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OLGA BERTINAT DE PORTILLO


  EL HOMBRE - Por OLGA BERTINAT DE PORTILLO - Año: 2017


EL HOMBRE - Por OLGA BERTINAT DE PORTILLO - Año: 2017

EL HOMBRE


Por OLGA BERTINAT DE PORTILLO


 

El hombre miró de reojo la calle polvorienta, un desgano lo embargó por completo y no se decidió a atravesarla. El calor era sofocante, el sol reverberaba en el horizonte y del suelo ascendía un garabato de vapor que quedaba suspendido en el aire y parecía danzar al compás del silencio de la siesta. Se refugió del calor bajo el único árbol al costado de la calle y esperó paciente hasta que la luz fue revelando sus flecos amarillos y el horizonte se volvió un abanico de varillas desparramadas.

La casa de Florencia quedaba al otro lado del río; esperar era lo mejor que podía hacer, no tenía intenciones de asustarla, pero estaba seguro de que cuando ella lo viera iba a palpitar. No era de todos los días enfrentarse a un fantasma y él estaba muerto; para todos lo estaba.

Cuando estalló la revolución lo habían baleado y reportado como difunto, hasta que una enfermera que atendía a los heridos lo vio en la enfermería y sintió que respiraba. Enseguida lo trasladaron a un poblado cercano y luego a la capital para que tuviera la atención merecida, pero su nombre no fue borrado de la lista de fallecidos, nadie sabía que él había sobrevivido y de eso hacía más de dos años; el tiempo que tardó en recuperarse.

Ahora debía enfrentarse a Florencia, que había quedado sola con las criaturas, sus dos hijos pequeños.

De la calle al río eran escasos metros, pero el desgano del hombre no era a causa del calor, más bien la angustia del reencuentro hacía que él se sintiese paralizado.

Cuando las primeras sombras de la noche comenzaron a irradiarse, el hombre se animó y sintió que no había llegado aún el momento de reencontrarse con Florencia y resolvió ocultarse en una estancia a unos kilómetros de allí, para serenarse.

–Mejor llegar de a poco –pensó y se dirigió a “La Explanada”, un lugar que él conocía muy bien; allí pediría trabajo y podría permanecer en el anonimato hasta que le pareciera conveniente presentarse.

Fue en ese instante que se le cruzaron mil preguntas ¿Y si Florencia ya no estaba allí? ¿Seguiría sola o ya habría encontrado un nuevo padre para los niños? ¿Acaso debía esperarlo si para todos él estaba muerto? Y fue así, con esa maraña de ideas, que caminó frenéticamente; la cabeza le retumbaba como un tambor roto cuando llegó a la estancia. La noche avanzaba de prisa. La tranquera estaba cerrada, pero el hombre cruzó la alambrada con cuidado y caminó hacia una luz mortecina que brillaba a lo lejos. Al avanzar unos metros sintió el ladrido de los perros y apreció sus zancadas en la oscuridad. No tuvo miedo y siguió avanzando en la negrura hasta que sintió que los animales lo rodeaban y no pasó nada. Él sabía que era inmune a cualquier fiera.

–Por algo la muerte me devolvió –pensó.

Al sentir el alboroto de los perros, el encargado de la estancia salió a la puerta con el farol en la mano y preguntó vacilante:

–¿Quién está ahí?

De la oscuridad surgió el hombre rodeado por los perros.

–Atanasio Encina, para servirle. Disculpe llegar así y tan tarde, pero me hablaron de que aquí ocupan peones y yo soy bueno con la tropa –respondió el hombre, que había inventado un nombre cualquiera, el primero que se le cruzó por la mente; él era Antonio Portillo, pero mejor que nadie supiera que estaba allí, si bien para todos él estaba muerto y además irreconocible a causa de la barba y del pelo largo. La revolución había terminado, pero el país entero vivía aún en zozobra y con cierto temor. Habían ocurrido demasiadas muertes. Ahora el gobierno conjunto había pedido una tregua a los dos bandos. La revuelta había traído las mismas desgracias nunca olvidadas de las guerras antiguas; el mismo sufrimiento repetido de familias destrozadas y de un país que tardaba en levantarse y recuperarse.

El encargado dijo que sí, que necesitaban gente y que pasara la noche en el galpón.

–Mañana hablaremos –dijo y lo guió hasta un catre cubierto con una frazada vieja.

Esa noche el hombre dio mil vueltas sobre el catre, pensaba en su vida antes de la revolución, en sus hijos pequeños, en Florencia y en las vivencias felices a pesar de las carencias.

