qué ofrecen políticos y gobernantes? ¿Una visión de país más esperanzadora que la actual? ¿O, tan siquiera, programas de gobierno más o menos meditados? Ni por asomo.

            Quienes poseen poder de decisión, salvo excepciones brillantes, se regodean optando por lo vetusto, por las políticas irremediablemente agotadas.

            Se aferran a la economía policíaca, que tiene la virtud de crear escasez, ineficiencia y penurias innecesarias, cuando en los países florecientes la iniciativa particular libera, en beneficio de todos, las energías creadoras de la sociedad.

            Se obstinan en mantener bajo el dominio del estado los servicios de luz, agua y teléfonos, además de empresas productoras de acero y cemento. Resultado: la quiebra técnica de tales entes, que el presidente Cubas acaba de denunciar.

            Con admirable fidelidad al error, rehúsan desmonopolizar los servicios de salud y jubilaciones, coartando la libertad de elegir entre prestaciones estatales y privadas y obligando a los asegurados a someterse al peor de los dos sistemas.

            Luchando contra lo inevitable, atacan la globalización y la libertad económica de ella inseparable, atrincherándose en un nacionalismo cerril, que ha sido desde largo tiempo atrás sepultado en el cementerio de las ideas.

            Me dijo una vez una personalidad argentina que "Dios colmó de bendiciones a mi país. Lamentablemente, le dio también a los argentinos".

            ¿No nos vendría bien hacer una reflexión parecida? Tenemos todo para ir adelante, pero lo impide nuestro principal problema, que somos nosotros mismos: los paraguayos.

 

 ***

 

            Las calamidades en serie que se abaten sobre el pueblo paraguayo han inoculado en el espíritu público el virus del pesimismo. El cuadro que el país ofrece no es apocalíptico, pero está a un paso de serlo.

            La honradez y el patriotismo no cotizan en nuestra bolsa. En cuanto a la aptitud para gobernar, parece no ser don de muchos dirigentes.

            Las instituciones tambalean, lo que pone en riesgo inminente esta no muy creíble transición a la democracia. Más que desnutrición, hay hambre entre numerosos compatriotas. Pero lo que en grado superlativo conturba nuestro ánimo es el no saber qué va a pasar mañana, qué va a ser de nosotros.

            Se comprende que el paraguayo esté dominado por lóbregos pensamientos. No ve motivos para albergar confianza en que las cosas han de mejorar. En verdad, damos la impresión de ser una colectividad que va a la deriva.

            Doy por descontado que todo esto, aunque se deba en gran parte a la impericia de los políticos, tiene por principal causa la atonía cívica de los ciudadanos, la cobardía que nos impide tomar el toro por las astas y exigir a nuestros conductores que enderecen el rumbo. No atinamos a acabar con figuras desgastadas, que seguramente algún mérito tienen, aunque no los suficientes para domeñar tempestades. Entendamos que no hay jefes vitalicios, sino mandatarios sujetos a la regla de la alternabilidad.

            En medio de este desolador panorama, los que no somos generales sino soldados buscamos una explicación a nuestra desventura. ¿Por qué este pueblo, cuyas virtudes igualan sus defectos, si es que no los superan, está azotado por la adversidad? ¿Será cierto, corno algunos dicen, que el Paraguay ha sido maldecido?

            No lo creo, ni admito que haya razón alguna que justifique la visión de un futuro sombrío. El paraguayo atesora sobradas reservas de inteligencia y de energías para derrotar el hambre, la ignorancia y la corrupción que pesan sobre nosotros como lápida agobiante.

            Un ejemplo. El ingeniero Cristaldo Ayala, colaborador regular de ABC Color, nos acaba de dar en su columna una útil lección de economía. Cuenta que empresarios privados están suministrando a muchos barrios asuncenos el agua que CORPOSANA es incapaz de proveer. Por medio de redes de cañerías, pozos artesianos cavados por esa misma gente surten del líquido a pobladores asentados en lugares a veces inaccesibles. Roguemos que papá estado no entorpezca esta iniciativa imponiéndole regulaciones y burocracia superfluas, con lo que no haría otra cosa que garantizar un mal servicio.

            El CIE, firma a la cual se le hacen reparos cuya validez o inconsistencia desconozco, exporta maquinaria a países como Chile, la China insular y aún los Estados Unidos, con beneficio para la mano de obra empleada y para la obtención de divisas por el Paraguay.

            Industrias locales exportan artículos de tocador. Y existen algunas que procesan la mandioca y pueden dar trabajo a creciente cantidad de desocupados.

            Sin mendigar ayuda a las autoridades, aunque con asistencia técnica taiwanesa, pequeños productores están enviando piña de nuestros campos a los mercados uruguayo y argentino, en volumen apreciable.

            Hagamos un acto de fe en nuestro país. No todo está mal. Y, si nos lo proponemos, las cosas irán mejor. Para lograrlo, no nos queda otro camino que trabajar duramente, y con indeclinable perseverancia.

            Nada nos vendrá como maná del cielo. Solo nosotros podremos rescatar al pueblo paraguayo de sus infinitos padecimientos, pues ni el Mercosur, ni la OEA, ni el BID, ni el FMI, ni nadie, lo hará en nuestro lugar.

 

***

 

            La privatización vendrá porque es necesaria, no porque esté de moda ni porque nos la imponga el Fondo Monetario Internacional, según nos dicen algunos que creen que los paraguayos somos tontos.

            La privatización avanza en el mundo porque ahorra gastos, mejora los servicios, aporta al fisco el dinero de los impuestos, atrae capitales que emplearán mano de obra y, sobre todo, es una valla para la corrupción administrativa.

            El gobierno que privatiza está dando señales claras de que toma su función con responsabilidad, desechando las dañinas y empobrecedoras recetas populistas.

            La privatización va de la mano con otras realidades que se abren paso, dejando rezagados a los fetichistas del estado-patrón y del comisariato económico. Se expande en todas direcciones y asume dimensión universal.

            Por ejemplo, la globalización. No se la puede resistir, revertir ni abolir. Es un hecho consumado, aunque les cause roncha a los enemigos de la economía libre, uno de cuyos presupuestos en la competencia que beneficia al consumidor.

            También la globalización responde a una necesidad; en este caso, a la experimentada por las naciones que no aceptan el estancamiento. Observando uno de sus numerosos aspectos, cabe señalar que las transacciones financieras se realizan entre individuos o instituciones de países, tanto cercanos como remotos, por medios informáticos, sin conocimiento ni autorización de los bancos, sean estatales o privados.

            La producción industrial está globalizada. Un automóvil contiene piezas fabricadas en distintos países y la misma dirección empresaria se halla radicada en lugares a veces distantes; es decir, está diseminada, no concentrada.

            Los consorcios de firmas, aún de países diversos, son cosa común y corriente. Igualmente lo son las transnacionales o multinacionales, contra las cuales es inútil protestar. Sería como ladrarle a la luna. Estas mega-empresas no son ocasionales ni temporarias, sino que se han vuelto inamovibles, definitivas. Su creación y su mantenimiento responden a exigencias económicas, operativas, técnicas y comerciales. Indican que el mundo ya no es diverso, sino uno.

            En la suposición hipotética, desde luego de que las transnacionales dejaran de existir, el mundo se vería desarticulado y empobrecido. Los artículos baratos y de calidad desaparecerían del mercado y el consumidor volvería a las épocas de comparativa escasez anteriores a la creación de esos gigantescos consorcios.

            Los ogros empresarios que son los entes públicos de servicios tales como los de agua, luz y teléfono están condenados a la extinción. ¿Por qué? Porque hay una disyuntiva inapelable: o privatización o mal servicio y déficit crónico.

            Alegar que la crisis del real se debió a las privatizaciones es falsear el problema, por ignorancia o mala fe. La crisis desatada por la devaluación de la moneda brasileña, que fue en realidad su sinceramiento forzoso, no obedeció a otra cosa que al déficit fiscal, originado a su vez en un cuantioso gasto gubernamental improductivo.

            Todo ello se tradujo en efectos colaterales inevitables, como el estéril manipuleo de las tasas de interés, el desequilibrio de la cuenta corriente comercial, la caída de las reservas y la fuga de capitales, ahuyentados por la desconfianza originada en la falta de reformas económicas de fondo, incluso la reducción del estado, obstaculizada por políticos populistas. ¿Qué otra cosa había que hacer, si no devaluar un signo monetario sobrevaluado, aún a riesgo de enfrentar una debacle financiera, que es de esperar que sea pronto superada?

            Ciertos políticos y cabecillas sindicales combaten las privatizaciones aduciendo la condición, que todos los paraguayos tendríamos, de propietarios de las empresas estatales. ¿Pero qué rédito rinde a sus pretendidos dueños la operación de estos entes? Sostener que brindan un buen servicio sería una desvergüenza. ¿O acaso se repartirán dividendos entre los presuntos accionistas?

            Los responsables del atraso están empecinados en detener lo indetenible: la privatización. Cuando ésta llegue, quedarán descolocados y confundidos,

 

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            Ciertas sesudas señoras y ciertos caballeros encorvados bajo el peso de su saber auguran tiempos aciagos para el capitalismo liberal y proponen, como medio de evitar tal desgracia, la planificación del mercado.         

            Es la recurrencia de viejos sofismas y de pertinaces falacias, que en su hora evidenciaron los peligros que acechan al oficio de profetizar. A pesar de los responsos entonados en sufragio del capitalismo liberal, éste se expande con creciente vigor en todo el mundo.

            El mejor ambiente para la economía es el orden espontáneo, voluntario, bajo el cual se intercambian bienes de uso y de consumo. Allí actúa la mano invisible de Adam Smith, quien "al final tenía razón", según admitió un vicepresidente de la Internacional Socialista, de apellido Manley.

            Planificación del mercado es un concepto que envuelve una contradicción entre sus términos. Mercado, es decir libertad, y planificación, es decir coerción, son cosas mutuamente excluyentes y no hay manera de conciliarlas. Tratar de hacerlo sería perseguir un absurdo.

            Así lo entendió el laborismo de Nueva Zelandia, que, instalado en el poder, tiró por la borda sus convicciones arraigadas y puso en práctica un programa económico ortodoxamente liberal. Resultado; una explosión de prosperidad sin precedentes. Ese país fue, además, uno de los pocos de su región que no sufrieron los efectos de la crisis financiera asiática.

            Querer planificar o controlar el mercado es tan contraproducente como pretender manipular los tipos de cambio. La libre flotación es el mejor camino, pero el intervencionismo metió las narices y así vinieron los tipos de cambio fijos y semifijos, consecuencia de los cuales fue la quiebra de la disciplina de todo el sistema financiero, que desencadenó a su vez las crisis de México, el Asia oriental y ahora el Brasil.

            Es de rigor preguntar quién va a planificar el mercado. ¿Un comité de consumidores? ¿Una sociedad de enemigos del lucro? (Si el lucro desaparece, adiós bienestar).

            No; el que va a planificar, o a controlar, no es otro que el estado. El estado es por naturaleza el titular de la coerción jurídica y, si va a intervenir el mercado, por fuerza trasladará esa coerción al ámbito económico. Quedarán así cegadas las fuentes de la creación humana generadora de riqueza y se volverá a los tiempos del favoritismo oficial, del mercado negro y de la corrupción inherente a la discrecionalidad gubernamental. En otros términos, al estado irresponsable.

            El control y la planificación, por otra parte, son gemelos de las regulaciones que entorpecen la actividad económica. Extensos, frondosos e interminables reglamentos impiden la fluidez con que actúan los productores de bienes y servicios. Se añade irremediablemente a esto una burocracia omnipresente, que paraliza las iniciativas beneficiosas para el bienestar general. He allí el caldo de cultivo para la coima, que tan bien conocemos en nuestro país.

            Se concluye de todo ello que no es el socialismo, sino el liberalismo, el sistema que favorece a los pobres. En realidad, no es cuestión de favorecer a nadie, sino de abrir perspectivas amplias a todos, incluidos los pobres.

