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  SOLO LA CONCORDIA SALVARÁ AL PARAGUAY, 1991 - Por EDGAR L. YNSFRÁN


SOLO LA CONCORDIA SALVARÁ AL PARAGUAY, 1991 - Por EDGAR L. YNSFRÁN

SOLO LA CONCORDIA SALVARÁ AL PARAGUAY

EDGAR L. YNSFRÁN
 

 

Asunción, 10 de julio de 1991.

Señor

Presidente de la Asociación

Nacional Republicana (P. Colorado)

Prof. Dr. Luís Maria Argaña

Casa de los Colorados

CIUDAD

 

Señor Presidente:

Acompaño adjunto un breve ensayo editado bajo el título de "SOLO LA CONCORDIA SALVARA AL PA­RAGUAY", con reflexiones que recogen experiencias históricas de nuestra propia tradición partidaria donde aparecen aciertos dignos de ser aprovechados y errores cometidos que debemos corregirlos.

La finalidad que se propone en tales reflexiones, es obviamente, buscar un punto final a divergencias sobre temas polémicos que obstaculizarán todo afan de concor­dia y unidad entre los colorados.

Asimismo, creemos y tenemos fe en ello, que nuestra pro­puesta va a ser formulada no solo a la esfera partidaria, sino a toda la ciudadanía y especialmente a los partidos en los cuales debemos alcanzar la concordia de todos los pa­raguayos.

También, creo que nuestro Partido debería instar al gobierno de la República, a buscar -para provecho de una feliz, transición- una amnistía que libere a los ciuda­danos políticamente comprometidos o marginados, siem­pre que no hayan violado disposiciones del Código Penal. Estamos convencidos, señor Presidente, que la concordia colorada, también hara posible laconcordia nacio­nal.

Saludo a Ud. con mi mayor consideración.

Edgar L. Ynsfrán


 

SOLO LA CONCORDIA SALVARA AL PARAGUAY

 

Quiero empezar este ensayo, que pretende condensar y resumir un mensaje a mis correligiona­rios y conciudadanos -tal vez el más importante de mi vida- con la palabra de mayor relevancia, tan importante como la democracia que hoy queremos construir: concordia.

Ella es el desideratum a que aspiran llegar los pueblos civilizados. Es eufónica porque entraña un acto de comunión espiritual. Es egregia porque sinte­tiza la energía inquebrantable de las voluntades afines. Es sabia porque solo ella resume el latido isócrono de toda una nación.

La concordia debe ser la suprema y primera aspiración de este tiempo nuevo que hoy vivimos, porque sólo con ella podremos avanzar hacia las metas que nos hemos propuesto.

Anhelo que sea el postrer tributo a sus conciu­dadanos de un modesto soldado que siempre lo subor­dinó todo al deber de la hora, pensando en el honor de la patria y buscando el bien del pueblo y su ventura.

Con esta aclaración, pasaré revista a algunos sucesos nacionales casi siempre precipitados o condi­cionados por factores exógenos, que deben alumbrar nuestro análisis del futuro, proponiendo unas imagi­narias nupcias entre el recuerdo y la profesía.

 

DOS IMPERIOS Y LA GUERRA FRIA

 

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial asistimos al no menos horrendo y artero espectáculo de la guerra fría. La malignidad de los dos demonios imperiales, invocando cada uno la utopía de una redención mundial hegemónica, para evitar el holo­causto nuclear mutuo, traslado sus querellas a sus vastas zonas de influencia. Encendieron así la hogue­ra inquisitorial de la lucha ideológica, a tal extremo virulenta, que se llegó a considerarla (1) una forma convencional de la tercera conflagración mundial.

En nombre de una humanidad abstracta, ambas superpotencias sacrificaron a gran parte de la huma­nidad de carne y hueso, fomentando las guerras coloniales y las subversiones militares; las exaccio­nes de las riquezas de los estados indefensos, los monopolios energéticos y la descapitalización de los países periféricos; el desprecio al derecho y la crisis de la razón jurídica; la quiebra de los valores morales y la subversión de la conciencia, atizando un ateísmo fanático y corrompido, o un grosero materialismo hedonista propio de las sociedades opulentas.

"El nuevo orden movilizó en los primeros años el apoyo de muchos jóvenes, atraídos por la visión de una nueva era, por grandiosos proyectos urbanos e industriales y por objetivos humanitarios de reforma social. La idea de construir un orden social nuevo y justo, sobre las ruinas del pasado, resultaba auténti­camente atrayente para los traumatizados por la Segunda Guerra Mundial" (2).

Semejante visión bien puede analogarse a la realidad latinoamericana. El discurso comunista ca­recía de ética, apelando a una persuación montada sobre los recursos de la sugestión y la manipulación. El discurso occidental -propulsado por Estados Unidos- no fue menos artero. Tomó carácter inter­pelativo, condicionando en sus obligados interlocu­tores -siervos de la gleba de la dependencia- res­puestas inducidas. Se fabricó la mística de la defensa de la "civilización occidental y cristiana" como la panacea ideológica para exorcizar la pujanza doctri­naria del marxismo.

Hacia finales de la década del 40 (exacerbados por la guerra de Corea, 1950) un Comité Senatorial, de triste recuerdo, liderado por Joseph Mac Carthy con el nombre de "Comité de Actividades Anticomu­nistas" inició una verdadera "caza de brujas" contra personalidades de su propio país, marcando el cenit anticomunista.