–¡Estábamos juntos! ¡Ésa la felicidad! –se dijo y dormitó con el sueño liviano, interrumpido a cada rato por los recuerdos que le herían a borbotones.

La mañana lo sorprendió cansado y ojeroso. Se levantó, salió del galpón y el sol lo encandiló con sus hilos dorados; buscó agua para beber y para asearse. Cuando estaba sacando agua del pozo llegaron otros peones que lo miraron con desconfianza.

–¡Buenas! –saludaron cortantes.

–¡Buenas! –respondió el hombre, y sin decir más caminó despacio y fue a conversar con el encargado para saber de sus labores.

Luego de llegar a un acuerdo sobre las condiciones del trabajo y la paga, el encargado lo llevó al comedor a servirse el desayuno; el hombre estaba hambriento y rápidamente se dirigió a donde estaban los jarros de cocido negro y las galletas duras, que las sintió como un manjar.

Pasó un mes y el hombre se miraba diferente, había engordado un poco y se sentía más animado; pensó que era el momento de rondar la casa de Florencia, saber algo de ella y de los niños.

El sábado después de terminar la faena decidió ir al pueblo y cruzar el río. Al llegar a la orilla encontró al remero sentado en un tronco caído recostado a un sauce. Sobre el agua, la canoa se meneaba al compás de las olas mansas que llegaban sumisas al borde barroso.

–¿Cuánto es? –preguntó el hombre.

–Son 200 pesos la pasada –contestó el remero.

El hombre subió a la canoa, se sentó en la tabla angosta que cruzaba la embarcación y colocó los pies en el piso entre maderos y cuerdas viejas; éstos se le empaparon con el agua que le cubrió el calzado y que olía a pescado rancio.

Al llegar al otro lado del río, el hombre se apeó y le dijo al remero:

–Espéreme, le pagaré lo que sea necesario.

El remero asintió con la cabeza y buscó un árbol en la orilla para guarecerse del sol inclemente. Se puso de cuclillas y esperó.

Mientras tanto el hombre, con pasos apresurados se ocultó entre unos matorrales cercanos a la casa de Florencia. Se acurrucó como pudo entre las ramas de los arbustos que cubrieron su cuerpo tembloroso de la agitación.

Esperó largo rato escondido; llegó a pensar que Florencia ya no vivía allí, hasta que vio salir al patio unas criaturas: ¡Eran sus hijos! ¡Cómo habían crecido! Correteaban de un lado a otro en el patio de tierra detrás de un carrito de madera. El hombre no cabía en sí de tanto regocijo hasta que la vio a ella y el corazón se le disparó. ¡Qué linda estaba! Tenía el pelo recogido con una peineta y estaba con un vestido floreado antiguo, que él le había comprado una tarde en el mercado. Pensó que hubiera sido feliz de verla de negro, de luto riguroso, pues se sentiría recordado y amado. El éxtasis del momento desapareció cuando de repente apareció un muchachón de unos diecisiete años que traía un bebé en los brazos. Florencia se acercó a él, tomó al niño y lo besó en la frente.

El hombre afligido miraba la escena y sintió que todo en ella era felicidad y que él ya no formaba parte de la dicha de su esposa ni de la de sus hijos.

Como si miles de alfileres le clavaran el cuerpo, salió apresurado de entre los matorrales tratando de no ser visto y corrió hasta el río con el corazón brincando descompasado; con la voz entrecortada le pidió al remero que lo cruzara de vuelta.

–¡Vamos, pronto! ¡Ya no pertenezco a este lugar! –dijo en un tono resentido.

Cuando llegó a la estancia pidió la liquidación y se marchó ese mismo día sin rumbo conocido, con la mente llena de suposiciones, mascullando supuestos y sufriendo con ellos. Nadie en el pueblo supo que Antonio Portillo seguía vivo.

Mientras tanto en la casa de Florencia, ella cuida de los niños, trata de que no les falte nada para comer, por eso el muchachón la ayuda con las labores pesadas de la chacra y como paga recibe comida y alguna ropa vieja que pertenecía al marido; es hijo de su comadre Valentina que a diario le agradece la ayuda.

Y Florencia cuida y ama al bebé cuya madre murió en el parto. Lo hace con amor y desvelo, con la única condición de que lleve por nombre Antonio, como su amado esposo muerto hace más de dos años en la revolución de la patria.

 

 

 

 

 

Fuente:

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ELLAS HABLAN

Cuentos sin mordaza

Páginas 35 al 44

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