            El socialismo es, en último término, sinónimo de regimentación de la vida. Y ya sabemos a dónde lleva. Los países liberales son los que gozan de mayor bienestar y registran el más bajo nivel de desempleo. Son también los que observan la disciplina fiscal y mejor equilibran sus presupuestos de recursos y gastos.

            El liberalismo se opone a conservadores y socialistas. A los primeros, porque intentan mantener privilegios que consideran sagrados. Una suerte de patrimonio hereditario. A los segundos porque, igual que el fascismo, son entusiastas del estado, "Todo dentro del estado, nada contra él, nada fuera de él", proclamaba Mussolini.

 

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            La llamo por su solo nombre porque, si bien cualquier mención honrosa que se le dispense sería merecida -aunque negada alguna vez por avaros de la palma consagratoria-, ella la habría recibido con piadosa ironía. Era demasiado inteligente para dejarse sobornar por la vanidad.

            Como otros españoles, Josefina Plá, que acaba de dar el adiós tras una vida dedicada con amor a ese Paraguay que amó entrañablemente, hizo más por su nueva patria que nuestros nacionalistas de profesión.

            Fue el más preciado trofeo que Julián de la Herrería, su esposo de ilustre memoria, pudo haber conquistado en España. Uno y otra compartían la vocación de la excelencia, y así lo probaron con obras perdurables.

            La conocí, si así puede decirse, cuando ella confería distinción al diario "El País", de Policarpo Artaza, con artículos que abordaban temas múltiples; no únicamente culturales sino, en ocasiones, de índole política o de alcance internacional.

            Porque Josefina era un espíritu universal. Polígrafa pudo haberse dicho de ella, y en realidad lo era. Su mente y su sensibilidad estaban abiertas a todas las inquietudes, "Nada que sea humano me es ajeno".

            Más que ensayista avezada, autora de piezas teatrales, cuentista que embellecía el relato, creadora admirable en el menester poético, prosista de palabra elegante y grávida de ideas, periodista de raza, dibujante llena de talento, talladora diestra; más que todo eso, se sentía servidora de la cultura, territorio no acotado, que tiene mil compartimientos de parejo valor.

            La conocí, decía, hacia 1945, en "El País", sucesor de "El Orden", que dirigía Gualberto Cardús Huerta, en el que Josefina había dado sus pasos primerizos en el periodismo. Sus conmilitones literarios eran Hérib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos, Vicente Lamas, José Concepción Ortiz, Elvio Romero, José Antonio Moreno, Ezequiel González Alsina, Isaac Kostianovsky, Oscar Ferreiro, Hipólito Sánchez Quell y otros exponentes de nuestra cultura.

            Yo, oscuro redactor, me mantenía en segundo plano pero degustaba con inevitable sibaritismo el consuetudinario festín intelectual que celebraban aquellas plumas notables.

            En ese concierto de inteligencias, brillaba Josefina por la seriedad de sus análisis, la ecuanimidad de sus juicios y el rigor de los datos que su ingente erudición le permitía atesorar. Además de estar bellamente expresadas, sus sentencias tenían la fuerza de lo irrebatible. Su ceñido estilo hacía de esta escritora una de las figuras capitales de la literatura paraguaya del presente siglo. Era un faro que echaba lumbre sobre aquel pequeño mundo de nuestra cultura.

            A su nombre hay que agregar los de españoles como Ramón Zubizarreta, padre de nuestra universidad; Rafael Barrett, paradigma de intelectual; Viriato Díaz-Pérez, humanista de nota; Guillermo Cabanellas, jurista e historiador de renombre internacional; Fernando Oca del Valle, orientador del teatro paraguayo, y otros que harían una pléyade innumerable.

            Si Irala fundó el Paraguay y sus sucesores inmediatos arrojaron aquí la simiente de la hispanidad, que es como decir de la cultura occidental, puede decirse con justicia que los más recientes españoles devenidos paraguayos consolidaron una herencia digna de ser preservada.

 

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            En el Paraguay, educar es una obligación imperiosa. Hay que hacerlo en escala superior a la de otros países, no sólo porque nuestro número de horas de clase es de los más bajos del mundo, sino porque el resultado de esa deficiencia es la paupérrima formación que se adquiere en el ciclo primario, en el secundario como resultado de ello y, obviamente, en el universitario.

            Es nuestra sociedad toda la que acusa, por lo que se acaba de decir, un caudal ínfimo de cultura, que las excepciones a la regla no bastan para disimular. Hay entre nosotros personas sumamente ilustradas, pero no abundan. La generalidad de nuestros compatriotas es de una medianía afligente, que más se acerca a la mediocridad que a la excelencia.

            La educación no se agota en las lecciones impartidas en los institutos de enseñanza. Es mucho más que la instrucción pública. Abarca todas las esferas del ser humano y debería regir en todas las situaciones en que éste se desenvuelve.

            Ciertos hechos prácticos, que hacen por ejemplo al campo del adiestramiento profesional, pintan con crudeza nuestras lagunas educacionales.

            En materia de competitividad internacional, el Paraguay está en desventaja, La cantidad, la calidad y la presentación de nuestras mercancías de exportación, exceptuando los productos primarios y unos pocos renglones industriales, son manifiestamente inferiores a las de artículos de otro origen.

            En nuestro país, hay casos brillantes que evidencian la posibilidad de progresar gracias a la educación. Uno de ellos es el de los menonitas, que en inhóspitos parajes del Chaco han edificado un emporio industrial con proyección al exterior del país y han establecido poblaciones cuyos habitantes gozan de todas las comodidades hogareñas, aparte de contar con sanatorios modernos.

            Decía alguna vez por radio una señora: "Si los menonitas pueden, ¿por qué no nosotros?" Ahí está el punto. Ellos estudian con admirable ansia de aprender y trabajan sin pausa. Allí no hay ratos para el tereré ni para la holganza. No se admiten excusas por no haber hecho lo que se debía hacer.

            Los maestros menonitas no se plegaron a la huelga de nuestros educadores. Estos han dislocado el programa del presente año lectivo haciendo abandono de sus cátedras, por un desacuerdo con la autoridad sobre la retribución por los 15 días de clase que fueron añadidos a los ciclos de años anteriores. Y eso que sus salarios han mejorado desde 1989 y este año se les darán aumentos.

            Que un maestro se declare en huelga es un atentado de lesa educación, como los brazos cruzados de los médicos constituyen un atentado de lesa humanidad.

            No se les niega el derecho de reclamar mejor paga, pero la huelga de estos profesionales es tan inadmisible como la de quienes manejan los servicios de agua, luz, teléfonos y transporte. Salvo en casos excepcionales, estos movimientos de fuerza representan un sabotaje liso y llano.

            Está tan extraviado el gremialismo de los maestros que hasta amenazan con impedir que colegas suyos deseosos de trabajar lleguen a las aulas. Es decir, niegan el derecho al trabajo y para más se erigen, por sí y ante sí, en guardianes de la ley.

            Si los maestros incurren en tales abusos, ¿por qué no los empleados públicos, los estudiantes, los profesionales liberales? ¿Es que los maestros están asistidos de privilegios especiales?

            Los reales constructores de las naciones son los maestros. Ellos nutren de conocimientos a sus alumnos y les infunden nociones de carácter y de civismo, tendiendo así los cimientos de la sociedad. Pero si nuestros maestros cometen demasías inspiradas no en el gremialismo legítimo, sino en el espurio, ¡pobre Paraguay!

 

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            No se conocen, o no salen a luz, proyectos de gobierno -y mucho menos de nación- que estén formulados a largo plazo. Parecería ser que la imprevisión fuese nuestra fiel compañera y no debe, por tanto, llamar la atención que este país nuestro navegue a la deriva hacia un futuro incierto.

            En un consorcio empresarial bien organizado y bien dirigido, se trazan planes de expansión que abarcan cinco, diez y más años. De lo contrario, el fracaso aguarda a la vuelta de la esquina, como con secuencia inevitable de la imprevisión. Las empresas competidoras ganarán entonces el terreno perdido por la que no se ha puesto a tono con los requerimientos del mercado.

            Conviene poner en claro que un país no es una empresa. Por eso los representantes del empresariado no han sabido regir el Paraguay con la solvencia que de ellos esperaban algunos. Lo que se llama país es algo muy distinto de una empresa -por grande que esta sea-, tanto en magnitud como, sobre todo, en esencia.

            En la empresa, mundo dividido en no muchos compartimientos, rige un código de obediencia comparable con el militar, mientras que en ese más vasto escenario de la nación hay que lidiar con realidades de otro orden, vinculadas con la complejidad suma de la sociedad y con la imprevisible conducta humana. En la política se entablan relaciones entre hombres libres e iguales; en la empresa, se dan las que conciernen al concepto de subordinación. Surge de ello que es inmensamente más difícil empuñar el timón de un país que poner en buen pie una organización comercial o industrial.

            Es perfectamente natural que esa entidad de innumerables aristas llamada nación, en la que concurren intereses diversos y opiniones a menudo antagónicas, deba fijarse objetivos de alcance temporal mucho mayor que los de la empresa, es decir, para un lapso que puede ser de veinte, cincuenta y aún cien años, Lo contrario sería dejar librada la nación al albur de circunstancias caprichosas o inimaginables, y además a merced de potencias extrañas, que sin mucho miramiento sacarán partido de su orfandad conductiva, sometiendo a sus dictados a los que no sean aptos para gobernarse a sí mismos.

            Nuestros conductores y nuestros políticos viven y actúan al día, a veces con medidas acertadas, a veces cayendo en errores. Gran parte de su tiempo la emplean en pugnas por posiciones, lo cual se traduce en rencillas que impresionan penosamente a quienes los han votado y se ven, por ello, en la necesidad de retirarles su apoyo. ¿Qué tiempo les queda, entonces, para pensar en el país?

            Se da también el caso de gente que, desde altas posiciones de gobierno, restringe su campo de acción al medro personal. Son los desvalijadores de la hacienda pública. Estos, menos que menos, vuelcan su preocupación hacia el futuro de la nación. Su acción es comparable con la del kupi'i, el termes que, de no ser combatido, es capaz de destruir el edificio más sólido.

            ¿Qué queda, pues, del país? Apenas la sombra de lo que debería ser. Sus guías, carentes de las dotes que distinguen a los legítimos hombres de estado, sufren una dolencia llamada cortedad de visión. Están, en muchos casos, empotrados en sus cargos al amparo del privilegio, o bien debido a su dócil sumisión al cacicazgo.

            Ese es el concepto, merecido o injusto, en que la opinión pública tiene a nuestra clase política, que, envuelta en los vapores de una desmesurada autoestima, parece no medir la gravedad de este hecho.

            Uno de los requisitos inexcusables de la política es la previsión. En otras palabras, la exploración de ese futuro enigmático al cual hay que hallarle el perfil a menudo esquivo, pero susceptible de aprehender si, en lugar de pensar y actuar a corto plazo, meditamos en las cuestiones trascendentes que atañen a nuestra nación.

 

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            Varios son en nuestro tiempo los fantasmas demoníacos contra los cuales la gente ensaya exorcismos diversos: el neoliberalismo, la globalización, el consumismo y otros entes maléficos que andan por ahí sueltos.

            Una vez fijado el blanco, todos los dardos enfilan hacia él desde el periodismo, el aula universitaria, el púlpito, la barricada convertida en tribuna, el partido político. Imaginamos así ir destruyendo a los enemigos públicos, a los causantes de los males que torturan a la humanidad y, en especial, al país del que somos parte.

            No me ocupo ahora del neoliberalismo ni de la globalización. Ríos de tinta se derraman contra uno y otra. Los micrófonos de las radios trepidan con los retumbantes epítetos utilizados para destruir a estos malhechores. Voy a hablar solamente de la sociedad de consumo; del consumismo, esa propensión malsana a comprar esto y aquello, hagan o no falta al recalcitrante consumista.

            La prédica concentra sus ataques en las personas que van al supermercado para atiborrarse de artículos, necesarios algunos, superfluos los más; en las que ingieren hasta el hartazgo manjares exquisitos y productos de una refinada repostería; en las que cambian de automóvil todos los años; en las que a cada rato viajan al exterior en suntuosos aviones, a veces de propiedad del propio viajero; en las que concurren a clubes aristocráticos en lugar de conformarse con otros más populares y accesibles; en las que, en sus residencias, tienen piscinas y quinchos para preparar pantagruélicos asados; en las que veranean en Punta del Este y desdeñan los saltos de Piraretá.

