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EDGAR LINNEO YNSFRÁN DOLDÁN


  3 DISCURSOS DE EDGAR L. YNSFRÁN, 1955 - 1956


3 DISCURSOS DE EDGAR L. YNSFRÁN, 1955 - 1956

3 DISCURSOS

EDGAR L. YNSFRÁN

OCTUBRE, 27 – 1955

ENERO, 7 – 1956

AGOSTO, 20 – 1956

 

Editorial América – Sapucay

Talleres Gráficos EL ARTE S.A.

Asunción – Paraguay (39 páginas)

 

En la Sesión de la Honorable Junta de Gobierno

de la Asociación Nacional Republicana

27 de Octubre de 1956

 

Señor

Presidente de la Honorable Junta de Gobierno;

 Distinguidos correligionarios;

No creo que ningún colorado deje de sentir con alborozo el arrebato cordial de la hora del reencuen­tro. Sólo esos corazones que se detuvieron mien­tras la lucha incubaba el acercamiento que nos depara este momento, están ausentes; pero ésos corazones tenían nombres que están en nuestra memo­ria agradecida. De todos ellos que son muchos, porque los años transcurridos también lo son, es­cogemos los que representan una simbología y en la evocación conmovida de esos nombres ilustres, nos permitimos tributar un homenaje de cálida recor­dación a todos nuestros correligionarios desapa­recidos. Si los vivos se reencuentran, reunamos a nuestros muertos en la evocación. Que los manes de Manuel Talavera y Atanasio González, vigori­cen nuestra fe en el campesino; que los del Dr. Cé­sar Vasconcellos y del Dr. Bernardo Ocampos ilu­minen la conciencia ilustrada de los hombres capitalinos; que los manes de Mario Ferrario y de Roberto L. Petit, guíen a la juventud en la senda del valor y del sacrificio.

Pero si esta emocionada evocación fluye de un imperativo del sentimiento, hay, también, un imperativo de la razón que nos impone la faena admirable del reencuentro. En torno de ese imperativo no creo que se suscite la más mínima discrepancia; fortalecer y engrandecer a nuestro Partido que es tanto como postular el fortalecimiento y el engrandecimiento de la patria misma.

El Partido exige la unión de todas las voluntades que sabrán concurrir al esfuerzo común aligeradas de un generoso olvido. Si hemos de avizorar lo pasado, hagámoslo para extraer de él duras lecciones del error y el dolor comunes; nunca para remejar cuestiones susceptibles de germinar nuevos enconos en los corazones. Que la memoria del dolor sufrido ahuyente de nuestro ánimo el sentimiento de la revancha, porque si queremos hacer cadena en el odio, nunca estaremos seguros de haber elaborado el último eslabón. Que la cadena se haga en el amor que ha de fluir del indesmentido sentimiento cristiano que alienta la ética del buen colorado.

A partir del augural instante que está viviendo nuestra asociación, podrá iniciarse una etapa partidariamente distinta, institucionalmente normativa y políticamente proyectada hacia la resolución de los problemas nacionales. El Partido debe ser el instrumento con el cual se ha de ensayar la convivencia regular de todos los correligionarios en un plano de libertad, de iguales oportunidades y de decencia política. Nuestra actividad debe estar constantemente normada por el respeto a las instituciones y un leal acatamiento a las formas jurídicas que estructuran los estatutos partidarios y las decisiones regulares de sus órganos competentes. Sólo por ésta vía hemos de transitar, sin el temor que entenebrece el alma y sin los autoritarismos que envalentonan, hacia las formas superiores de la convivencia política, por ella, también, allegar a la ciudadanía los mismos medios que permitan repetir, en el ámbito nacional, esta misma etapa hacia la concordia de todos los paraguayos.

En otro orden de ideas más particulares, no podemos dejar de expresar que la actitud de la Honorable Junta de Gobierno, al promover esta importante reunión partidaria, denota una generosidad que aplaudimos sin reticencia. Y se brinda con ella a la ciudadanía colorada la oportunidad de hallar soluciones institucionales, orgánicas y normativas.