La Iglesia preconciliar se movilizó contra el materialismo dialéctico por su hermenéutica atea de la realidad, pero ignoró, en cambio, el deshumaniza­do materialismo capitalista porque permitía la liber­tad de culto y la permisividad confesional.

"La iconolatría marxista" (3) preocupaba más a la Iglesia que la indignidad de la pobreza y el estado de miseria social que fue sembrando el capitalismo internacional en los países en "vías de desarrollo".

No es de extrañar entonces que América Latina fuera obligada a "alinearse" con la política exterior de los Estados Unidos. Para su consolidación "solidaria" se crearon estructuras militares represivas, adictas incondicionalmente a sus designios ideológicos. Lati­noamérica se convirtió en el paraíso de los gobiernos títeres, y el intervencionismo militar norteamericano pasó a ser su regulador político.

Por su parte, el marxismo se lanzó con las seductoras consignas de la intransigencia con el colo­nialismo. La liberación de los pueblos, el logro de la independencia real de los mismos que sólo sería posible con el acceso a la justicia social.

El 1° de enero de 1959 Fidel Castro-con apoyo logístico de USA-tomó el poder en Cuba. El líder del movimiento "26 de Julio" había preparado una revo­lución comunista embozada de románticos afanes y sacrificios y de difícil consolidación. La revolución cubana marcó un severo acentuamiento de la guerra fría-el más álgido tal vez para nuestro hemisferio­ y puso en vilo la estabilidad de la paz mundial al llevar las cosas al borde de una guerra nuclear (crisis de los misiles 28/X/62).

Cuba se volvió desde entonces exportadora de revoluciones marxistas, fomentando la aparición de guerras o "guerrillas" irregulares como la única op­ción de cambio para los pueblos explotados.

 

INTENTOS DE FRENAR, LA EXPANSION CASTRO-MARXISTA

 

El 17 de octubre de 1961 finalizó la Conferencia de Punta del Este en la que se aprobó el programa de la "Alianza para el Progreso" del presidente John F. Kennedy. Los Estados Unidos ofrecieron 2.000 millo­nes de dólares -desglosados en aportes parciales durante 10 años -  para impulsar el desarrollo de las repúblicas latinas mediante la creación de la infraestructura necesaria para el despegue económico. Ello debía ser conjugado – exigencia norteamericana -  el fortalecimiento de las instituciones democráti­cas, la lucha contra el analfabetismo, campañas de salubridad y de viviendas.

En realidad, el proceso de descolonización mundial -trastrocado en disputa ideológica de las dos superpotencias - los obligaba a la búsqueda de Estados libres aliados, que tuvieran voz y voto en los foros internacionales.

El marcado tinte marxista que impregnó las luchas de liberación nacional en Africa encontró eco favorable en movimientos anti-imperialistas latinoa­mericanos que se aprestaron a hacer lo propio en sus respectivas latitudes. Los líderes de la liberación africana emergieron como teóricos radicales del cambio social y combinaron el ejercicio intelectual con la militancia revolucionaria armada. Muchos de ellos (4) ejercieron notable fascinación en las élites progresistas del "continente mestizo".

La efervescencia en pos de la justicia social se hizo planetaria e inacallable. La propia Iglesia Cató­lica hubo de salir de su atonía histórica con la publi­cación de la Encíclica Mater et Magistra (1959) donde el nuevo, aunque anciano Juan XXIII, retomaba la primigenia opción por los pobres y desfavorecidos que había caracterizado la pastoral primitiva del Cristia­nismo. En octubre de 1962 el Vicario de Cristo inicia­ba en Roma la apertura del Concilio Vatinaco II, lanzando las ideas larvales del ecumenismo eclesial. Y en 1963 -el año de su muerte- el Papa Bueno dio a conocer su gravitante Encíclica "Pacen in Terris" en que tomaba distancia de los dos grandes bloques hegemónicos mostrando a través de sus ideales de caridad militante su acercamiento al Tercer Mundo.

Cuando los satélites Telstar ganaron el espa­cio, la revolución de las comunicaciones posibilitó la simultaneidad de la transmisión de los sucesos del mundo. El universo se había transformado en una "aldea mundial" dijo un filósofo. Ello repercutió nota­blemente en la estrategia política internacional por­que se tornó imposible cualquiera ocultación o aisla­miento.

Ese ha sido - a muy grandes rasgos- el marco referencial en que debemos ubicar históricamente el proceso político paraguayo que tuvo como protagonis­ta al Partido Colorado en función de gobierno en el tiempo respectivo. De sus variables saldrán atenuan­tes como agravantes, imprescindibles ambos si se quiere conocer con objetividad cabal nuestra historia contemporánea.

 

CONTRA LA ANARQUIA Y EL SUBDESARROLLO:

ACTIVO DE LA GESTION DE LA A.N.R.

 

Al comentar a Hegel y su Filosofía de la Histo­ria Universal, dice Ortega y Gasset: "En el tiempo espiritual de la historia no hay dos días iguales. El ayer es un auténtico ayer, un definitivo pasado que no se repetirá. Basta que haya sido para que el mañana se diferencie de él y lo supere".