            Estos son los egoístas execrables, los que no se conmueven frente al espectáculo de los miserables que a duras penas se ubican por encima de la "línea de pobreza" o, las más de las veces, están por debajo de ella.

            Aquí tenemos el análisis grueso, el que se detiene en lo aparente y no hurga en la profundidad del tema. Vocear consignas anticonsumistas rinde, sin duda, opíparos réditos electorales. Claro que a veces, hay que reconocerlo, esta actitud obedece no a móviles egocéntricos, sino a una apreciación honesta y sincera de ese abismo que divide a ricos y pobres.

            Pero miremos más de cerca el consumismo. ¿En qué consiste él? Simplemente, en disfrutar de creciente cantidad y variedad de bienes que los proveedores vuelcan al mercado y en las expansiones con que el hombre moderno llena sus ratos de ocio, sean ellas entretenimientos más o menos frívolos, o placeres espirituales y artísticos que antes estaban reservados a la gente adinerada, pero que ahora se hallan al alcance del público mayoritario. Por ejemplo, conciertos sinfónicos, obras de escritores clásicos y contemporáneos en ediciones buenas pero baratas, artículos de confort para el hogar, vehículos que se han vuelto indispensables como elementos de trabajo y, por qué no, para paseos familiares.

            Es cierto que el hombre, sacando partido de la explosión productiva desencadenada por el capitalismo liberal, adquiere a veces en demasía lo útil para su bienestar, mientras hay gente que carece de lo elemental, como estamos viéndolo durante estas fiestas de fin de año, cuando muchos no pueden llevar a su casa un pan dulce, y a veces ni siquiera el pan diario.

            Pero reparemos en que los mismos anticonsumistas exaltados exhiben mansiones principescas y camionetas cuatro por cuatro. El Papa viaja, no ya en los vetustos medios de transporte propios de un concepto ascético de la vida, sino, como corresponde, en aviones de última generación como los de Alitalia, expresión típica del capitalismo, sea éste privado o estatal.

            Está bien moderar el consumo, pero sería disparatado volver al pasado con sus penurias ahora evitables. En cuanto a los desposeídos, a los que todos compadecemos, sus carencias no serán subsanadas si los más afortunados nos privamos de lo prescindible. Eso sería igual a pretender colorear el océano con un puñado de anilina.

            La manera -la única que conozco- de mejorar la suerte de los desheredados consiste en dar vía libre a la capacidad creadora de los agentes económicos, haciendo que el estado se retraiga y deje de molestar al hombre, el único verdadero creador de riqueza. Así podremos consumir muchas cosas imprescindibles de las que hoy carecemos.

            En un país no consumista sino de infraconsumo, el lema debe ser: ¡viva el consumismo!

 

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            El Paraguay está peor que nunca. El algodón es un fracaso desde hace un decenio. Medio siglo atrás, teníamos ocho millones de hectáreas de bosques; hoy tenemos dos millones. La mitad de los habitantes carece de instalaciones sanitarias. El analfabetismo se ceba en parecida proporción de la población. La mortalidad materno-infantil es sobrecogedora. En los hospitales no hay insumos esenciales. Setecientos mil paraguayos (si vamos a dar crédito a las estadísticas oficiales) padecen una pobreza extrema. Cada día sale a luz una evidencia del latrocinio público impune. Tenemos un mega-estado peligroso por su apetito voraz, que absorbe no menos del 35% del PBI, a cambio de prestaciones indecentes. El presupuesto familiar se encoge sin pausa, mientras el gobierno dilapida irresponsablemente el dinero público. Inmensos contingentes de campesinos, agobiados por la miseria, migran a las ciudades, en cuyos suburbios pululan sin destino cierto y muchas veces caen en las redes del delito. La industria languidece. Faltan caminos para transportar los frutos de la tierra y los existentes se hallan en estado ruinoso, igual que los aeropuertos, las calles y toda la infraestructura. La falta de justicia y los atentados contra la propiedad ahuyentan la inversión, lo que a su vez provoca una desocupación y un subempleo muy superiores a los revelados por los organismos del gobierno. Los intereses del país son inicuamente avasallados por naciones extrañas, ante las cuales la diplomacia nacional capitula sin ofrecer lucha. La inseguridad de las personas ha llegado a límites inadmisibles, pese a que la facción gobernante prometió, con bombos y platillos, que acabaría con ese flagelo.

            A la vista del apocalíptico cuadro, muchos añoran el superado autoritarismo. O, igualmente pavoroso, otros ansían la llegada de un mesías de pacotilla.

            Y, lo peor de todo, no se vislumbra una luz de esperanza, porque nuestra descaecida clase política no actúa con la grandeza, la inteligencia y la dignidad que la presente encrucijada hace indispensables.

            ¿Cómo, entonces, salir del pozo en que estamos ahogándonos? Muy sencillo y muy difícil. Lo primero porque, aunque la receta es conocida, montescos y capuletos se empeñan en ignorarla. Lo segundo, porque la fiabilidad de nuestros dirigentes está en razón inversa de su aptitud para sobreponerse a intereses minúsculos, más poderosos que el sentimiento patriótico y que la vocación de servir al pueblo, del cual sólo se acuerdan a la hora de pedir votos.

            La receta consiste, simplemente, en hacer lo opuesto a lo que hasta ahora se ha venido haciendo. Las medidas que propongo no son invención mía, sino el fruto de la experiencia de gente autorizada, cuyos consejos son escuchados en las naciones de mayor prosperidad y desdeñosamente ignorados en países como el nuestro, donde abundan los inventores de la pólvora.

            No voy a presentar un programa de gobierno, sino que me detendré en algunos puntos que considero fundamentales.

            Lo primero de lo primero es combatir la corrupción. ¿Cómo? Dando el ejemplo de honradez desde el gobierno, lo que vale más que mil simposios sobre el tema.

            Es urgente mejorar la educación, a la que destinamos el 2,9% del PIB, según nos dice el P. Humberto Villalba, mientras que la UNESCO recomienda invertir el 7%. Pero, sobre todo, es menester trazar una política educacional, cosa que no parece existir entre nosotros.

            La economía debe ser liberalizada, para que entren en acción las fuerzas productivas actualmente paralizadas por el intervencionismo y el dirigismo a los que tan afectos son gobierno y oposición.

            Hay que privatizar, desregular, contener el gasto irracional del estado, respetar la propiedad privada, reducir paulatina pero firmemente el funcionariado hipertrófico, abrir el país a la inversión, fijar impuestos moderados para no estrangular la producción, velar por la estabilidad de la moneda y, sin agotar el recetario, estimular el ahorro nacional antes que oponerle las trabas que, en la mayoría de los casos, se originan en el propio estado.

            Cuando estas medidas sean adoptadas, el gobierno volverá a inspirar confianza y se abrirán al país perspectivas más amables que el sombrío futuro que nos aguarda si persistimos en nuestro culto de la omnipotencia estatal.

 

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            El Paraguay no sabe a dónde va, hecho grave para cualquier país que aspire a sobrevivir. Tampoco sabe de dónde viene, y es precisamente este uno de los motivos por los cuales no ve claro el porvenir. Ignora su propio origen, su propia esencia, porque ha perdido el hábito de pensarse a sí mismo, y menos aún tiene el de repensarse una y otra vez.

            Esto último es necesario para que podamos incorporarnos al tercer milenio que está a las puertas, pero nuestra realidad es que cultural, política y económicamente nos hemos inmovilizado en el siglo 18. Nuestros arrestos de modernidad son superficiales, ficticios, y por lo tanto inconsistentes.

            Con la Constitución de 1870, el Paraguay traspuso el dintel del mundo moderno, si bien con tropiezos lógicos en una sociedad que daba los pasos iníciales para el ordenamiento de sus instituciones.

            Vino la gran divisoria de aguas que fue el 17 de febrero de 1936, fecha en que quedó suprimida la única Constitución que en verdad ha tenido hasta hoy el Paraguay. Allí terminó el imperio de la ley y, en adelante, el país soportó incontables vaivenes, sangrientos muchos de ellos.

            El absolutismo que por 35 años nos tuvo bajo su yugo desterró la inteligencia y convirtió la obsecuencia en regla de conducta. La educación se redujo a un catecismo de loas a un mandón omnipotente. La cuenta bancaria importó más que el amor a la patria..., y esto apenas si ha cambiado.

            En este ambiente de claudicación cívica, era natural que el plantel dirigente del Paraguay no lograra sobrepasar el linde de la medianía. Los políticos dedican gran parte de su tiempo a riñas intrascendentes para el país. Primero yo, luego mi partido y allá a las cansadas, si es que su turno llega, la patria.

            No se ha forjado un modelo de sociedad que suceda con ventaja al actual. Por eso la República anda a tientas. Nadie le indica el rumbo. A la política en su faz de escuela de austeridad ha reemplazado la rebatiña por canonjías presupuestales, subastadas a los postores menos calificados pero más audaces.

            Los estadistas no aparecen. Estarán, tal vez, esperando a que sea superada la mediocridad que da lugar al resurgimiento de un tipo de caudillaje cancelado hace ya rato.

            Nadie que esté en el poder nos dice si seremos gobernados por la ley o por el capricho de algún meteoro político con dotes "carismáticas"; si de aquí a veinte años seguiremos siendo incapaces de alternar en pie de igualdad con otros países, por no dominar ese castellano que tan esquivo se nos muestra; si siempre vamos a tener un ejército que desangra nuestro erario y que ahora está envejecido en medio siglo; si la economía va a permanecer en las garras de un dirigismo y un intervencionismo que nos han traído hambre y miseria, o si va a sufrir un vuelco gracias al influjo de las ideas liberales; si nuestra justicia va a ser más fiable que en nuestros días y si encontraremos la manera de mejorarla; si nuestra diplomacia retornará a sus mejores tradiciones, o si seguirá teniendo como pauta para su actuación un entreguismo indisculpable; si comenzaremos o no a ejercer un efectivo control sobre nuestras fronteras; si vamos a tener como candidatos a conducir el país a ciudadanos dignos de respeto o a individuos moralmente deformes.

            El desiderátum es inequívoco: erigirnos en nación libre, fuerte y próspera, venciendo una mortal inopia que nos convierte en país tristemente inviable.

            Los estadistas hacen falta, pero también son necesarios los políticos con capacidad para concebir ideas valiosas de gobierno y con autoridad para aglutinar voluntades en pos de nuevas metas nacionales. Así podremos emprender la nada fácil y seguramente penosa tarea de poner otra vez en pie al Paraguay.

 

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            El centro del poder mundial se ha estremecido con un episodio arrancado del sobrecogedor libro de Herbert George Wells "-La guerra de dos mundos". Escrito hace ocho décadas, el anticipo del visionario escritor se actualiza en Washington, capital de la más grande potencia de la historia, donde el intocable Pentágono ha sido lacerado por la irracionalidad del terrorismo internacional.

            Nueva York, meca del mundo como antes lo fueron Atenas, Roma y las grandes urbes europeas, no quedó a salvo de los bien estudiados golpes que los cerebros de la destrucción universal concibieron para anonadar el país que, guste o no, es árbitro del mundo contemporáneo. Dos gigantescas torres edilicias gemelas neoyorquinas se han desplomado como castillos de arena ante los embates de los pájaros mecánicos, otro invento del hombre que, igual que la televisión, puede servir para elevarnos a las cimas del cosmos como para sumergirnos en los hondones de la animalidad.

            No fueron "alliens", seres extra terráqueos que merodean la Tierra según algunos, sino ejemplares de la especie humana, desprovistos de sus mejores atributos, los que arrojaron al mundo a la confusión y el pavor. Si los dos símbolos de la grandeza norteamericana, Washington y Nueva York, se han mostrado vulnerables, ¿qué no será de Berlín, Tokio, Buenos Aires, Londres y París? Nadie posee carta de indemnidad. Estamos a merced de fuerzas demoníacas.