Según las sabias referencias bíblicas, cuando Dios quiso crear el mundo, comenzó haciendo la luz. Y el hombre en cuya alma se reproducen los módulos del Divino Creador, cuando se halla en trance de hacer, enciende el chispazo sutil de su entendimiento para iluminar el camino de su futu­ro; sólo después, iluminado el camino, transita y hace. La encrucijada que vivimos se ha encendido con lampos de intención generosa y de buena vo­luntad, y se abre a nuestra vista el camino de un quehacer común. Si transitamos por ella con ecua­nimidad y con sabiduría hemos de alcanzar el re­ducto cívico que nos preservará de las contingen­cias que hemos estado viviendo y que todos desea­mos alejar de nuestro recuerdo.

Pero que la luz espléndida que vemos irradiar, no encandile nuestras pupilas.

Y que el color imperial de la amapola que al­guien dijo que debía retoñar en el poncho, el pa­ñuelo o la corbata, renazca en el corazón de todos los correligionarios, hermanándolos en la esperan­zada etapa que iniciamos.

 

 

 

 

 

 

Al Pueblo de la República

(Al tomar posesión del cargo de Jefe de Policía de la Capital)

7 de Enero de 1956

 

 

Al Pueblo de la Capital de la República:

Al recaer en mi persona la designación de Jefe de la Policía de la Capital, cargo de honor y de res­ponsabilidad al mismo tiempo, el Superior Gobierno de la Nación y el partido que lo respalda con su enorme masa ciudadana me han sometido a una de las pruebas más duras de mi vida política, de la que Dios mediante y merced a la inestimable cooperación de mis conciudadanos, pienso salir con bien. Para mí, salir con bien no significa sólo el fugaz y pasajero éxito personal, sino servir con indeclinable vocación patriótica a la colectividad paraguaya, tan necesitada de hallar el estatuto legal, la fórmula adecuada y justa de una convivencia pacifica a la vez que dignificante.

Nadie puede dudar, de la esencia democrática del coloradismo, al que la nación debe, entre otras cosas, la fundación de las instituciones culturales, sociales y políticas más importantes del país. Creo sinceramente que el diálogo es preferible al monólo­go y por eso he determinado dirigirme al pueblo de la capital, para que él sepa cuáles son mis intenciones a la par que mis inquietudes anhelos y esperan­zas. Sólo así podremos conocernos mutuamente y comprendernos sin necesidad de echar mano a la violencia, que debemos condenar definitivamente en nuestros corazones. La bondad o maldad de los hombres y las cosas, depende en gran medida del empleo que se haga de ellos. La palabra es un ele­mento muy útil de comunicación entre los hombres, mientras éstos no la adulteren con el aliento enfer­mizo de sus pasiones. Uno de mis mejores propó­sitos es buscar la dignificación de la persona hu­mana.

Confío plenamente en la fuerza del derecho y en el valor inmutable de la justicia, sin la cual no cabe hablar de bienes que tutelar ni de intereses que defender. Siento un profundo respeto hacia la libertad de las personas, esto lo saben perfec­tamente los innumerables amigos que tengo aquí y en el extranjero. Nadie será privado de su libertad arbitraria e ilegalmente, sino en la forma establecida en la ley. Todos los compatriotas, sin distinción alguna, encontrarán en la institución a mi cargo el amparo y la protección que ella esta en la obligación de brindar como la más celosa guar­diana del orden público.

Como hijo de la Universidad, a la que me siento vinculado por hondos sentimientos familiares, pien­so que ella debe mantenerse serena, y austeramente alejada de todo ajetreo político, con objeto de cumplir­ sus fines específicos, y muy especialmente con el lema de su escudo: VITAM IMPENDERE VERO.

         Precisa señalarse que el ejercicio abusivo de ciertos derechos ha provocado una reacción limitativa en ellos. Por eso, cuando el carácter de los individuos, sus opiniones y costumbres no refrenan el abuso de la libertad, nace la imperiosa necesidad de limitarla. La libertad no es un bien gratuito y, ella depende, no en poca medida, de los administrados.

Sé que la Policía es una lima de estrías afiladas, por lo mismo que lo sé, trataré de hacer de ella el uso que las leyes de la República prescriban, para no gastarme ni carcomer a mis compatriotas. Nadie intente subalternizar a la Policía, pues ella cumplirá estrictamente con el deber de conservar el orden público y de preservarlo. La justicia encon­trará siempre en la Policía, como auxiliar que es de ella, la colaboración indispensable para que sus ór­denes y disposiciones sean acatadas.