Ese deseo de superar el infortunio del ayer anárquico, escaldado por guerras civiles y cuartela­zos, alienado por desigualdades económicas asfixian­tes e irritantes y miserias socavadoras, por someti­mientos de clases y la lucha desigual de los humildes y desposeídos contra oligarcas y terratenientes, in­sensibles y depredadores, fue en su conjunto lo que impulsó al coloradismo a secundar un proceso de rehabilitación nacional.

En el llamado encuentro partidario del 27 de octubre de 1955 se unió todo el coloradismo. Todas las facciones concurrieron con designios que debemos suponer altruistas, porque nuestro principismo es siempre mayor que nuestro descreimiento en los lobos vestidos de cordero que impetran paz, pero incuban y fomentan guerras o atizan desentendi­mientos y discordias.

El gobierno, en la década del 60 comenzó a cosechar los frutos redituados por la erradicación de los controles cambiarios de 1957 y la planificación del desarrollo social y económico del país. Se moderaron los gastos públicos, se frenó el agudo proceso inflacionario, se mantuvo estable el nivel de los precios internos, se posibilitó el ahorro y se fomentaron las inversiones. Estos hechos permitieron realizaciones básicas de infraestructura capaces de impulsar el desarrollo de las actividades productoras.

La Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado), asumió el poder luego de la caída violenta de un sistema político inestable y con la gran masa de paraguayos en estado de verdadera necesidad.

La obligación primera fue tratar de superar la constante decadencia de nuestro nivel de vida, ata­cando el factor más gravitante de esa pobreza, agra­vada por las duras limitaciones de su propia estruc­tura económica. En efecto, el Paraguay es un país de contrastes; cuenta con abundantes zonas verdes, ricas en bellezas extraordinarias, pero con poca pro­ductividad. Nuestros ríos son anárquicos, crecen e inundan cuando quieren y se secan también en forma antojadiza. Nuestro clima está signado por un verano ardiente y nuestros bosques, debido a talas indiscri­minadas, han dado paso al monte bajo. El trabajo se ha desarrollado, generalmente, en situaciones caóti­cas.

Frente al determinismo de la geografía y las condiciones generales del país, se alzó vigorosa la fuerza del hombre demostrando que los obstáculos dejan de ser infranqueables cuando hay voluntad y decisión. Sólo así se explica que el Paraguay, atenza­do por el círculo vicioso de la pobreza, haya podido alzarse hasta la plataforma de su desarrollo -por relativo que éste se juzgue- cruzando una trayecto­ria larga, difícil y esforzada. Es pues, un deber inex­cusable el reconocimiento de estos hechos para ubicar el punto de partida de la Asociación Nacional Repu­blicana en el poder y evaluar, asimismo, con objetivi­dad las transformaciones sociales y económicas ocu­rridas durante ese período.

No me detendré en las citas de las grandes obras hidroeléctricas, ni en las demás obras de go­bierno en general, porque el propósito es sólo señalar que estos emprendimientos requieren de continuidad y de una administración firme, lo que sitúa nuestro tema en el conflictivo campo de la política de gobierno y su estabilidad.

Señalaré sí que la gestión del coloradismo, en suma, ha ayudado a devolver la confianza en sí mismo al hombre paraguayo y que, ciertamente, pueblo y gobierno, por lo menos en un lapso considerable y en una acción concertada, dieron paso a una armónica gestión con el supremo objetivo del bienestar nacio­nal. Si la aceptación de la gobernabilidad es un índice de legitimidad, como lo sostienen eminentes politólo­gos, se puede afirmar que el gobierno colorado gozó de ella durante las dos primeras etapas de su adminis­tración.

El tema del desarrollo socio-económico no esca­pó a nuestra preocupación de hombre público com­prometido con los ideales partidarios. La incorpora­ción de la remota y rica región altoparanaense a la producción nacional y la vertebración de nuestras aisladas regiones a través de la interrelación que se logró entre los Delegados de Gobiernos y entre los munícipes, dieron una visión globalizadora de nues­tras carencias, necesidades y potencialidades, acapa­rando nuestros mejores esfuezos.

Las guerras irregulares o "guerrillas" que, ins­piradas, por el marxismo, se montaron en todo el continente, como lo señalamos más adelante, tuvie­ron connotaciones especiales en su versión paragua­ya, al recibir un indisimulado apoyo desde el Río de la Plata. Intereses geopolíticos y hegemónicos argenti­nos, amenazados por la nueva opción de salida oceá­nica que se abría hacia el Brasil, alentaron y favore­cieron la agresión, poniendo en grave peligro no solo la estabilidad del gobierno, sino las grandes metas nacionales que habíamos trazado.

Alto costo pagaron -y siguen pagando- casi todas las naciones hermanas como Bolivia, Perú, Uruguay, Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela, América Central y Chile, por aquellas desgraciadas aventuras armadas, y nuestro renacer socioe-conó­mico también hubiera quedado seriamente compro­metido si no hubiéramos enfrentado con firmeza y decisión la agresión guerrillera a nuestro país.

Cuando cesó la agresión de las guerrillas, de­rrotadas por la enérgica intervención del Ejército, la oposición interna y externa comprendió que debía ponerse término a la intención de abajar del poder al coloradismo por la violencia.

En reciprocidad, el Partído Colorado también buscó el camino del reencuentro y convocó a la parti­cipación ciudadana. Si bien no se logró un pluralismo ideológico, se alcanzó sí un pluripartidismo que per­mitió una reforma total de la Carta Política del 40 cuyas connotaciones corporativistas constreñían seriamente las reaíces democráticas del pueblo para­guayo.