            Una primera lección se desprende de la hecatombe desatada ayer: Ronald Reagan y George W. Bush propusieron los medios astronáuticos y misilísticos destinados a prevenir y rechazar los ataques de los fanáticos incapaces de convivir en civilización. Pero fueron denostados como traficantes de guerra. Hoy están reivindicados.

            La segunda lección es, tal vez, de menor entidad, pero igualmente digna de tener en cuenta: las compañías mundiales de aeronavegación, a la par de sus respectivos gobiernos, no han sido capaces hasta hoy de idear métodos para cortar de raíz los asaltos a los aviones de línea, con perjuicio para sus propias máquinas pero, ante todo, para los inermes e inocentes pasajeros.

            Y permítaseme una reflexión adicional. Es hora de que, en este mundo que se ha globalizado pese a quienes así no lo quieren ver, se dé un paso mayor, y más decisivo, en la dirección acertada. El crimen internacional, si se lo quiere derrotar, ha de ser tratado con medios universalmente aceptados. El mundo se ha vuelto uno y las unidades nacionales que lo componen han pasado a ser un recuerdo.

 

 

 

 

            CON PROLOGO DE FERNANDO TALAVERA

 

            Se presentó reedición de "La Guerra del Paraguay"

 

            En un acto realizado el sábado último en el auditorio "Jorge Luis Borges" de la Embajada argentina, se presentó la reedición del libro "La Guerra del Paraguay", de Juan Bautista Alberdi. El libro cuenta con el prólogo de Fernando Talavera.

            La apertura estuvo a cargo del embajador argentino Félix Córdova Moyano, quien expresó que "el hecho de que se reedite este libro para mí es muy importante, porque narra un tiempo muy difícil, doloroso y triste de nuestra historia común".

            A continuación, el escritor y médico Alejandro Maciel presentó una semblanza del autor, mencionando en principio que "este no es un libro de historia, porque en su momento fue parte de una investigación periodística publicada en entregas durante la Guerra de la Triple Alianza, en un medio de prensa bonaerense. Pero por suerte fue reunido y ordenado, y hoy por hoy es un referente muy importante del pensamiento de Alberdi, y de todos aquellos que no estuvieron de acuerdo con esa guerra fratricida".

            Alberdi, en su larga historia de lucha, sufrió un exilio en 1838 en Montevideo, donde prosiguió su carrera de jurisprudencia, que terminó en 1844, en Santiago de Chile. El autor falleció en París en 1884.

            Gloria Rubín, en su momento, se preguntó desde la óptica feminista, ¿cómo habrá sido la vida de su mujer, y de todas las mujeres de estos próceres? Esto quedó como capítulo aparte para la Editorial Intercontinental, que editó el libro "La Guerra del Paraguay".

 

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            En el Paraguay no tenemos estado; apenas, una ficción de él. Se mira al estado como a un ente todopoderoso, pero el nuestro está desvencijado, inoperante, desvalido. Ni medianamente cumple las funciones que le corresponden. Para más, es bizco: no dirige la mirada hacia el frente, sino hacia un costado, porque sólo cuenta para él una de las partes del cuerpo político. A las otras las ignora. Debería ser incoloro, pero está coloreado.

            La partidización del estado es un hecho que, según sus teorizadores, debe ser definitivo e inmutable. Esto obedece, en gran parte, a que la oposición no existe. La que aparenta serlo carece de voluntad de poder; transige con lo que no debe ser materia de transacción. Es una mera apariencia de fuerza antagónica, que poco tiene de común con la verdadera de antes. Más que a un león rugiente, de zarpas afiladas, se parece a un felino herbívoro. No antagoniza; contemporiza.

            Consecuencia de todo ello es que las cosas andan mal. O, para hablar con propiedad, nada anda bien. Se explica, porque el gobierno carece de resistencia que le haga frente. Se acabaron los frenos y contrapesos. El estado es omnipotente por arbitrario, pero impotente por ineficaz.

            Una de las formas que con el tiempo ha adquirido nuestro sistema de gobierno es el amiguismo. Aquí manda un círculo de amigotes. Existen en el Paraguay el nepotismo parental y el nepotismo amical. Funciona cierta suerte de logias, llamadas comúnmente "roscas".

            Estas roscas tienen la nación entera atrapada entre sus redes. Sus miembros celebran comilonas en comparación con las cuales la de Teletón es una sesión de ayuno. Encontramos en sus filas a oficialistas y opositores. Estos, a medida que reciben sus tajadas, van archivando sus ímpetus de luchadores. Poderoso caballero, don dinero. ¿Y el país? Que se las vea.

            Vale la pena sacar a luz unos pocos ejemplos de cómo opera el amiguismo gobernante. Veamos el caso de los consejos. ¿Qué son los consejos? Muy sencillo: grupos de cinco, ocho o diez personas que, en los organismos descentralizados y en las entidades binacionales, aconsejan. No se sabe muy bien qué, pero aconsejan. Y por eso gozan de salarios que rondan el décuplo o más del sueldo mínimo. Este constituye la remuneración de los trabajadores formales incualificados, pero muchos no ganan siquiera eso, por lo que, para sobrevivir, andan buscando la oportunidad de despojar a los que algo tienen.

            Otro caso. Leí hace unos quince años una revista francesa de economía, que citaba con nombres y apellidos a los que idearon, cosieron y zurcieron el proyecto de Yacyretá y por eso llevaron a sus faltriqueras infinidad de dólares. Eran los amigos y amigazos, tanto paraguayos como argentinos, que construyeron lo que Menem llamó "un monumento a la corrupción". Estos sí que tenían olfato de poder, mientras que los seudo opositores habían perdido el sentido olfativo. Y conste que no mencionamos a Itaipú, que merece tratamiento aparte. También allí había amigos de alto coturno.

            Pero los opositores, a juzgar por lo que dicen ellos mismos, cultivan igualmente el amiguismo. Basta con oír a los enojados con los que empuñan el timón para llegar a esa conclusión. ¿Quiénes toman asiento en las curules? Pues los amigos. No se elige a los candidatos a cargos electivos, sino que se los digita. Ocurre en el partido A, en el B, en el C y posiblemente en todos. Las listas de candidatos son cerradas, inamovibles, y sobre el que las cuestiona caen rayos provenientes del Olimpo jupiteriano.

            ¿Y quiénes son los adjudicatarios de concesiones y licitaciones? No hace falta decirlo. Ya el lector lo ha adivinado.

            El país se hunde, pero los amigos están rozagantes y felices.

 

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            El socialismo mundial, errante espíritu que desde el desmoronamiento del muro de Berlín deambula con pasos inciertos, trata de recomponer su desvaída figura recorriendo penosamente las sendas que llevan al siglo 21, sin acertar a instalarse en la actual sazón histórica. Es el pasado, pero para disimularlo pretende erigirse en adelantado del futuro.

            Los corifeos de esta amable utopía, gente posiblemente idealista pero de seguro despistada, se infunde ánimo tratando de oxigenar la moribunda fantasmagoría y, para ello, apela a argumentos que poco tienen de rigurosos.

            Conversando con amigos y amigas que cultivan el socialismo en su apariencia más benigna, como sería el pregonado por Jean Jaurés en Francia y los fabianos Sidney y Beatrice Webb en Inglaterra, oigo decir que la presencia de Tony Blair, Gerhard Schroeder y Lionel Jospin en el gobierno de sus países constituye el testimonio irrefragable de la resurrección de las izquierdas.

            Para no perder el hilo de los hechos, se impone puntualizar que Blair se parece más a Margaret Thatcher que a Clement Attlee o Harold Wilson, por mucho que declame su adscripción al laborismo tradicional, el cual en realidad ha pasado ya a mejor vida porque el viejo partido quiere remozarse, so pena de desaparición.

            ¿Y Schroeder? Aunque lo intentara, no lograría apartarse de la confesión de Bad-Godesberg, que hace tres décadas abjuró el estatismo y pone a la socialdemocracia alemana en un limbo que no se sabe si está más próximo al socialismo o al liberalismo. ¿Se arriesgará el nuevo canciller a reflotar las ideas de Kurt Schumacher, o preferirá refugiarse en la tienda de los moderados, como lo hizo Helmut Schmidt? ¿Volverán las empresas estatales y la economía de comando, o bien seguirá ampliándose en Alemania la esfera de la libertad económica, bajo cuyo signo se está forjando la nueva Europa concebida por Robert Schuman y Konrad Adenauer?

            Recuérdese a Felipe González y su famosa palinodia: "Soy socialista, pero no tonto". En España, la economía de mercado y el capitalismo, cuyo réquiem están entonando hoy seudo videntes fallidos, como lo fueron Marx en su tiempo y lord Keynes a mediados de este siglo, son realidades difíciles, si no imposibles, de revertir.        Echemos ahora una ojeada a nuestro contorno americano. Clinton, como buen demócrata, tiene su corazoncito del lado de los socialistas utópicos, pero carece de convicciones y sólo se guía por su conveniencia personal. Por eso su programa económico, que tan buenos réditos le está proporcionando, es de corte eminentemente republicano, El no tiene principios, sino objetivos.

            Veamos el caso de Fernando Henrique Cardoso, brillante socialdemócrata de nuestro tiempo. ¿Es socialista su política? ¿No tiene acaso el presidente serios conflictos con el congreso, que a regañadientes secunda su programa de reformas y sigue saboteando la modernización del Brasil, que forzosamente debe pasar por el meridiano de la liberalización?

            ¿Y Menem? Dice ser peronista y, claro está, nadie le cree. Perón socializó y arruinó su país pero su sucesor, aunque tenga las patillas de Facundo Quiroga, está aproximando a la Argentina al primer mundo, como lo hubieran aconsejado Alberdi, Sarmiento y Pellegrini. Adiós peronismo.

            ¿Qué queda, pues, del viejo tigre socialista? Un felino desdentado y maltrecho, embargado por la melancolía de no poseer identidad ideológica, ya que su brújula no orienta con la certidumbre que le transmitían sus célebres doctrinarios y mentores de antaño. El socialismo, si quiere sobrevivir, tendrá que diluir su doctrina originaria, largamente sobrepasada por la actualidad.

            Pero, en el Paraguay, no se han digerido hechos que se imponen con la contundencia de lo evidente. Todos se ponen al día menos nosotros, que permanecemos sumergidos en tropical sopor.

            Los partidos paraguayos que ocupan el proscenio, ciegos y sordos, se niegan a aprender las lecciones de la historia. Vuelven para atrás el reloj e insisten en la política difunta, que otorga primacía al estado, contribuyendo así a prolongar la miseria de este pueblo sufriente y desesperanzado. Por obra de ellos, sigue siendo el nuestro un país socializado.

 

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            "Quedarán destetados", espetó un amigo al cuestionar este colofón de mi último artículo: "Los responsables del atraso están empeñados en detener lo indetenible, la privatización. Cuando ésta llegue, quedarán descolocados y confundidos".

            Pensaba él seguramente en los políticos que ubican a sus ahijados en las empresas estatales de agua, luz, teléfono, cemento y petróleo, y en el servicio previsional regentado por el Estado.

            Pensaba también, sin duda, en los gremialistas que se oponen encarnizadamente a que los organismos respectivos sean transferidos a operadores privados, y a que se conceda a los asegurados del IPS, estén o no conformes con las actuales prestaciones, la opción entre seguros asistenciales oficiales y privados.

            Los políticos colorados, que desde hace medio siglo dominan la administración pública, tienen en ANDE, CORPOSANA, ANTELCO, PETROPAR, IPS, etc., la oportunidad de conceder canonjías a sus correligionarios. Les tiene sin cuidado que en tal o cual empresa estatal haya 4.000 funcionarios, cuando con 2.000 bastaría; lo que les interesa es mantener la clientela electoral.

            Desde luego, no son esos dirigentes políticos quienes pagan el salario de los supernumerarios, sino que somos los desamparados ciudadanos, obligados a oblar crecientes impuestos, los que financiamos las veladas de tereré, comentarios sobre fútbol y chismes de oficina.