La Policía tiene su órbita propia y no debe invadir la ajena, si no se quiere romper con el ordenamiento jurídico.  Por eso, cumplo en adver­tir, con toda claridad, que ninguna persona se sus­traerá de la jurisdicción de los tribunales ordinarios, por más razón o derecho que crea tener, como prenda de seguridad común. Los funciona­rios policiales, superiores y subalternos, que no cumplan con sus deberes y se extralimiten en sus funciones, se harán pasibles de las sanciones disciplinarias pertinentes, si la transgresión no fuere de mayor gravedad que requiriese la inter­vención de jueces y tribunales.

Llego a la Policía de la Capital con el acervo moral que significa la unidad del coloradismo, primer paso dado hacia la unidad integral de la familia paraguaya, que es el más ardiente deseo, del Excelentísimo Señor Presidente de la Repú­blica, General de División don Alfredo Stroessner, no menos que el de Su Excelencia el Señor Ministro del Interior y Presidente de la H. Junta de Gobierno del Partido Colorado, Arquitecto don Tomás Ro­mero Pereira. Y en este orden de ideas, me per­mito formular un llamamiento, sincero, cordial y patriótico, a todos los adversarios políticos, para que depongan viejos odios y rencores y nos ayuden a estructurar, con una reparadora rectificación de la conducta, un módulo de vida tan digno como el pabellón nacional, a cuya sombra podamos descan­sar seguros nosotros y las generaciones venideras.

A los que, fanatizados, comprometan con la palabra escrita o hablada las relaciones interna­cionales de nuestro país, he de decirles que deploro profundamente la posición espiritual en que se hallan encastillados. Triste y desconsolador es­pectáculo ofrecen quienes desde el extranjero, abu­sando de la hospitalidad generosa que se les brinda, exponen a su país a comentarios y juicios desfa­vorables, sin el menor decoro, viniendo a hacerse pasibles de las penas previstas en el Código Penal.

Con la ayuda de Dios y de todos los habitantes de la República, y muy especialmente con los elementos de paz y de trabajo, espero convertir a la Policía en el baluarte inexpugnable de la decen­cia, la corrección y la eficacia, para servir con verdadero fervor patriótico la causa del pueblo, que es la del gobierno y del Partido Colorado".

 

 

En la Primera Reunión de Delegados de Gobierno.

 (Auditorium del Ministerio de S.  Pública.)

20 de Agosto de 1956

 

 

Excmo. Señor Presidente de la República

 Excmos. Señores Ministros Secretarios de Estado.

 Señores Delegados de Gobierno.

Señoras. Señores.

 

Con esta primera reunión de Delegados de Gobierno, declaramos inaugurado un sistema de trabajo que, con su periodicidad, nos obligue a un acercamiento personal constante entre los repre­sentantes de los poderes centrales de la Capital y los del Poder Ejecutivo en cada una de las regio­nes en las que ejercen su autoridad.

Nuestras primeras palabras -en nombre del Superior Gobierno- sean las de cordial salutación para los señores funcionarios que ejercen tan alta autoridad en el interior de la República; salutación que tiene un énfasis especial con la presencia del Primer Magistrado de la Nación, ciudadano Presidente General de Ejército don Alfredo Stroess­ner, soldado eminente en la batalla cívica por la paz y la concordia nacional.

Los señores delegados, es obvio decirlo, actúan en nombre del poder central. Ello exige una ajustada interpretación de las directivas ema­nadas da Poder Ejecutivo, una total comprensión de las intenciones que lo inspiran, y finalmente, una actuación que sea el fiel reflejo de ambas cosas, de forma tal que no exista rincón de la República donde no llegue el pensamiento y la acción del Gobierno Nacional.

Esta reunión -primera de una serie periódi­ca- busca como finalidades esenciales la coordi­nación de los esfuerzos administrativos del Estado, la unificación de los criterios que señalan una clara orientación política, social y económica, así como la información directa por medio del contacto per­sonal entre los servidores de la Nación, sobre los problemas propios de cada jurisdicción.

Tiene por ello este acto la transcendencia de ser punto de partida de lo que ha de constituir una nueva modalidad de trabajo en las relaciones entre el Ministerio a nuestro cargo y las Delegaciones de Gobierno, sistema que, tenemos el derecho de esperarlo, se ha de traducir en indudables ven­tajas de todo orden. Tenemos la certeza de que de ese contacto que iniciamos hoy, resultará una mayor eficiencia en la labor de todos nosotros para beneficio de la comunidad.