La Asamblea Nacional Constituyente del 1967 legitimada y consentida por la concurrencia de los partidos políticos admitidos por la legalidad del go­bierno constituído, superó muchas falencias del ante­rior instrumento constitucional, aunque lamentable­mente no todas.

La Constitución del 67, redactada por primera vez en nuestra historia, con una participación plura­lista y representativa de toda la nación, no era desde luego perfecta pero sí potencialmente perfectible. Muchas conquistas sociales y económicas que le daban modernidad eran consagraciones irreversibles. Por imperio de nuestro crecimiento espiritual y la univer­salización inexorable de los valores democráticos, las disposiciones políticas de cuño autoritario estaban llamadas a desaparecer.

La enmienda de 1977 fue un grave error que nuestro Partido, en un acto de coraje y reflexión, tiene que debitar en su pasivo histórico, porque su signifi­cado coyuntural subordinaba su destino y el de la nación a la voluntad de un hombre, creando un inadmisible vitaliciado. Idéntico error al que nues­tros adversarios cometieron al modelar la Carta del 40 conforme a las aspiraciones de su caudillo.

Cualquier período de gobierno tiene luces y sombras. El Partido Colorado no debe apocarse ante sus errores, sino simplemente superarlos. En cambio, afirmémonos con énfasis y convicción que los aciertos logrados no sólo han permitido el progreso del país, sino el afianzamiento de su conciencia histórica y el relieve de su identidad nacional.

 

UNA OPORTUNIDAD

Y UNA ESPERANZA NUEVA

 

A comienzos de 1986, con más de una treintena de lúcidos correligionarios, advertimos a la Junta de Gobierno del Partido que los límites del poder gober­nante se estrechaban peligrosamente (5).

Y en 1987, en un ensayo, reiteré que nuestro Partido debió alertarse cuando nuestros gobernantes se negaban a aceptar la caducidad legítima de sus mandatos. Allí expuse el dilema en estos términos (6): "Si llega a establecerse una pugna entre el tiempo del poder y el poder del tiempo, bien sabemos que este último habrá de ser inexorable triunfador".

El poder del tiempo -del tiempo nuevo-advi­no con la gesta del 2 y 3 de febrero que las Fuerzas Armadas protagonizaron en obsequio de la dignidad de sus fueros, de la consolidación democrática del Partido Colorado y de otros objetivos no menos impor­tantes y trascendentes. El Partido Colorado dio su aval al nuevo gobierno y sus votos en elecciones libres lo consagraron legítimamente. Demostraba así el Partido Colorado al gobierno y al país que las Fuerzas Armadas no invocaban su nombre en vano.

La revolución del 2 y 3 de febrero fue obra de militares colorados, realizada para la liberación del pueblo paraguayo y para que el pueblo colorado pudiera servir mejor a ese pueblo del que es una raíz indivisa.

El gobierno colorado de la transición gozó de amplio consenso y adoptó medidas fundamentales en el orden político y económico. Entre las primeras, se ratificó el Pacto de San José de Costa Rica, sobre la protección de los Derechos Humanos. También se permitió una amplia e irrestricta libertad de prensa, expresión, pensamiento y opinión. Se permitió, a su vez, la vuelta de todos los exiliados y se desmantela­ron públicamente los instrumentos materiales de la represión física a que sometían a los presos de con­ciencia.

 

 

LA POLITICA ECONOMICA Y LA DOCTRINA COLORADA

 

En el orden económico se volvió al régimen de cambio libre y se proclamó -un tanto líricamente­ la adscripción a la economía social de mercado. Sin embargo, la propia composición de la conducción económica, dada su heterogeneidad, no pudo hasta hoy perfilar un verdadero plan económico de desarro­llo nacional. Es decir que en lo económico no se definió una estrategia cierta sino que se accionó en base a intuiciones y golpes de mano corriendo el albur de los errores y aciertos, que emanan de la espontaneidad y la improvisación.

El gobierno, merced a su voluntad de democra­tización, rompió el aislamiento internacional que cercaba y asfixiaba al país. El ideal de la integración económica fue ganando terreno hasta la concreción del Mercosur, cuyo significado histórico-político es de notable relevancia, aunque nuestra incorporación al nuevo sistema no obedezca a una política bien articu­lada por expertos en relaciones y comercio internacionales, que son quienes debieron precautelar los ries­gos que las características peculiares de nuestra economía tendrá que enfrentar.

La opción que se adopte con respecto a la política económica a ser implementada sostenida­mente, no debe caer en la tentación de rendirse a las modalidades pasajeras. Debemos mantener grabada en la memoria aquella sabia advertencia de John Maynard Keynes, que dice: "En economía se puede hacer cualquier cosa, salvo evitar las consecuencias de lo que se hizo". Con ese espíritu debemos forjar nuestro sentido y nuestra medida de lo posible, lo que en verdad significa hallar un equilibrio entre lo que se quiere y lo que se puede, única alternativa para evitar fracasos y frustraciones.