            Sí, muy lejos están los políticos oficialistas, por lo general gente de recursos económicos, de desembolsar los millones y millones de guaraníes destinados al sueldo del ejército de presuntos servidores públicos. Las reales víctimas son dos: el presupuesto fiscal, ya que el cien por ciento de los impuestos está asignado a dicha finalidad; y el contribuyente, que no tiene manera de eludir el cumplimiento de sus obligaciones tributarias, ya que el IVA se encarga de ello.

            En cuanto a los gremialistas, empotrados en la conducción de los planteles de empleados y operarios que forman el personal de las diferentes reparticiones estatales, resisten con feroz tenacidad la privatización, o siquiera la tercerización, de los distintos servicios.

            No importa que la energía eléctrica se corte, con peligro de descomposición de alimentos perecederos colocados en las heladeras, o de interrupción de operaciones en los quirófanos; ni importa que la gente de los alrededores de la capital tenga que bañarse con agua traída en baldes desde pozos a veces cercanos, lejanos a veces, porque CORPOSANA no ha tenido la previsión, o tal vez el capital requerido para ello, de construir reservorios en cantidad suficiente para satisfacer una demanda que se incrementa en proporción geométrica; ni se sienten molestos porque cerca de un millón de usuarios potenciales no han podido conseguir teléfono, debido a que ANTELCO es incapaz de proporcionarlos.

            Los gremialistas de ANDE no quieren ni hablar de privatización y piden que el estado sea garante de un crédito de ¡quinientos millones de dólares! para renovar los destartalados equipos de la empresa. Olvidan que a duras penas ese vaciado estado puede pagar a sus agentes. Piden lo imposible, pero además pretenden continuar con el festival de ineficiencias, las cuales salen a luz apenas se descarga una lluvia, ocasiones en que los cables aéreos que están sueltos por acción del temporal arriesgan la vida de los transeúntes y, por añadidura, la empresa deja sin energía a la población.

            Nada de eso importa; lo que cuenta es mantener las posiciones de privilegio detentadas por los dirigentes gremiales.

            Ni los políticos ni los gremialistas quieren ser destetados, pero día llegará en que tendrán que trabajar para vivir. Ese día se extinguirá, para bien del país, la especie de los presupuestívoros.

 

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            Cuando un gobierno reduce el gasto público, lo que hace es racionalizarlo. Siempre que el gasto resulte prescindible, claro está; no cuando es necesario, en cuyo caso no hay otra salida que efectuarlo.

            Distinta es la situación si, intencionadamente, se pone el acento en la racionalización del gasto como modo de eludir o, en su caso, escamotear la cuestión de si es o no conveniente reducirlo, "No se trata de disminuir la erogación, sino de hacer que rinda beneficios", alegan los que son pródigos con el dinero ajeno.

            Para diagnosticar correctamente los males económicos, se impone conocer su génesis. Algunos estiman que la raíz de todas las perturbaciones es la inflación; otros, como los expertos del FMI, les echan la culpa a los presupuestos en rojo.

            Ambas creencias son erróneas. El verdadero origen de la patología está en la ligereza con que se incurre en un gasto público desorbitado, el cual no se debe a causa alguna que no sea la mentalidad dirigista, intervencionista y planificadora de los gobiernos. Toda otra explicación es falaz e impide aplicar el remedio apropiado.

            Ejemplos tenemos a montones en nuestro país. ¿Cómo justificar que el cien por ciento de los impuestos sea destinado a pagar los haberes de los servidores del estado? Es evidente que algo no anda bien porque, siendo así, no alcanzan los recursos para finalidades ineludibles, por ejemplo la renovación del utilaje y equipos de la administración pública, de la policía y de las instituciones militares; o para la atención de la educación y la salud; o para crear y mantener la infraestructura del país.

            Hace unos días, los diputados resolvieron alegremente aumentar en 500 mil millones de guaraníes el ya abultado déficit fiscal de 1999, justo cuando es vital que "las cuentas cierren". Con esta de cisión, que afortunadamente puede ser revisada por el Senado, la clase política no hace sino dar renovados motivos al lapidario juicio que sobre ella emite la opinión general.

            Los salarios de los legisladores, que no son en sí desmedidos pero causan pésima impresión cuando gran parte de los paraguayos vegeta en medio de mortificantes precariedades, constituyen otro lamentable ejemplo de mala "asignación de recursos", para emplear la jerga hacendaria, sobre todo cuando los jugosos emolumentos son establecidos por sus propios destinatarios.

            Y no hablemos de los vehículos de lujo que a montones compran las dependencias oficiales, ni de los viajes principescos que realizan al exterior altos funcionarios en compañía de séquitos numerosos, ni de la nube de consultores que pueblan los organismos estatales y cobran elevadas remuneraciones.

            En el gobierno, como sucede en el hogar, hay que economizar. O sea, tener ordenada la casa. Así lo hizo Eligio Ayala, que gracias a su honesto manejo del erario logró que el peso paraguayo se estabilizara durante una década, lo cual nos permitió financiar la guerra del Chaco sin acudir a empréstitos externos.

            Por esa misma razón, los dos mayores partidos de los Estados Unidos acordaron terminar con el déficit fiscal para comienzos del próximo siglo, aunque ya ahora la tesorería exhibe cifras superavitarias.

            Lo opuesto es abrir la espita a la inflación, "el impuesto de los pobres". Para colmo, el desorden presupuestario tiene un correlato indefectible en el aumento del desempleo, una de las plagas que azotan a nuestra población.

            El dispendio estatal es inherente a los regímenes populistas, caracterizados por el alto grado de corrupción de las oligarquías hegemónicas.

            En cambio, los gobiernos liberales, que se distinguen por su responsabilidad y su austeridad, son siempre los encargados de enmendar los desaguisados de funcionarios enfermos de sabiduría, según quienes la moneda no es ya una medida de valor indispensable para el funcionamiento de una economía sana, sino un botín de guerra que despilfarran en la creencia de que los fondos públicos "son de todos". Es decir, de nadie.

 

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            Los autócratas no manumiten. Eso iría contra su incoercible tendencia opresora. A veces los siervos se liberan, como sucedió en la noche del 2 al 3 de febrero de 1989, porque fueron ellos mismos los que forzaron el golpe de la Candelaria, ejecutado por militares que supieron interpretar las esperanzas de su pueblo.

            Advino la transición, desde el comienzo tambaleante por falta de brújula. Los que debían empuñarla estaban más desorientados que aquéllos a quienes se suponían que debían encaminar. No es por tanto extraño que, a diez años del acontecimiento, la República corra el riesgo de entrar en colapso.

            ¿Por qué es así? Porque se está pretendiendo encadenarnos nuevamente, aunque el amo sea distinto del de ayer. Alguien que no piensa, al modo de Luis XIV, "el estado soy yo", sino "la ley soy yo", no solamente cree estar por encima de toda ley, sino que considera que ninguna sanción jurídica puede alcanzarle. A los demás sí, a él no. Por eso, desde apenas iniciada la transición, hizo y hace política infringiendo todos los preceptos civiles y militares.

            Hoy lanza improperios contra el ex presidente a quien él mismo ubicó en el gobierno y que ya no posee autoridad, por lo que atacarlo equivale a disparar contra un blanco inexistente. Lo acusa de la ruina económica del país, ¿pero quién fue dueño y señor en los primeros tres años de la administración Wasmosy? No hace falta decirlo.

            Enfermo de ambición, el señor Oviedo está rodeado por lugartenientes que le obedecen sin chistar y que, sabiéndolo huérfano de conocimientos, le hacen creer que admiran su sabiduría.

            Hay otros abogados oficiosos de este señor, que posan de imparciales y dicen estar interesados solamente en sacar a la nación del atolladero. Pero es demasiado fácil adivinarles el juego. Su objetivo no consiste en otra cosa que en liberarlo de la pena a la cual fue condenado, a fin de ganar su favor.

            Otro aliado tiene el aspirante al poder supremo, y es el dinero. Este nuevo Creso alquila juristas y operadores que actúan en todas las instancias y en todos los niveles.

            Pero cuenta con otro aliado más, hay que reconocerlo: su habilidad para reclutar adeptos entre la gente pobre, a la cual la clase gobernante no ha sabido educar ni ofrecer la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. Su discurso no es brillante, pero sí directo y eficaz: "yo los comprendo, porque soy campesino como ustedes". Conversa en un guaraní envidiable y es comensal de los indigentes en sesiones de cuchara yeré .

            Se trata de una táctica extremadamente fácil, y además impropia de un caraí , dicho esto sin pizca de menosprecio a los humildes, merecedores del mayor de los respetos. Claro que mucha gente podría hacer proselitismo del mismo estilo, pero no lo hace simplemente por tener escrúpulos.

            Y otro capital del hombre que ha logrado polarizar el Paraguay como pocas veces ha ocurrido antes: mientras los políticos en general llevan una vida cómoda, él se levanta a las tres o cuatro de la madrugada para trabajar incansablemente y hacer trabajar a su gente con el mismo ritmo infernal y con una férrea disciplina militar.

            Es un hombre trabajador, por cierto; pero también los ejecutivos de frontera lo son. ¿Qué necesita el Paraguay? ¿Un hombre trabajador pero despótico, o gobernantes prudentes, ilustrados, probos y poseedores de recio carácter?

            Estamos todavía a tiempo de elegir. Si nos queda un adarme de patriotismo, seguiremos el camino que debemos seguir. Nos toca demostrar que tenemos alma de hombres y mujeres libres o que, por el contrario, preferimos comer de la mano de un amo.

 

 

 

 

            EL CIUDADANO

 

            Nuestro país da tumbos por varias razones, que han sido denunciadas en todos los tonos, pero que los responsables de administrar los asuntos públicos se niegan tozudamente a tener en cuenta. Ellos, los dueños de la verdad, insisten con persistencia digna de mejor causa en hacerlo todo al revés, despreciando los consejos de la sensatez y la experiencia.

            Pero seríamos injustos si sólo les echáramos la culpa a los funcionarios. El primer responsable de lo que sucede en un país es el ciudadano, cuando elige a sus gobernantes no por motivos relacionados con los méritos de los candidatos, sino con su filiación partidaria. Si Fulano es mi correligionario, yo lo voto, y al diablo con los otros.

No importa que el país se precipite al abismo; que cada día estemos más aprisionados en las garras de la pobreza; que los servicios de luz, agua y teléfono sean una calamidad; que la justicia deje sueltos a los ladrones que cada día nos asombran con nuevas fechorías; que el Paraguay sea el juguete de vecinos poderosos, prestos a aprovecharse de nuestra incompetencia y nuestra venalidad; que la mitad de la población esté desnutrida y sea presa de las enfermedades. No importa nada de eso; igual elegimos a quienes, durante un tiempo ya demasiado largo, han venido conduciendo el país a la bancarrota.

            Hay que ponerse, sin embargo, en la piel del ciudadano que acude a las urnas. ¿Qué opción se le ofrece? ¿Ha demostrado la oposición ser mejor que el oficialismo? ¿Para qué voy a cambiar de caballo en medio de la corriente? ¿No es mejor malo conocido que bueno por conocer? Tal el razonamiento del votante, que podrá o no ser equivocado, pero del cual no se apeará mientras no se le demuestre que hay alternativas dignas de considerar.

            Pero vayamos un poco más al fondo de la cuestión. Si el hombre común ve que el ministro Equis o el senador Zeta o el funcionario Hache comete una falta en perjuicio de los intereses generales, ¿puedo alegar yo ser mejor que ese infiel servidor de la república? ¿Hasta dónde estamos los paraguayos, sea cual fuese nuestra condición, exentos de culpa? ¿No está gran parte de nosotros metida hasta las orejas en la corrupción, que desgraciadamente se ha diseminado en todos los ambientes como un cáncer en desenfrenada metástasis? ¿Apoyo o condeno al que delinque o prevarica, sólo porque es mi correligionario?

            En una palabra, ¿somos buenos ciudadanos, vigilantes insobornables de los actos de las autoridades, o cometemos la felonía de disculparlas cuando hacen lo que no deben? ¿Cuántos son estrictos en la apreciación del comportamiento de los funcionarios, y cuántos transigen con aquello que no se puede admitir?