A fin de mantener el nexo funcional indispen­sable para el logro de los fines enunciados, damos también por inaugurado el servicio radiotelefónico, que será elemento invalorable en lo futuro. Me­diante la nueva red de radiocomunicaciones, cuyas transmisiones en forma experimental han dado ya los más satisfactorios resultados, Ministerio y De­legaciones habrán salvado todos los inconvenientes derivados del tiempo y de la distancia. Los problemas serán conocidos en el día y sus soluciones transmitidas con la celeridad que exige una admi­nistración estatal moderna y eficaz.

En el orden administrativo, las Delegaciones de Gobierno tienen una importante misión que cumplir. El más severo contralor financiero debe ser constante preocupación de los Señores Dele­gados. El Gobierno Nacional está empeñado en una obra de reconstrucción que exige la coopera­ción de todos aquellos funcionarios que tengan a su cargo facultades administrativas. La economía en los gastos públicos es un deber de todo fun­cionario consciente.

Hacemos, un llamado formal en, favor de una controlada y restringida inversión de los recursos, en procura de las máximas economías, sin resen­tir las necesidades naturales de cada Delegación.

La coordinación de los servicios debe ser ob­jeto de un constante ajuste por parte de cada uno de los Señores Delegados. La disciplina en el trabajo para el cumplimiento de las diversas acti­vidades que constituyen el normal desenvolvimiento de las delegaciones, debe propender a que los fun­cionarios del Ministerio del Interior sean correctos,eficientes y honrados. Los servicios deben sin­cronizarse. En tal sentido, el Ministerio a mi cargo escuchará sugestiones y proporcionará orien­taciones y consejos a los señores Delegados, de acuerdo con las particularidades de cada caso.

Dentro de las consignas de orden administrativo que estamos señalando a los delegados asis­tentes a esta reunión, cabe destacar la importan­cia del conocimiento de todas las actividades pú­blicas regionales.

El Delegado de Gobierno es la autoridad su­perior en su departamento. Sus funciones den­tro de las atribuciones del cargo y las directivas del P. E., alcanzan a todas aquellas actividades de su jurisdicción geográfica.

Su responsabilidad va más allá de la de un simple custodio del orden. Le compete asimismo, conocer los esfuerzos públicos de su región, acon­sejar, orientar o corregir el desenvolvimiento de toda la administración regional, en función, claro está, de supervisión y como representante del Poder Central.

 

CONSIGNAS SOCIALES:

Es propósito del superior Gobierno e inquietud personal del Sr. Presidente de la República, con­centrar todo el esfuerzo gubernativo en el mejora­miento de las condiciones sociales y económicas del hombre del campo. El campesino es la realidad vital más noble que campea en el escenario na­cional; del rudo esfuerzo físico y moral de este hombre, la ración nutre sus más puros jugos exis­tenciales. Si perseguimos- como lo pregonamos- la perfección del hombre paraguayo, sólo hemos de lograrla por la vía de la redención del hombre del agro. Las instituciones que allegan, con sus funciones específicas, alguna ayuda al campesino, deben ser vigiladas, sin interferencias ni desplantes, por los señores Delegados. Con­trolar, informar y buscar los medios correctivos para que aquellas oficinas públicas rindan y cum­plan el cometido que les impone la Ley o los pro­pósitos con que fueron creadas. Que cada Dele­gado se erija en padre ejemplar de los campesinos de su zona; observe la correcta utilización del crédito que los institutos bancarios distribuyen para el incremento económico; controle la utiliza­ción regular de todos aquellos recursos que el Esta­do pone al servicio de la salud, de la educación, del bienestar y del progreso en el interior de la Repú­blica; estimule, en fin, las iniciativas que propendan a mejorar las condiciones de la colectividad rural y se oponga a todas aquellas formas que proliferan en nuestra campaña y que permiten la explotación inicua del hombre por el hombre. Si los señores delegados saben hacer un uso adecuado de esas re­comendaciones, que no pretenden ser taxativas; pronto verán renacer en las pupilas descreídas de ese hombre rústico, sencillo y sufrido, el brillo de una fe que puede y debe hacer reverdecer el presti­gio opulento de nuestra ubérrima y bendita tierra. Y con ello, habremos cumplido con la conducta que nos reclama el bien de la Nación.

 

CONSIGNAS POLÍTICAS

En el orden político, no queremos dejar de re­señar el panorama que nos ofrece la República, tras de los sucesos que han venido acaeciendo en el curso de un año a esta parte.