La doctrina colorada no debe alejarse de la filosofía constitucional del Estado servidor del hom­bre libre, que en puridad plantea una ecuación de plena justicia, ya que ordena los deberes morales, sociales y económicos del Estado en función del hombre, no sólo como individuo sino como una per­sona. El sistema de planificación que propugna nues­tra Asociación política compatibiliza los objetivos del bien común con el principio de la libertad. Por tanto, sus directrices globales, si bien obligan al Estado, son fundamentalmente indicativas para el sector priva­do, puesto que se busca no el antagonismo sino la conciliación de los intereses respectivos.

 

REFORMA AGRARIA

 

En el campo de la reforma agraria -siendo el nuestro un partido agrarista-no podemos continuar esperando que sus objetivos sigan siendo empujados por la inercia de la mera especulación teórica, o demorados por la suavidad negligente de la retórica idealista. Resulta imperioso abocarse ya a canalizar por medios pragmáticos y aún constitucionales - como paso impostergable de credibilidad política-la posesión legítima por quienes trabajan precariamen­te la tierra o las ocupan como emergencia de los actos de necesidad, sin perder la mesura ni la circunspec­ción, estudiando las particularidades de los hechos, sin caer por ello en una política de confiscaciones solapadas -que nuestra Constitución prohibe- ni dilapidarse en expropiaciones indiscriminadas.

No es posible seguir tolerando que la demago­gia o instituciones internacionales de oscuros desig­nios, fomenten la creación de una legión de parias que bajo la designación de "campesinos sin tierra" mueve a conmiseración, sin advertir que en un porcentaje aún no debidamente evaluado, se trata de simples especuladores que, habiendo vendido sus derechos a tierras por ellos ocupadas, se suman a la gleba de los que no tienen tierra porque la han transferido.

¿No debemos acaso pensar en la metodología que frene este impulso que halaga un izquierdismo de inspiración errática y peligrosa?

 

LA IDEOLOGÍA DE LA ASOCIACIÓN NACIONAL REPUBLICANA

 

Como otros partidos centenarios de América, la Asociación Nacional Republicana nació dentro de un contexto constitucional liberal, que era el propio de la segunda mitad del siglo XIX. Como tal su ideario y su programa fue implementar el cumplimiento de los preceptos constitucionales, cuidar la moral políti­ca, exigir honestidad en los cargos públicos, fomentar la educación y la ilustración.

El manifiesto fundacional dice en una de sus partes más elocuentes y substancionsas: "La sobe­ranía popular es el gran fundamento de la Repúbli­ca. El pueblo se ha reservado el derecho de designar mandatarios que han de dirigir sus destinos elevando a los cargos públicos a los ciudadanos honestos e idóneos, capaces de hacer su felicidad y de establecer en el país el reinado de la justicia y la moralidad política".

Cabe señalar que en ese texto político se intro­duce el concepto constitucional de la soberanía po­pular, puesto que en la constitución del 70-promul­gada diez y siete años antes-rige el concepto de que "la soberanía reside en la Nación". Ello implica que se trata de la Nación-Persona o sea que "el concepto de soberanía nacional tiene por titular un ente de ra­zón". Aparentemente, es un juego de palabras o una pirueta semántica, pero está lejos de ser así. André Hauriou destaca lo siguiente: "Una persona, sea moral o ente de razón, no puede tener más que una sola voluntad. La soberanía de la que es expresión no puede por consiguiente ser divisible en elementos, pues se correría el riesgo de que fuesen contradicto­rios".

Y por otra parte dice que "esta soberanía sola­mente puede expresarse por medio de representan­tes" agregando más adelante que "a los ciudadanos o los electores tomados individualmente no se los considera habilitados para hablar en su nombre, lo cual excluye el referendum y la iniciativa popular". En cambio al referirse al significado de la soberanía popular alega: "La teoría de la soberanía del pueblo, que consiste en admitir que el poder de mandar reside en forma directa (y expresable directamente) en la universalidad de los ciudadanos, es bastante más realista y concreta". Sus consecuencias son de singu­lar significado, Hauriou las enumera: a) El electorado se convierte en un derecho (en el caso anterior era sólo una función), b) La soberanía popular implica en buena lógica, un régimen republicano (en la opción anterior la soberanía nacional era conciliable con el principio monárquico), c) La doctrina de la soberanía popular conduce a la democracia directa o a sus sucedáneos. Si bien en la Constitución del 70 hay una "amalgama" de ambos conceptos y, que el constitucio­nalismo moderno hizo del sufragio universal un dere­cho y que la forma republicana pasó a ser connatural del sistema, ello, lo preconizado por el manifiesto colorado, sería realidad constitucional recién en la Carta Política del 40.

Ese deseo de otorgar protagonismo directo al pueblo está a tono con nuestra ideología, que es nuestra visión del mundo, nuestra perspectiva de las cosas absolutizada a veces por error, relativizada otras por acierto con el paso del tiempo. Porque las ideologías son cosmovisiones contingentes de la rea­lidad cuya naturaleza es cambiante pero cuyas esen­cias son perdurables. La nuestra gira en torno a la nación, concebida como "una vocación de conviven­cia" por lo que nuestro nacionalismo no es excluyente sino busca compatibilizar sus principios con los valo­res universales.

En realidad, la democracia ha sido erigida en Occidente sobre el esquema de la concepción política liberal. Es motejada de democracia formal por cuanto su construcción es fundamentalmente jurídica. El Estado de derecho es una prédica y un logro del liberalismo. Allí la libertad política juega un rol axial, diría substancial, porque marca un límite intangible que la autoridad pública no puede trasponer cual es el del individuo, pues sus derechos naturales son anteriores a toda regulación estatal. Por eso el prin­cipio de la libertad, sin dejar de entrañar una teoría del mundo y su filosofía correlativa, apunta a ser cardinalmente una praxis.