            Si la familia es la célula básica de la sociedad, el ciudadano es la roca sobre la cual se asienta la República. Cada cual hurgará en su conciencia y dirá con el corazón en la mano si son los gobernantes, los gobernados, o unos y otros a la vez, los llamados a rendir cuenta.

 

 

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            Este gobierno, según decía su inspirador supremo, estaba dispuesto a acabar con la inseguridad ciudadana. Al menos, fue ese el compromiso preelectoral. Pero lo que vemos es todo lo opuesto. Más aun, hay pruebas de que son los seguidores del mentor del presidente quienes hacen que todos -no solamente los políticos- nos sintamos cada día más desprotegidos.

            La crónica periodística ha dado cuenta de ataques a la corte suprema, a cuya salida monseñor Ismael Rolón recibió una pedrada en pleno rostro; a las casas de ministros de ese cuerpo judicial, incluso uno que estaba a las puertas de la muerte; y al domicilio del ex presidente Wasmosy.

            Súmese a ello la abierta prédica que en ciertos medios se realiza en favor de la "acción directa" lúcidamente analizada por Ortega y Gasset, prédica de corte fundamentalista, semejante a las peores manifestaciones de la intolerancia política, que en el mundo ha causado un sobrecogedor holocausto.

            Aquí no perecerán decenas de millones de personas, como bajo los regímenes nazi-fascista y comunista, pero el ambiente está oreado por la sangre que impregna la pituitaria, presagiando una guerra sin cuartel entre facciones.

            El peligro no se abate únicamente sobre quienes están investidos de autoridad, sino que las víctimas pueden ser periodistas, financieros y banqueros defraudadores, empresarios, hacendados, sindicalistas, campesinos activistas y todo aquel que ostente alguna forma de representatividad. Pero no solo sobre ellos, sino además sobre la población entera, que, al sentirse a merced de la violencia, se verá compelida a recurrir a la autodefensa permitida por leyes divinas y humanas.

            Hay estilos de terrorismo que antes eran para nosotros inéditos y que afectan, más que a funcionarios actuales y eventuales, a la población civil. Una bomba, actuada al parecer por control remoto, estalló debajo del automóvil de un vecino de Asunción que no interviene en política. El vehículo quedó inutilizado y, afortunadamente, no hubo víctimas personales. Conjeturas aparte, no se atisba motivo alguno que justifique el desmán.

            En los alrededores de la ciudad de Capiatá, un matrimonio joven fue asaltado en la noche de Reyes por tres individuos, que aplicaron fuertes golpes al marido y secuestraron a la mujer, a quien luego sometieron sexualmente en un lugar descampado. Nuestra campaña está indefensa; basta con observar casas solitarias ubicadas en sitios apartados, cuando se viaja en una ruta, para llegar a esa conclusión.

            Pero tampoco las ciudades están a salvo. En Asunción nadie puede salir solo tras la puesta del sol, sin riesgo de ser asaltado o apuñalado por unos cuantos guaraníes, o porque el agresor está ebrio. Los cronistas informan cada noche sobre numerosas personas llevadas a Primeros Auxilios tras ser acuchilladas o baleadas en plena calle.

            ¿Y la policía? Su comportamiento impone dudas, por ambiguo y contradictorio. Hay ocasiones en que desvía la mirada cuando una turba comete tropelías; otras veces, las reprime con energía. El presidente de la República, en quien recae la responsabilidad de comandar las fuerzas del orden, tiene la obligación de hablar claro a este respecto, sin melindres de discutible gusto ni subterfugios que a nadie convencen. Las veces que el presidente intenta explicar, nada explica.

            Mientras los habitantes andamos a la buena de Dios, por estar la policía real o supuestamente desbordada, no son pocos los que adquieren armas para defender sus personas y sus bienes.

            Es evidente que ya el estado no mantiene el monopolio de la fuerza; esta se ha repartido entre la autoridad, el delincuente y el ciudadano común.

 

 

 

 

 

            RECORTEMOS EL MEGA-ESTADO

 

            Haciendo acto de contrición, ruego a los abogados del estado rebosante de sabiduría y henchido de magnanimidad que disculpen el atrevimiento de este pobre iluso, que en un desliz imperdonable, producto de una fuga mental, se permite sostener que el principal enemigo del ciudadano es el gobierno.

            Por supuesto, cuando el gobierno traspasa el límite fijado por la ley. O cuando la propia ley le concede poderes que lo convierten en amo, en vez de acortar sus funciones para reducirlas a las que normalmente le corresponden. Es lo que vemos y sufrimos en este país que se jacta de ser "cuna de la libertad de América", pero que en realidad ha sido, por largo tiempo, coto de tiranos y tiranuelos, o de aspirantes a serlo.

            ¿Por qué abomino el gobierno discrecional? Porque reduce al hombre a la categoría de vasallo, de mero instrumento, de cifra impersonal, de menor sin emancipar, a quien hay que guiarlo en todo momento, pues, según los doctrinarios del estatismo, carece del raciocinio que únicamente poseen los funcionarios, en virtud de una ciencia infusa merced a la cual encaminan la sociedad hacia la prosperidad y el bienestar.

            Los hechos desmienten a estos señores, anclados en un colectivismo que feneció con la defunción de la Unión Soviética y con el avance de la globalización, que no es precisamente la planetarización de la economía, como vulgarmente se piensa, sino el imperio de la competencia, que solamente puede darse en un régimen de libertad, dentro del cual los productores de riqueza operan sin trabas artificialmente impuestas por el gobierno.

            Una de las condiciones de ese reinado de la libertad es el mini estado, que limita sus proporciones a las imprescindibles. Nosotros, que somos apenas cinco millones de paraguayos, nos tenemos 200 mil empleados públicos, incluidos los militares, los diplomáticos, los miembros de las empresas estatales y los a menudo superfluos representantes en las entidades binacionales.

            Eso es lo que se llama el mega-estado. Con un plantel de algunos pocos empleados eficientes, pero con superabundancia de planilleros, el país tiene que destinar toda su recaudación tributaría al pago de haberes. Así se desangra, se consume a sí mismo sin provecho alguno para el país.

            Es absolutamente necesario reducir nuestra dotación de funcionarios. No puede admitirse que éstos representen el cuatro o el cinco por ciento de los habitantes, pues por este camino vamos a la bancarrota.

            Ahora bien, ¿cómo proceder a la poda? ¿Podemos echar a la calle, de buenas a primeras, a miles y miles de paraguayos que el estado tiene a su servicio? ¿Hay que hacer cirugía sin anestesia?

            Indudablemente, no. Esto debe hacerse en el menor plazo posible, pero conforme a un programa de desburocratización progresiva, que contemple un entrenamiento mediante el cual el empleado público podrá ingresar en la empresa privada.

            Tarea para hombres de gobierno, no para meros aprendices.

 

 

 

 

            EL PARAGUAY SE MUERE

 

            José Bozzano, el gran animador de los Arsenales en la Guerra del Chaco, decía que, antes del conflicto, el Paraguay corría peligro de muerte por acción de un enemigo que podía imponernos en Asunción sus términos de paz. En el año 2000, esta nación está a un paso del deceso, no en razón de una agresión exterior, sino por obra de enemigos internos.

            Hace ocho o diez años, expuse esta opinión ante varios amigos, uno de los cuales me diagnosticó una locura incipiente. No me atrevo a decir si él estaba o no en lo cierto. La desaparición de un país es simplemente imposible, me dijo.

            Pero hay países que han muerto, como se ve en las páginas de la historia. No se trata de que la unificación planetaria, signo imperativo de nuestro tiempo, vaya a sorber al Paraguay para precipitar su extinción, sino de algo realmente grave: nuestro país no muestra voluntad de vivir.

            Veamos algunos signos de este silente y doloroso perecer de un pueblo resignado, poseído de un oriental fatalismo, que recibe bofetadas y no tiene siquiera ánimo para protestar. Leí, hace días, que el paraguayo es intrépido en la guerra, pero manso y débil en la paz.

            Nuestro territorio, de nacional que era, se está desnacionalizando para convertirse, al menos en sus bordes geográficos, en tierra extranjera. No hay un bienvenido aluvión inmigratorio, sino que estamos en presencia de una invasión abierta del mismo vecino que, siglos atrás, nos despojó del litoral atlántico, que en Itaipú nos trató como a un país vencido y que ahora nos impone, igual que la nación lindera del sur, humillantes trabas comerciales.

            La energía que supuestamente nos convierte en el Kuwait hidroeléctrico del mundo no es nuestra, sino de nuestros consocios en los proyectos binacionales, ante quienes dócilmente resignarnos nuestros derechos.

            Existen en nuestro país ciudades y regiones donde no hay médicos, o los hay a razón de uno o dos por miles de habitantes. La desnutrición es crónica en vastos sectores de la población paraguaya. Nuestros recursos naturales están a punto de agotarse. Antes éramos autárquicos en materia de alimentación; hoy importamos productos para el sustento diario. 

            No pierdo de vista que lo que nos sucede tiene como aliada la complicidad de los propios paraguayos, que parecemos no conocer las reglas elementales del gobierno propio y consentimos, por interés personal, todos los despojos.

            Tampoco echo en saco roto que, aún en medio de sus infortunios, el país posee ventajas que hacen factible su supervivencia. Hablo, por ejemplo, de nuestra privilegiada situación geográfica, pero hay varios otros factores propicios.

            Me detuve a leer; en ABC del domingo 31 de enero, las notas de los colegas del interior, que pintan con crudeza realidades ignoradas en Asunción.

            Cristino Peralta Bernal escribe desde San Pedro que la electricidad "ya es un artículo de lujo por su precio", por lo cual se usan "velas, linternas y lámparas mbopi". Añade que "el servicio de agua corriente, con un sustancial aumento de tarifa, obliga a los usuarios a destapar sus pozos de agua".

            Desde Encarnación, Juan Augusto Roa nos dice que, en la colonia La Amistad, a un año de su inauguración, "todavía están sin agua potable, y ni hablemos de caminos de acceso, escuelas para sus hijos, o la existencia de un modesto puesto de salud". Con razón critica "el fenómeno de la improvisación", una de las desgracias que los propios paraguayos nos infligimos.

            Según nuestro corresponsal en Curuguaty, Pablo Medina Velázquez, el camino de 97 kilómetros que une la ciudad con el Cruce Mbutuy "sigue en desastroso estado. Faltan escuelas, colegios y puestos de salud en las áreas más pobres".

            Son apenas botones de muestra. Es que nuestros legisladores sabotean proyectos viales, dejando en el aislamiento a poblaciones enteras. Y las empresas estatales, en vez de prestar buen servicio, ensayan pretextos y más pretextos.

            Lo grave, empero, es que no queremos tomarle el pulso al progreso y damos cada día un paso atrás. No en balde dicen que el Paraguay está en el peor trance de su historia.

 

 

 

 

 

            PROGRESISMO Y ECONOMÍA MIXTA

 

            "Los gobernantes nunca aprenden", es la amarga reflexión que hizo el ingeniero Cristaldo Ayala en su comentario del domingo 21 de febrero, al abordar uno de los variados errores económicos en que se incurre a pesar de haber quedado demostrado, hasta el hartazgo, el contundente fracaso del estatismo.

            Con razón criticó el columnista, en una diáfana lección de economía, el pertinaz vicio del proteccionismo, que no hace sino impedir al consumidor que adquiera productos buenos y baratos y lo obliga a consumir otros de mayor precio y, a menudo, de calidad inferior.

            Pero no solamente los gobernantes, sino también los políticos, "nunca aprenden". Por el contrario, reiteran recetas definitivamente desechadas desde el derrumbe de la Unión Soviética y la ruina del socialismo. El mismo socialismo que, encubriendo su verdadero rostro, rige en nuestro país.

            Ese modelo prevalece en el Paraguay desde hace décadas y lo está llevando a una catalepsia que lo pone al borde de la muerte. Pero el más grande daño consiste en que el hombre pasa a ser estado-dependiente. De dos maneras. Una, confiando en que el compadre presidente, o ministro, o embajador, o legislador, le consiga una prebenda. Otra, perdiendo toda fe en sí mismo y, por lo tanto, aguardando a que el gobierno resuelva todos sus problemas. Adiós amor propio, adiós espíritu de iniciativa. He aquí la materia prima para un pueblo de esclavos.