Proclamadoel reencuentro Partidario en la his­tórica sesión del 27 de Octubre del año ppdo., con el aliento fraternal y republicano del Sr. Presidente de la República, y la encomiable voluntad de los je­fes del coloradismo, se plantó un hito político que marca un límite entre una superada etapa de force­jeos anárquicos y otra que replantea el ordenamientoinstitucional del Partido Colorado por el camino de la concordia.

A nadie escapó que la mera formulación del reencuentro no hubiera operado la anhelada uni­dad, si no hubiésemos sido capaces -como hasta el presente lo hemos venido haciendo- de poner toda nuestra voluntad, nuestro equilibrio y nuestro diligente empeño en laborar el entendimiento y la comprensión políticos por encima de las mínimas consideraciones de naturaleza sectaria, personalis­ta o de interés subalterno.

Los trechos más arduos de la etapa cumplida, nos autorizan a alentar con optimismo la consolida­ción cabal de ese viejo anhelo republicano con cuya plena vigencia se revitaliza a un Partido que cum­ple y cumplirá altos designios en el forjamiento de un mejor destino nacional.

El júbilo del 27 de Octubre no pudo ser vivido con la intensidad que hubiéramos deseado. Coincidentemente con este hecho que fué expresión de ese hondo civismo que caracteriza a nuestro Partido, asomaron las primeras dificultades de índole inter­nacional, promovidas por compatriotas de allende nuestras fronteras.

En efecto, la oposición aquilató la transcenden­cia que tenía para su destino la unidad lograda por el Coloradismo. Y con vigoroso aliento extranjero, tan inesperado como injusto, desató una formidable campaña destinada a quebrar la solidez del gobier­no, la unidad partidaria y la tranquilidad nacional.

En ningún momento fué la lucha altiva y noble. La difamación y la calumnia, el insulto procaz y la mentira, utilizados como normas fueron la modali­dad de esos ataques desprovistos de calidad y je­rarquía, que a la postre, no tuvieron otro efecto que afirmar por un lado nuestra posición internacional ante países hermanos que nos ratificaron su tradi­cional amistad, aunque por el otro hayan obtenido triunfos efímeros ante sectores interesados en fo­mentar el descrédito del país.

A comienzos del presente año la campaña de la oposición adquirió visos de inusitada violencia, con todas las características de un programa de franca subversión.

Sin ambajes ni disimulos se proclamó un esta­do revolucionario, se hizo llamamientos para lograr la sublevación de las Fuerzas Armadas, la huelga de trabajadores y la resistencia pasiva da la po­blación.

Como corolario de esa prédica anarquizante, de esa flagrante tentativa de alterar el orden interno del país y de provocar la caída de sus autoridades constituídas, se requirió en forma ostensible la in­tervención extranjera en nuestra política interna. Si la capacidad y los medios de nuestros adver­sarios no les permitieron llegar al terreno de las armas, ese hecho circunstancial no modifica en ab­soluto la verdadera intención subversiva que inspiró toda su actuación.

Seis meses duró ese estado de cosas. En su transcurso se sortearon toda suerte de dificultades: atentados a nuestra soberanía, tentativas de sub­versión, campañas de difamación y de injurias; to­do amparado en el silencio cómplice de los dirigen­tes políticos de la oposición, cuya conducta pasiva apoyó y alentó la irresponsabilidad de caudillejos que desde la frontera pretendieron conmover los ci­mientos del orden y la .tranquilidad internos impues­tos por el coloradismo.

La política internacional conducida por el Pri­mer Magistrado, que a una inconmovible firmeza unió una singular serenidad para el análisis de las circunstancias, permitió superar con prudencia y dignidad las dificultades transitorias. La posición del Excelentísimo Señor Presidente contó con la cooperación y el apoyo de un frente interno fortale­cido por la total unidad del Gobierno, del Partido Colorado y de las Fuerzas Armadas de la Nación

Esta guerra civil frustrada al igual que aquella de 1947, se definió con la derrota de quienes la inspiraron. Y hoy como entonces, con el triunfo del Coloradismo, campea victoriosa la afirmación del orden y de la Ley.