Octavio Paz dice: "La libertad no se define, se ejerce", para aditar luego: "no es una idea sino un acto". Pero al remarcarse y subrayarse con tanto énfasis la sacralidad del individuo, ello se hace exten­sivo a sus intereses, sus apetencias, sus pasiones, sus inclaudicables mezquindades. La insensibilidad so­cial relaja la solidaridad humana y se fomenta así el desafecto y la indiferencia hacia los desposeidos. La polarización entre fuertes y débiles se dilata, se acrece, se abisma, posibilitando la emergencia del viejo espectro del darwinismo social. Sin embargo, el resguardo de la iniciativa individual y el amparo de la tolerancia -tan caras a Locke y Voltaire- son factores de civilización, de pacificación y de concor­dia.

El Estado se construye sobre principios éticos pero acciona en función de la libertad ideológica. La mayoría debe mandar pero respetar y, la minoría debe criticar pero acatar. Por ello Popper, actualizan­do a Paine, afirma que la democracia se vuelve cada vez más "gobierno de las leyes", pero con un sentido distinto al que significaba en la antigüedad, donde cuando una ley era votada, por más que consintiera una injusticia, una impiedad, una opresión, debía lo mismo ser respetada. El individuo no era nadie frente al Estado, o mejor, era parte indivisa o indiferenciada del Estado.

El sistema constitucional moderno y republica­no, cuando es tal, consagra no sólo garantías expre­sas, sino todo un sistema de garantías así como establece controles legales para la regulación perma­nente del poder al que descentraliza, haciéndole perder su carácter absoluto y autocrático. Es una clara sustitución del "poder arrogado" detentado por el "poder delegado". Es cierto que tiene sus costos porque engendra la burocracia que es tan perniciosa en las democracias como en las dictaduras. Nuestro Partido -que reivindica los gobiernos patriarcales de nuestro pasado glorioso- está en la línea de Rousseau y cree que el principio sustentador es la igualdad. Sólo, decía el ginebrino, en una sociedad de iguales hay y es posible la libertad. Por tanto, el coloradismo se esfuerza por superar la contradicción que entraña la igualdad de derecho, coexistiendo con la desigualdad de hecho. Todo ello apuntala a la sociedad y al Estado modernos que queremos esta­tuir.

Un acto de sensatez, de madurez y reflexibili­dad sería que nuestro Partido convoque a un congreso de intelectuales colorados, atendiendo a sus antece­dentes, a los indicadores del talento, la probidad y la idoneidad cultural, con la misión de analizar, actua­lizar y enriquecer la doctrina partidaria, ejercitar la autocrítica de nuestra ejecutoria histórico-política en un marco de distensión y libertad, de respeto mutuo y de solidaridad y servicio constructivos. Los intelec­tuales deben constituirse en la conciencia crítica de nuestro partido asumiendo tan difícil responsabili­dad con la garantía de que nuestras autoridades partidarias les habrán de dar el rango y la entidad que de suyo tienen y que nuestra Asociación política muy pocas veces les ha reconocido.

 

UN MODELO DE SOCIEDAD

 

Realicemos el proyecto vital que reclama nues­tra ideología, dentro de las mallas sutiles donde alienta el pregón dicente de nuestro ser colectivo. Aspiremos antes que a una sociedad consumista, a una sociedad participativa y solidaria, donde la plu­ralidad de los mensajes humanos sean escuchados con tolerancia y sintonizados con concordia.

Pero, para conseguirlo, debemos regresar a la templanza que caracterizó a nuestros mayores y distinguió a la sociedad paraguaya, forjada desde los tiempos coloniales en severa y digna frugalidad. Debemos volver a forjar una comunidad auste­ra, sobria, donde el fantasma de la corrupción y la desaforada codicia, que hoy carcome nuestra nación, no polucione más sus estructuras.

Evitemos -intentémoslo cuando menos- no rendirnos a una sociedad hedonista, aquella que Alain Finkielkraut en su libro celebrado "La derrota del pensamiento", describe como centrada en fines espurios. En tal concierto dice: "Actualmente lo que rige la vida espiritual es el principio del placer, forma posmoderna de interés privado. Ya no se trata de convertir a los hombres en sujetos autónomos, sino en satisfacer sus necesidades inmediatas, en divertirles al menor coste. El individuo posmoderno, conglome­rado desenvuelto de necesidades pasajeras y aleato­rias, se ha olvidado que la libertad es otra cosa que la potestad de cambiar cadenas y la propia cultura algo más que una simple pulsión satisfecha".

Tamaña deshumanización nos repugna. Supe­rado en nuestro país el modelo autoritario, se necesi­ta imprimir en las conciencias una nueva ética. Y esta no puede ser sino aquella "ética humanitarista", ya propuesta por Erich From y rubricada hoy por el pro­pio Santo Padre que en su flamante encíclica CENTESSIMOS ANNUS la promueve. "Al descubrir nue­vas necesidades-dice el Papa- y nuevas modalida­des para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que respete to­das las dimensiones de su ser y que subordine las ma­teriales e instintivas a las interiores y espirituales".