            Uno de los movimientos que pugnarán en las elecciones internas del Encuentro Nacional postula la economía mixta, que no es sino la mezcla imposible de libertad económica e intervención estatal. La cuadratura del círculo. Se busca conciliar dos cosas inmiscibles, que jamás podrán cohabitar, tal como se ha comprobado en las naciones donde esa fórmula fue ensayada.

            Otra corriente del mismo partido propugna el progresismo. Hombres y partidos tienen el respetable derecho de profesar sus credos, y de seguro lo hacen con entera buena fe. No seré yo quien refute a los progresistas, sino que acudiré a dos testimonios que me parecen irrecusables.

            Ludwig von Mises, figura capital de la escuela austríaca de economía, asevera que "en la medida en que los progresistas tildan de pasados de moda a sus oponentes, es oportuno observar que sería más adecuado hablar de choque de dos ortodoxias: la de Bismarck y la de Jefferson". En otros términos, omnipotencia gubernamental contra libertad.

            El conde Lambsdorff, ex ministro de economía de la Alemania Federal, fue preguntado en Asunción acerca de la denominación que algunos dan a la Internacional Liberal, de la que él era por entonces presidente. "¿Por qué se la llama Internacional Liberal y Progresista?", inquirió el periodista. El interrogado respondió: "Pregunte eso a los latinoamericanos".

            El progresismo no es otra cosa que un antifaz del socialismo. Es que existen sólo dos clases de economía: la que es libre y la que responde a órdenes del gobierno. Los tipos pretendidamente intermedios son híbridos y, como tales, infecundos.

            La triste conclusión a que se llega, al analizar las ideas de los partidos paraguayos de actuación ostensible, es que se hallan dominados por el socialismo, o bien tratan de seguir el estéril tercer camino.

            No se divisa en el primer plano un partido de tinte inconfundiblemente liberal, afín a los que, con distintas denominaciones, han llevado a muchos países a su actual prosperidad.

            Son aquellos países donde el ciudadano es libre para crear riqueza, donde el gobierno insume un porcentaje moderado del producto interno, donde los servicios esenciales están en manos privadas, donde la infraestructura de la nación queda a cargo de firmas particulares, donde las prestaciones médicas y jubilatorias no son compulsivas sino optativas. O sea, países donde el estado no apela a la coerción, sino que respeta la libre decisión de las personas.

 

 

 

 

 

            LOS CULPABLES DEL ATRASO

 

            Las empresas estatales, sean de servicios o de producción industrial, están condenadas a desaparecer. Su existencia no obedece a razón alguna; por el contrario, son excrecencias malsanas del estado, que perturban la actividad económica y no satisfacen las exigencias de clientes ni de usuarios.

            Ni siquiera las represas hidroeléctricas, de dos de las cuales el Paraguay es dueño en sociedad con otros tantos vecinos, deberían ser del estado; pero la demostración de este aserto llevaría un espacio del que no dispongo. Baste con decir que Itaipú y Yacyretá han sido fuentes de una desbocada corrupción.

            Centremos la atención en ANTELCO, una de las empresas de servicios, porque es más fácil para el público, en su condición de usuario, apreciar su utilidad o inutilidad y, por lo tanto, emitir un juicio válido.

            En 1926, la CIT (Compañía Internacional de Teléfonos), de capital europeo, obtuvo la concesión del servicio respectivo, al principio solamente en Asunción, cuya población rondaba por entonces las 100.000 almas. Con la tecnología propia de la época, prestaba un buen servicio.

            Pero, igual que Perón en la Argentina, Stroessner nacionalizó en gran escala; vale decir, estatizó actividades en las cuales los agentes privados son más idóneos y solventes que el estado. El resultado fue idéntico en los dos países: ineficiencia, eternos déficit, descapitalización, ruina de los equipos, hinchazón de personal, corrupción incontrolable.

            En tiempos de la CIT, la demanda de teléfonos era normalmente cubierta. Pero en 1948 fue creada la ANTELCO y en 1951 la compañía privada entró a formar parte del ente estatal, que, hasta 1989, instaló 120.000 líneas telefónicas. En 1998, esa cantidad subió a 315.000, a razón de 6,5 líneas por cada 100 habitantes.

            No es un historial envidiable, pues hay una demanda insatisfecha de 200.000 aparatos telefónicos. ¡Pensar que, en los países donde los teléfonos son privados, la instalación de un aparato se hace el mismo día del pedido!

            Con el paso del tiempo, el equipamiento de ANTELCO se volvió obsoleto. Se tiene así un servicio de pobre calidad, que irá empeorando constantemente.

            En el Paraguay existen 24 empleados del servicio telefónico por cada 1.000 líneas; en la Argentina hay siete, en el Uruguay 12. Aquí, los supernumerarios son clientes políticos del partido que gobierna y sus salarios no son pagados por este sino por todos los paraguayos, sean o no usuarios.

            En 1994, el patrimonio de la ANTELCO llegaba a los 397 millones de dólares; cinco años después, ese valor había descendido a 193 millones de dólares.

            ANTELCO necesita de 500 a 800 millones de dólares para reequiparse de modo tal que pueda ofrecer un servicio aceptable. Pido encarecidamente a los promotores del atraso que digan de dónde sacará el gobierno esa suma. Sin dicha inversión la empresa irá al colapso, a menos que el capital nacional o extranjero tenga participación en la explotación del servicio o se haga cargo de su totalidad.

            El actual gobierno propone la capitalización de ANTELCO, es decir la participación del capital privado, sin que el estado pierda la propiedad del ente. Pero los sindicalistas se oponen tenazmente a esta solución. Tampoco aceptan que personas particulares habiliten sus líneas para uso de interesados en utilizarlas, ya que ANTELCO no les provee de teléfono.

            Son como el perro del hortelano: ni prestan buen servicio ni permiten que otros lo presten.

            Pero están también los parlamentarios, que quieren serlo vitaliciamente y jubilarse con jugosas asignaciones, y están además los dirigentes del partido oficialista, que no quieren perder su clientela electoral. Todos ellos son partes en una compraventa en que se cambian votos por gangas.

            Son los que esgrimen alegaciones especiosas contra la privatización, no tanto por razones ideológicas como por ambición de medrar a costa de un pueblo empobrecido, sobre el cual recae la financiación de empresas que, día a día, van convirtiéndose en piezas de museo.

 

 

 ***

 

 

            El presidente José P. Guggiari recibe a un correligionario, que le pide 200 pesos para el levantamiento de su cosecha.

            José P. le da una esquela en que solicita al ministro de hacienda, Eligio Ayala, que le entregue esa suma. Eligio extrae de su billetera 100 pesos para el visitante y, a renglón seguido, redacta esta esquela: "Señor presidente, le he dado 100 pesos al correligionario. Espero que usted le dé los otros 100".

            Luis A Riart, presidente de la República y varias veces ministro, muere en la indigencia. Una hermana suya le dice a su hijo, el doctor Hugo Galli Riart: "Toma este dinero, para que le compres un ataúd a tu tío Luis".

            Víctor Rojas, ministro de Defensa durante la guerra del Chaco, atiende a dos extranjeros que le ofrecen material bélico. Uno de ellos observa una de las medias del ministro, con un agujero en el talón. Al salir, le dice a su acompañante, aludiendo a la media sin zurcir: "Este país va a ganar la guerra, porque lo gobierna gente honesta".

            Antes había, en todos los partidos, hombres de irreprochable conducta. Predicaban la ética con el ejemplo. Hoy, viene desde arriba otra clase de enseñanza. ¿Por qué asombrarse, pues, de que el país esté en la ciénaga de la corrupción?

            Se dice que hay mayoría de paraguayos honestos. Es posible, pero la apariencia dice otra cosa. Funcionarios de todos los niveles meten la mano en las arcas públicas. Para los amigos hay dólares preferenciales, licitaciones amañadas, impunidad. Muchos dueños de tierras las adquirieron por no se sabe qué medio. Otros tienen vía libre para hacer contrabando de drogas, armas y artículos electrónicos. En la administración pública, la coima es voz de orden. Las aduanas son antros de putrefacción. Hace poco, legisladores mercaban con sus permisos de libre introducción de vehículos. Ciertos jueces, tentados por una buena paga, le dicen al sobornador:"Redacte usted mismo la sentencia".

            Es infantil discutir la calificación de Amnesty International, que considera al Paraguay el segundo país más corrupto del mundo. En todas partes se nos tiene por ladrones de automóviles, traficantes de drogas y campeones de la piratería.

            Casos concretos:

            1. Según la contraloría, en 1998 la corrupción costó al erario 6.000 millones de dólares. Más de la mitad del PBI.    

            2. Seis de cada 10 automóviles del gobierno son "mau".

            3. En 1998, el fisco perdió 15 millones de dólares por combustible robado en unidades militares.

            4. La crisis financiera fue graciosamente enjugada por el ejecutivo y el legislativo, con pérdida fiscal de 600 millones de dólares.

            5. En 1998, hubo en el parque sanitario del Ministerio de Salud un colosal robo de medicamentos, mientras que en el INDI se evaporaron 6.500 millones de guaraníes, presupuestados para la compra de tierras inexistentes.

            6. La policía no se halla a salvo de la plaga. Se recuerda todavía a los "polifantasmas", vergüenza para la institución.

            7. Tenemos también el caso increíble de veteranos "mau" del Chaco.

            8. El ingeniero Miguel Gini, ex presidente de ANTELCO, fue denunciado por el depósito de fondos de esa empresa en un banco fallido.

            9. Había en nuestro territorio numerosas pistas de aviación clandestinas. No se sabe si todas han sido destruidas, o si algunas siguen en actividad.

            10. Hace poco, se descubrió la adquisición de helicópteros inservibles para la SENAD, que costaron 3.000.000 de dólares.

            Por hoy basta, aunque hay mucho más. Cuando se enumeran en conjunto los delitos -siquiera los conocidos- contra el patrimonio de la nación, se tiene la impresión vívida del envilecimiento en el cual hemos caído.

            ¿Cómo acabar con tanta inmundicia? No sólo dando desde arriba el buen ejemplo sino, sobre todo, despertando del sopor que nos adormece. No miremos indiferentes el latrocinio programado, ni contemporicemos con los culpables. Nos quejamos porque la justicia no castiga, pero nosotros les abrimos las puertas a los saqueadores del tesoro público.

 

 

 

 

 

            EN DEFENSA DEL PARAGUAY

 

            La Argentina y el Brasil, gigantes en comparación con nuestro pequeño país, ignoran ex-profeso la buena disposición que los paraguayos alentamos en cuanto a mantener con ellos relaciones amistosas, sin reservas mentales ni obtusos pendularismos.

            Esos dos vecinos, que se conciben a sí mismos como potencias importantes, pero que son en realidad meros acompañantes de las grandes naciones de la tierra, actúan frente a sus consocios del Mercosur con altanería de capataces y no, como debería ser, con ánimo solidario hacia quienes comparten con ellos un destino que se supone elaborado en conjunto por todos los miembros de una sola familia.

            Emplean la política del gran garrote, que Teodoro Roosevelt aconsejaba a sus paisanos empuñar para poner orden en el concierto americano. En su impenitente narcisismo, piensan que los demás deben darlo todo y nada tienen que reclamar a cambio. No es el do ut des de los que están en pie de igualdad, sino una relación de subordinación establecida entre metrópolis y satrapías.

            Brasileños y argentinos se llenan la boca con protestas de amistad para los demás miembros de la OEA, pero están a años-luz del espíritu bolivariano que avizoraba la unidad continental, y que los próceres de nuestra independencia hicieron suyo, hasta que el doctor Francia impuso al Paraguay un sofocante aislamiento.