En este clima de tranquilidad que hemos logra­do imponer, consolidado en el Gobierno el más po­deroso partido político del Paraguay, unido el co­loradismo sin recelos ni reservas entre sus dirigen­tes, todo asentado sobre la firme base de la lealtad inquebrantable del Ejército, ejemplo alentador de disciplina y patriotismo, el Gobierno emprende esta otra gran batalla por nuestro resurgimiento econó­mico, político y social, para hacer realidad el lema profundamente humano de nuestro escudo: Paz y Justicia.

Ese lema sintetiza la obra que el coloradismo quiere y está dispuesto a realizar, a la cual se han opuesto hasta ahora todo género de obstáculos. Nosotros hemos probado la nobleza de nuestras in­tenciones; del mismo modo que los hechos han de­mostrado que los factores que se han opuesto a ella, no han tenido su origen en el Coloradismo, ni a través del Gobierno ni a través de sus dirigentespartidarios.

Creemos, empero, que el problema fundamental de nuestro país es la paz. La paz sobre la base de un orden jurídico e institucional que permita  el desarrollo pleno de los valores de la democracia.

Todos aspiramos a una total recuperación institucional. Pero es inadmisible la idea de que podamos llegar a ella por el camino de la anarquía. Con la paz se pueden practicar todas las libertades com­patibles con los derechos humanos; si se pretende utilizar la libertad como clima propicio para la vio­lencia, la consecuencia inmediata, es el caos.

Nuestra historia política es fecunda en expe­riencias a este respecto. Y es su repetición lo que el Coloradismo se ha impuesto la misión de evitar.

No entran en nuestros cálculos ni la animosidad preconcebida, ni el espíritu de revancha. Propug­namos honestamente la concordia sobre bases que permitan unir a todos losparaguayos, en una bús­queda de comunes objetivos patrióticos y humanos.

Las victorias logradas por el coloradismo, con­secuencia lógica de nuestro poderío y de nuestro civismo, nos llenan de legítimo orgullo, pero no nos han creado complejos excluyentes.

Las luchas políticas deben tener como finalidad el engrandecimiento de la Patria. Y en esta tarea, pueden y deben tener cabida también los vencidos, desde el puesto y en la medida que les otorgue su capacidad, su poderío y su ética política.

Hacemos esta afirmación a pesar de la recien­te pasada conducta de ciertos opositores que no se hicieron acreedores a esta actitud del coloradismo.

Queremos ratificar las palabras con los hechos. Comenzamos una nueva etapa en nuestra vida po­lítica: la de la paz interna. Y deseamos que nues­tros adversarios sepan poner de sí la buena voluntad de la que hasta hoy se han mostrado avaros, para corresponder a la que le estamos ofreciendo. Que­remos iniciar un itinerario de ética política que se funde en el recíproco respeto de las opiniones y de sus grupos. Queremos, en fin, iniciar un nuevo ré­gimen de convivencia para todos los paraguayos, que nos lleve a conquistar integralmente esa paz y esa justicia que hemos enunciado como principio y fin de nuestras aspiraciones políticas.

Afirmamos, asimismo, nuestra posición inque­brantable en favor del orden que consideramos por encima de toda preocupación nacional. La libertad es un noble anhelo y su conquista ha de venir tras un proceso gradual a través de un perfeccionamiento político y un paralelo mejoramiento económico, edu­cativo, ysocial, que dé al hombre, por sobre todas las cosas, la jerarquía a que es acreedor como cria­tura humana.

Pero si hemos de establecer una precedencia en favor de la libertad, no podemos dejar da seña­lar que la primera condición que se impone es la li­bertad que nos conduzca a sacudir el aherrojamien­to en que nos mantiene el odio, la intemperancia y la mala voluntad. Solo por este camino hemos de llegar al uso de las libertades que dignifican nues­tra condición de seres civilizados, para poder hacer algo que sea digno de ser hecho por el hombre, Pero pretender que la libertad es el medio más condu­cente para agredir y demoler -cual es la intención que en módulo reiterado deja connotar la actitud de algunos sectores de nuestra opinión -es valerse de un artificio retórico para ocultar un pro­pósito que arrastraría a nuestra comunidad a una nueva anarquía.

Si hay sinceridad; reconozcamos que no son las palabras ni las enunciaciones de rumboso con­tenido las que pueden marcar un itinerario en la felicidad de los pueblos; sólo la conducta orienta­da por una voluntad de bien o normada por una ética de los dirigentes de la comunidad, es la que permite transitar con firmeza hacia la consecusión pacífica de los altos ideales colectivos.