Idealiza el Santo Padre, una ecología huma­na, que cuide al par las complexiones naturales y morales del hombre, su diálogo teleológico con su propia naturaleza y la naturaleza del cosmos; en fin, una síntesis cultural nueva para el advenimiento de un nuevo espíritu.

Este y no otro, por su raigambre humanista, debiera ser el nuevo ademán moral del hombre para­guayo, si queremos forjar la felicidad de un Paraguay remozado.

 

LA REFORMA CONSTITUCIONAL Y LA CONCORDIA

 

También a este respecto, entiendo procedente poner de relieve que no pensemos que la nueva confección de una Carta fundamental, por muy refor­mada que sea, es de por sí y en sí la varita mágica que habrá de solucionar todos nuestros entuertos políti­cos, sociales y económicos. En la Constitución que se reformará en la Convención Nacional Constituyente hay dos partes fundamentales; y los órganos del Gobierno que conforman los poderes que deben ser armonizados.

La primera debe consagrar principios que ya son universales y hay poco que innovar. Ellos rigen la vida de la mayoría de los pueblos civilizados y demo­cráticos.

En la segunda, pueden surgir diversidad de opiniones y opciones. Es aquí donde deberíamos tra­tar de compatibilizar los discursos. En el seno de la Convención Nacional Constituyente deberíamos ini­ciar la primera etapa para alcanzar concordancias sustanciales, que nos lleven a un gran pacto o acuerdo nacional que ponga punto final a las estériles agresio­nes entre los partidos que componen nuestra civili­dad.

En la propuesta que formulo no hay interés sectario alguno; creemos que ella beneficiará a toda la ciudadanía y a la posibilidad de una convivencia que aquiete las pasiones exacerbadas por pasados recien­tes o remotos.

Es hora de la revisión.

Es hora de una apelación apasionada. De la llamada a la concordia nacional. En primer lugar, para purificarnos de rencores e inaugurar una nueva época en que la memoria sea la fuente del perdón y no el arsenal de la venganza. Por demasiado tiempo, la discordia nos ha deformado el alma, nos ha llevado a una vivencia jesucristiana apenas epidérmica y for­mal que siempre mal ocultaba los torrentes interiores del odio que nos separa, de la intolerancia que nos encona y del espíritu banderizo que por largo tiempo nos negó horizontes con promesas de amaneceres.

Ningún Partido por sí solo redimirá al hombre paraguayo y lo rescatará de su postergación perma­nente. El milagro solo se producirá bajo el manto providencial de la concordia, de una convergencia colectiva hacia propósitos del bien común, en la cual los únicos réprobos serán los que desertan de la marcha.

Será vana la Democracia si la convertimos en la arena sangrienta del circo romano. Será fructífera si sembramos semillas de fe en el semejante y apren­demos a cosechar juntos el fruto y la espiga para el pan y la sal de nuestra mesa paraguaya.

En nuestra Historia existen ejemplos mayús­culos de que el olvido con voluntad, con generosidad y con sinceridad, libera el espíritu y lo purifica para tentar el vuelo hacia mayores y más nobles alturas del pensamiento y de la acción. Don Carlos Antonio López lo entendió así cuando con el espíritu de su tiempo, delegó a la Historia del futuro el juicio del claroscuro gobierno anterior del Dr. Francia, y clau­suró toda mención de esa época y su gran protagonis­ta. Borrón y cuenta nueva, pareció decir, y abrió las compuertas de una de las épocas más felices y cons­tructivas del Paraguay.

Nuestro egregio fundador, Bernardino Caba­llero también supo unir en voluntad común a los propios legionarios con aquellos que habían servido a la causa nacional.

Intuyó con clarividencia y desde el primer momento que la desunión y la anarquía serían fatales para el país y no dudó en expresar con claridad la necesidad de llegar a una conciliación, incluso con los adversarios políticos (7). Son más que elocuentes sus palabras, cuando en respuesta a una gestión de Otoniel Peña, uno de los fundadores de la A.N.R., para buscar "la concordia y la unión fraternal de todos los ciudadanos" expresaba en su nota respuesta de 18 de setiembre de 1889: "La idea de la conciliación franca y leal ha estado siempre en los propósitos del Partido que tengo la honra de presidir-decía Caba­llero-aún en los momentos en que con mayor encono se ha estado sosteniendo la pugna de los dos bandos".

Y en su "carta-programa" del 25 de noviembre de 1893 respondiendo a la solicitud de sus correligio­narios para aceptar la proclamación de su candidatu­ra a la presidencia de la república por el período 1894-­98 Caballero expresaba: "El sistema republicano que nos rige, tiene por base la discusión y no se concibe la discusión sin opiniones diferentes, porque es hasta opuesto a nuestra naturaleza el suponer que todos los hombres podamos pensar de la misma manera".

El héroe de la guerra y campeón de la civilidad, reclamaba finalmente que debía iniciarse "una nueva era, que permita utilizar en provecho de la patria el concurso de todos los buenos ciudadanos que se en­cuentren dentro o fuera del país, y que estén dispues­tos a servirla, sean cuales fueren sus opiniones polí­ticas".