            Los dos socios mayores del Mercosur, firmantes del tratado de Asunción, parecen empeñados en destruir lo que ellos mismos construyeron. El mercado común se muestra hoy más inalcanzable que nunca, porque la Argentina y el Brasil no conocen, o acaso no les importa, aquello que dijo Eusebio Ayala en 1940 acerca de la región del Plata:

            "Las repúblicas del Paraguay y del Uruguay fueron por largo tiempo escenario de luchas, y muchas veces víctimas, de las rivalidades vecinas. Pero, sea de ello lo que fuere, no nos parece razonable hablar de pequeñas naciones en la América del sur, donde felizmente no existen sino pequeños estados que no son potencias. Las pequeñas nacionalidades han desempeñado una función importante en la historia del mundo, y es contra la supresión violenta de algunas que hoy están luchando las naciones más civilizadas de la tierra".

            Pues bien, henos en vísperas del siglo XXI en presencia de mezquindades nacionalistas que hace rato debieron haber sido superadas por la inteligencia y la buena voluntad de los estadistas americanos, quienes, por el contrario, olvidan que el mundo se va estrechando mientras las fronteras se evaporan.

            El Brasil y la Argentina, cada uno por su lado, establecen todo tipo de barreras a la entrada de productos de los demás socios del Mercosur.

            Lo novedoso es que ahora se indignan porque los paraguayos, a nuestra vez, imponemos condiciones a la introducción de productos argentinos y brasileños. ¡Graciosa manera de entender la relación entre consocios!

            El gobierno del presidente Cubas, que ofrece flancos a la crítica, se muestra en esta ocasión a la altura de su cometido. Les ha dicho a argentinos y brasileños que el Paraguay no es un pueblo de fantoches, sino una nación que se respeta a sí misma, que quiere relaciones cordiales con sus vecinos pero no admite ser tratada como un hato de siervos.

            Y una última palabra. El gobierno actual y los que vengan en adelante deberán comprender, de una buena vez, que la diplomacia no es partidaria sino nacional, porque está pagada por oficialistas y opositores, y tiene el deber de velar por los intereses del todo, no por los de una sola de las partes.

 

 

 

 

            ESTÁ EN CIRCULACIÓN UNA OBRA PARA REFLEXIONAR Y MEDITAR

           

            El libro "Reflexiones, ideas y frases para meditar", de la autoría de José Antonio Ayala Arana, estará en breve en circulación. José Fernando Talavera nos hizo llegar un comentario sobre el mismo, que a continuación transcribimos.

            Una incitación a pensar con profundidad es "Reflexión, ideas y frases para meditar", libro surgido de la pluma de José Antonio Ayala.

            Doctor en derecho, político de la progenie de Alón y Eligio Ayala, pensador con alma de artista, el autor nos ofrece cientos de gotas de sabiduría, condensada en sentencias obedientes al mandato de una de ellas: "La locuacidad empalaga, lo breve es fecundo y en ocasiones el silencio constituye la más bella y sutil elocuencia".

            Cáustico a veces, Ayala destila sin embargo humanidad. Idealiza a la amada, pero nada concita su devoción como la autora de sus días: "La presencia de una mujer trae siempre a la mente la imagen de la madre".

            Su ironía es finura, jamás agresión; la seducción del ingenio envuelve al lector, vistiéndose a veces de cinismo, pero este no traspasa el límite entre la pura maldad y el menester didáctico: no hiere personas ni infama cosas.

            Ayala pronuncia oportunas admoniciones, que emulan las máximas de los filósofos ("el diablo es peligroso porque mora en lo humano"; "la venganza eclipsa la grandeza") y otras veces extractan la sustancia de los apotegmas gestados en la mente de los estadistas: "Un pueblo que no venera a sus héroes desmerece su historia y malogra su destino"; "la libertad es el grito del hombre que retumba en la historia"; "los personalismos tienen la fragilidad de lo transitorio"; "para construir una república se necesita formar ciudadanos"; "los tiranos no tienen funcionarios sino vasallos".

            Amante de su patria, el escritor se siente compelido a recoger un relato del capitán Eloy Caniza, héroe del Chaco, que "en el fragor de la batalla de Nanawa sorprendió a un subordinado tembloroso y pálido, a quien dijo ¿Está con miedo?, a lo que aquel respondió: "Sí, mi capitán. Pero estoy en mi puesto y por aquí no pasarán los enemigos".

            Hombre de fe, Ayala no puede sino confesarla: "La humildad santifica y nos acerca a Dios".

            La obra está enriquecida por capítulos adicionales, en que los recuerdos personales alternan con referencias históricas y con reflexiones sobre cuestiones de la ciencia política y la sociología.

 

 

 ***

 

            El general Zaracho, de irreprochables antecedentes como miembro prominente del ejército, pidió su retiro "por razones éticas". Al buen entendedor, esto le induce a pensar en el herido sentimiento de delicadeza del militar, causado por el hecho de que el presidente Cubas hiciera de él un espectador pasivo cuando introdujo cambios en la plana mayor del arma.

            Desde luego, el ingeniero Cubas está constitucionalmente autorizado a adoptar esa clase de medidas, en su condición de comandante en jefe. Para lo que no tiene atribución es para desairar al titular del ejército pasándolo por alto, al resolverse asuntos de su directa incumbencia.

            Tal como se ha vuelto ya consuetudinario, el presidente reemplazó al nombrado jefe con un adicto al ex general Oviedo, cuyo abortado golpe de abril de 1996 no fue apoyado por Zaracho, entonces comandante de la caballería.

            Con el retiro del general Zaracho y con el alejamiento de ocho jefes de las tres armas, ocurrido ya en ocasión de asumir Cubas el gobierno, las fuerzas armadas corren el peligro de pasar a ser una guardia de corps privada, tal como lo dio a entender la señora de Oviedo al dirigirse a su esposo, entonces refugiado en la clandestinidad, deshaciéndose en loas a "nuestro ejército".

            Higinio Morínigo hizo que juraran fidelidad a su persona los jefes y oficiales militares, pero uno de ellos, el coronel Godoy Cáceres, le espetó: "Yo juro lealtad sólo a la patria". Alfredo Stroessner, a su turno, hizo de sí mismo el centro del poder, al promover la "unidad granítica de gobierno, partido y fuerzas armadas", lema revelador de un desembozado autoritarismo.

            Lejos se estuvo entonces de aplicar la sabia fórmula de Eusebio Ayala: "militares fuera de la política y políticos fuera de los cuarteles".

            ¡Y qué cerca estamos ahora de las pesadillas de nuestro pasado absolutista! Paso a paso, metódicamente, con determinación inexorable, Oviedo y sus escuderos están empeñando un ingente esfuerzo para oviedizar el país.

            Ciertos periodistas aseguran que, de diez ministros, nueve son incondicionales de Oviedo y sólo la titular de salud pública es adicta a Cubas.

            El capitán Carlos Cubas, hermano del presidente, no hesita en afirmar que el retiro del general Zaracho representa un augurio ominoso para la suerte de las instituciones armadas.

            Varios militares están siendo investigados por su presunta participación en actos proselitistas del ovíedísmo.

            El gobernador de Paraguarí denuncia que, en Ybycuí, los operadores de UNACE hostigan a una educadora porque se niega a prestar adhesión a Oviedo.

            La copa América de 1999 se ha oviedizado, gracias a seudo dirigentes deportivos que se desviven por caerle en gracia al jefe de UNACE.

            Estos son apenas algunos de los numerosos hechos que provocan alarma en un inquietante trance para nuestras incipientes instituciones republicanas.

            La galopante demagogia desplegada por Oviedo -a quien la esposa del presidente Cubas califica de populista- tiene embelesada a la gente de bajo coeficiente intelectual pero, al mismo tiempo, es secundada por los indiferentes con sangre de horchata, y sobre todo por los ventajistas que esperan obtener tajada si el ex militar logra poner el país a sus plantas.

            Algo de eso parece estar sucediendo, pues el jefe de estado no da señales de actuar por cuenta propia, sino movido por control remoto, y todo lo que hace es darle en la yema del gusto al hombre que está socavando el estado de derecho.

 

 

 ***

 

 

            Si el orden de importancia de los objetivos es observado, ello indica que hay sentido de la prioridad.

            ¿Tiene nuestra sociedad la noción de cuáles son las metas que, en razón de su preponderancia, debe tratar de alcanzar con preferencia sobre otras postergables? El país como tal, o si se quiere sus mentes rectoras, ¿ha decidido cuáles son los problemas paraguayos más acuciantes: una ruinosa economía, la falta de educación, la corrupción galopante, la paupérrima atención de la salud pública, la acelerada degradación de nuestro hábitat natural, o quizá la ausencia de un levantado propósito nacional, cuya obtención situaría al Paraguay en el actual marco histórico?

            Es de suponer, aunque nadie está seguro, que los dirigentes tienen hecho un relevamiento de las grandes carencias que nos agobian, que ellas están clasificadas conforme a una escala de prelaciones y que se trabaja seriamente para superarlas.

            Tampoco existe certidumbre en cuanto a que la totalidad de nuestros políticos tenga en claro cuáles son los problemas que, en este particular momento, requieren una atención primordial: la aún pendiente dilucidación del conflicto desatado por la situación procesal del señor Lino Oviedo, o bien la amenaza que pende sobre las instituciones.

            Cae de maduro que el orden institucional, desarticulado desde hace tiempo entre nosotros, constituye uno de los cimientos sobre los cuales se asienta cualquier país que se respete a sí mismo. Hoy, sin embargo, se impulsa un diálogo que permita soslayar la vigencia de los supuestos jurídicos que condicionan la vida misma de la República, en aras -se sostiene- de un desenlace "decoroso" del enfrentamiento que separa a los poderes del Estado, entre los cuales el ejecutivo se niega obstinadamente a dar cumplimiento a la decisión de la Corte Suprema de Justicia que, nada menos que en dos ocasiones, homologó la condena de diez años de prisión impuesta al señor Oviedo por un tribunal militar.

            Con el argumento de que el país marcha a pasos agigantados hacia la ruina y es, por tanto, necesario evitar su colapso, se pretende que el Congreso y el alto tribunal limen las asperezas de su relación con el presidente Cubas Grau, cuya dependencia respecto del ex general se hace cada día más evidente, con mengua de su autoridad de jefe del estado.

            ¿A qué precio se lograría tal avenencia? No cabe la menor duda: al de desconocer un fallo judicial "absolutamente inapelable", como lo acaba de calificar el presidente de la Corte, doctor Sapena Brugada, a pesar de haber votado a comienzos de este mes en disidencia con la opinión mayoritaria del supremo tribunal, la impresentable transacción equivaldría a vulnerar el estado de derecho y nos colocaría en el nada envidiable sitial de las naciones donde la justicia es sacrificada en el altar de la arbitrariedad.

            Nuestro dilema no admite coartadas ni atajos pseudo jurídicos. O nos inclinamos ante la majestad de la justicia o claudicamos en beneficio de un personaje de aire jupiteriano, que se considera por encima de toda norma, inclusive las jurídicas; que se ha permitido amenazar con clausurar rutas y, por si lo siniestro en su peor expresión faltara, asegura que va a "sepultar" a los ministros de la Corte que osaron dictaminar contra su aspiración de quedar eximido de la pena que le fue impuesta.

            En carpas oviedistas se lesiona con lenguaje irreproducible la dignidad de los prelados que formularon quejas contra la inexplicable conducta del presidente Cubas y, por añadidura, se preconiza la disolución del congreso nacional.

            El señor Oviedo y sus seguidores quieren, ni más ni menos, que el brazo de la justicia sea torcido por negociaciones amañadas y consideran que quienes se oponen a sus propósitos deben pagar su atrevimiento por acción de la violencia desatada.

            ¿Cuál será nuestra prioridad? ¿Nos doblegaremos dócilmente ante las amenazas o resolveremos vivir dentro de un orden jurídico que, aunque imperfecto por muchas razones, es preferible a las aventuras dictadas por un insano afán de poder?

 

 

ENLACE INTERNO A DOCUMENTO FUENTE

 

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FERNANDO TALAVERA - UN SEÑOR PERIODISTA

Por MARIANO LLANO

Talleres Gráficos de AGR S.A.

Asunción - Paraguay. (203 páginas)

 



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