Aspiramos a que los hombres de buena vo­luntad, de criterio y equilibrados- que los hay en nuestra patria- comprendan que el rumbo que señalamos evitará al país las funestas consecuen­cias de jornadas fratricidas que malgastan las energías humanas, enconan el alma y precipitan a la Nación en el descrédito y en el atraso.

De hoy en más, y con respecto a este problema es la oposición quien con su actitud resolverá su propio destino.

 

 

 ********

 

 

Los recientes festejos para la conmemoración de un nuevo aniversario de la fundación de nuestra Ciudad Capital, ratificaron, con el lucimiento de su desarrollo y el fervor popular con que fueron acompañados, la plena vigencia del buen estado actual de nuestra situación interna e internacional. El desfile de la juventud enseñó a propios y extra­ños que la reserva juvenil de nuestra patria osten­ta sanidad física y espiritual; y la parada militar, que nuestro ejército no sólo labora para el per­feccionamiento técnico y moral de nuestros solda­dos, sino que aporta su contribución en voluntad y en poderosas máquinas para abrir caminos y nuevos rumbos en el progreso del Paraguay. Y la presencia, en fin, de numerosos y calificados em­bajadores que nos allegaron la voz fraternal y so­lidaria de otros pueblos hermanos, señaló un momento triunfal en el campo de Muestras relaciones internacionales. Fué  como la rúbrica de la firma que estampó nuestro Primer Magistrado en la his­tórica y reciente reunión de Panamá.

 

 *******

 

Los lineamientos generales que acabamos de esbozar, definen la posición del gobierno, en lo que se relaciona con nuestros problemas políticos.

Consecuencia de esa posición debe ser la práctica de la tolerancia y del respeto mútuo en todo el territorio de la República. Corresponde, pues, a los Señores Delegados, la aplicación de estos principios en sus respectivas jurisdicciones, coope­rando en la tarea de pacificación en que está em­peñado el gobierno.

Para realizar conscientemente esa labor, es preciso no sólo actuar sobre esas bases como au­toridad, sino también llevando al ánimo de los con­ciudadanos la convicción de que ese es el camino más corto y más eficaz en favor de los altos fines perseguidos.

Debemos hacer una salvedad, con respecto a la cual llamamos especialmente la atención de los señores delegados: nos referimos al comunismo.

No es necesario repetir aquí la intransigente posición anti-comunista del Paraguay. Sin embar­go, hasta ahora nuestra lucha se ha circunscrito a .la Capital de la República, sin considerar su pre­sencia en el interior. Hoy vemos con preocupa­ción que también en el campo comienza a aflorar. Debemos organizarnos para combatirlo y evitar así su propagación.

El comunismo, por su contenido ideológico obstaculiza el proceso de nuestra recuperación institucional; ya ha tratado de hacerlo en más de una ocasión, felizmente sin resultado.

Pero al margen de lo interno, en el orden in­ternacional, y como integrantes de la comunidad americana, tenemos la obligación de movilizar to­das nuestras energías para cooperar en la lucha anticomunista en que está empeñado el mundo oc­cidental,

No se trata sólo de combatirlo dentro de nuestras fronteras; debemos hacer honor a un com­promiso con nuestros hermanos del continente, y solidarizarnos en la lucha con toda nuestra orga­nización estatal.

Por eso señalamos a los señores delegados de Gobierno, la necesidad de mantenerse alertas e in­formar a la

Superioridad el resultado de sus ob­servaciones al respecto, para sugerir las medidas que impidan el avance de esa doctrina en nuestros medios campesinos.

Recomendamos muy especialmente a los Se­ñores Delegados de Gobierno el celo con que deben defender la investidura del cargo. En este orden de ideas, han de saber equidistar de los matices de opinión que colorean y vigorizan a las asociaciones políticas como la nuestra, como prenda de seguri­dad de una correcta y justiciera actuación.

La intervención de la autoridad nunca debe inclinarse hacia forma alguna de expresión secta­ria; antes por el contrario, ella ha de ser fiel intér­prete de las conciliadoras consignas del Superior Gobierno y trasunto de los ideales de concordia que alienta a la Asociación Nacional Republicana.

Señores Delegados de Gobierno: Al exhortaros a cumplir cabalmente estas directivas generales, os reiteramos, la confianza que el Superior Go­bierno ha depositado en vuestras manos, en la ab­soluta seguridad de que ellas sabrán aplicarse a tan elevados como patrióticos afanes.

 

 

 

 

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