Y si esta verdadera invocación a la concordia y la amnistía la formulaba el Centauro amenos de dos años de los sangrientos sucesos del 18 de octubre de 1891,¿no seremos capaces nosotros, que nos llama­mos sus sucesores, en el mismo umbral del siglo XXI capaces -reitero- de superar nuestras discordias, aventando la conciencia nacional de rencores, odio y resentimientos estériles que comprometen el destino del Partido y de la Patria?

En tanto, los que no supieron respetar este principio de convivencia, como ocurrió después de la revolución de 1904, precipitaron al país en largo período de caos y anarquía.

Sepamos mirar las transiciones operadas re­cientemente en países como la madre patria o en naciones de nuestro entorno. Cómo no reflexionar sobre aquella España del inmenso genocidio del mi­llón de muertos y de su larga autocracia, que termina realizando una ejemplar transición que ha conducido a la hispanidad peninsular a la democracia. Y lo hicieron a través de sus dirigentes lúcidos y de la reconciliación.

¿Seremos incapaces de seguir el ejemplo de naciones como Brasil, Uruguay, Chile o Argentina, que han sabido encontrar-tras etapas sangrientas de violencia y terrorismo- ese "punto final”, indis­pensable, para sacar a sus países del marasmo de la discordia y anarquía?

Anhelamos para nuestro país un gesto de gran­deza semejante. Aquellos que violaron la Ley, que se vean con la Justicia, pero no ensalcemos la venganza ni el desquite a un Código del Rencor que enerve hasta el cataclismo la convivencia, ni confundamos más la responsabilidad de gobernar con el paladeo del mandar.

Porque la convivencia connota respeto, descar­temos el terrorismo verbal y escrito que nos conduce sobre el filo de la navaja del terrorismo de hecho y al crimen político, con su primer triste antecedente en el asesinato del periodista Santiago Leguizamón. Que una reflexión serena nos diga que de la misma mane­ra que la palabra es sonoridad de civilización y cultu­ra, puede ser también el tósigo que nos envenena el espíritu, enceguece y arma los brazos.

En el plano partidario instamos a nuestros correligionarios a una revisión a fondo. Es la hora de la reflexión valiente y del sinceramiento para liberar­nos así del lastre de un preconcepto que ofende nuestra integridad, cuando proclama que sólo bajo cacicazgos autoritarios y paternales somos capaces de permanecer unidos y coherentes.

Nada más lejos de la verdad, pero tenemos la obligación de demostrarlo, regresando a un estado de cordura colectiva, y actualizando el ejemplo de nues­tros mayores, como pauta incambiable de nuestra conducta política.

Poco estamos contribuyendo al rescate de la fortaleza partidaria, cuando cada movimiento de opinión sólo se carga de energía que repele a la de los demás, como si el ánimo sólo estuviera dispuesto a la dispersión y no a la unión. Ninguna sensatez tiene también que hayamos dado paso a polarizaciones corrosivas a través de las cuales parecen enfrentarse nuestras fuerzas campesinas y urbanas, al mismo tiempo en que se abre un campo de batalla generacio­nal capaz de hacer trizas nuestra integridad partida­ria.

Necesitamos la reafirmación de nuestra fe en la ideología humanista del coloradismo, y del des­prendimiento necesario para convertirla en punto del reencuentro partidario, sin exclusiones y con la mira puesta en la recuperación del protagonismo colorado, con unidad forjada en el consenso y con el disenso que reconozca su límite allí donde comienza el territorio ideal de los altos intereses partidarios.

Ya no aspiremos la unidad monolítica. Si la política es arte, formulemos la apertura espiritual para hacer la unidad con el valor estético de un gran mural, donde el hombre y su circunstancia y la Historia y sus forjadores aparecen dentro de la gran armonía de los colores y los matices.

Desterremos la sensación de derrota que quiso oprimirnos en las elecciones municipales de Asun­ción, y reconozcamos que el triunfo del adversario fue por la mayoría de la desilusión colorada que sólo será redimida cuando por nuestra conducta prudente y realista, y sobre todo por la unidad, recuperemos la credibilidad de nuestros correligionarios.

La Convención Nacional Constituyente es un desafío del que saldremos airosos en la tarea de impregnar la Carta Magna con nuestra realidad, con nuestro ser nacional y con nuestro pensamiento republicano, si para la emergencia el Partido se presenta unido, coherente y reconciliado con sus raíces esencialmente nacionalistas.

La energía, devenida de la unidad, nos dará títulos morales y políticos para la reinstalación del Partido Colorado como Partido de Gobierno, y por ese medio crear en el mando del país, una voluntad política de reconocer nuestros protagonismos que cada vez se vuelve más escurridiza y distante.

Hoy como ayer, (*) también proponemos a nuestros correligionarios, sin otra distinción que la de asumir su autenticidad republicana, un punto final previo, para que podamos "correlacionar la concordia nacional con la reconcilición de los colora­dos". "Difícil, quizás imposible, será alcanzar la pri­mera si no somos capaces de avenir a nuestros corre­ligionarios..."

Lo decíamos en 1986 y lo repetimos hoy con el mismo énfasis y absoluta convicción: la concordia nacional pasa por el meridiano de la concordia colora­da.

Olvido generoso, amnistía y punto final para crear un tiempo nuevo. Tal nuestra formal propues­ta.

Sólo la concordia salvará al Paraguay.

 

Se terminó de imprimir

El 15 de Julio de 1991

Compugraph

Asunción – Paraguay

(32 páginas)

 

 

 

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