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CARLOS ZUBIZARRETA


  LOS GRILLOS DE LA DUDA - Autor: CARLOS ZUBIZARRETA - Año 1966


LOS GRILLOS DE LA DUDA - Autor: CARLOS ZUBIZARRETA - Año 1966

LOS GRILLOS DE LA DUDA

 

 

Autor: CARLOS ZUBIZARRETA

 

Año: 1966

 


LA LUNA EN LA ALMOHADA

La revelación se concretó en fórmula mágica cierta noche que se agitaba en su lecho, insomne. La ventana abierta le traía la luna a la almohada. Inmerso en esa claridad fría y azulina, el profesor Martínez intuyó, de repente, que le era posible partir la idea como si fuera un átomo, desasirla, extraerla de su costra externa, cual se rompe la cáscara dura para gustar sin estorbos el fruto tierno. Entonces podía remontarse indefinida-mente por los caminos del ensueño. Porque, ¿qué era, en esencia, la realidad externa? ¡Cáscaras, puras cáscaras! Palabra esdrújula. Todas las esdrújulas trisilábicas son contundentes, definitivas, no admiten réplica.
El meollo del misterio consistía en hallar la fisura. Siempre había una fisura en la rígida superficie de todas las cosas. Había que tantear pacientemente hasta dar con ella. Entonces se presionaba con el filo de la voluntad concentrada, se ensanchaba la hendidura y la cáscara estallaba en pedazos. El éxito exigía, eso sí, práctica reiterada y constante. La frecuentación era el resorte principal del sistema para que se produjera “el tránsito”. Estaban también, es cierto, los estimulantes del paisaje físico —la realidad ficticia llamaba ahora el profesor Martínez a esa circunstancia externa —; pero no debía olvidarse que ese alimento para la ensoñación, proporcionado por los sentidos, tenía sus peligros; exigía dosificaciones homeopáticas. El resto tenía que ser almacenado, antes de gustar el puro deleite de la ensoñación. Si no se adoptaba esa prudente medida, se corría el riesgo de intoxicarse con la mera acción, el riesgo de que su peso impidiera la agilidad del vuelo por los rumbos del ensueño.
Se asomó a la ventana interna de su alta habitación. Un pobre panorama de tejados y patios. Abajo, el recinto cuadrado del inquilinato se azulaba en el crepúsculo y bajo la copa del yvapovó se espesaba ya la noche. Como todas las tardes a esa hora, el patio arenoso con la letrina en medio se enfriaba lentamente en soledad. Era el momento en que la chiquillería magra y morena lo despoblaba para correr la calle. Una sola presencia lo animaba ahora. La chica agitaba su pantalla de palma para acrecentar la llama bajo las patas de la olla. El fuego de los dos leños, aventado por la pantalla, chisporroteaba avivando su fulgor sólo un instante; luego se reducía en la sombra del yvapovó hasta semejar la lumbre de un cigarrillo. Un paisaje desolado, ciertamente; sórdido y triste, que la sola majestad del árbol no lograba enaltecer. Podía estimular únicamente al sexo, con la clandestina complicidad de una asociación de imágenes derivadas por sinestesia del movimiento de aquellas piernas adolescentes. Pero debía huir del sexo. Abandonó el paisaje a su soledad y se asomó a la otra ventana, sobre la calle ruidosa. Enardecido por el chillido de la radio, el sastre del portal pegaba sus últimas puntadas antes de cerrar la tienda. Insensibles a las estridencias de los bocinazos, los vendedores de baratijas hacían recuento en la acera, encajonando su mercadería. Los vehículos se deslizaban con la tenacidad de una fila afanosa de hormigas.
Más lejos, las frondas del barrio residencial habían tocado sus verdores por un pardo oscuro, borroso, moteado de luces incipientes. No estimulaban, tampoco, ninguna alucinación óptica. Solamente la luz de las mañanas hacía vibrar el verde de ese paisaje envolviendo las lejanías en nacarados cendales neblinosos. El filo de la concentración podía entonces —según experiencia comprobada anteriormente— herir la fisura de la realidad ficticia.
El profesor Martínez galopaba por las praderas empapadas de rocío, jalonadas por el grito de los teros asustados. Desde las lagunas alzaban vuelo las garzas rosadas remedando fantasías de biombo chino. Luego el campo, ardiendo al sol, empolvaba sus palmeras con las nubes arrancadas de la tierra por el rebaño de reses mugientes. Cuando trotaba de vuelta a las casas de la estancia, recibía en el rostro, en el cuello sudoroso, en las manos que sostenían las riendas, como regalo de frescos manantiales, esa brisa perfumada de monte, de retama, de alfalfa que las colinas esparcían. El baño confortador, el almuerzo suculento y después la siesta en el dormitorio sombroso, de enfriados mosaicos.
Sonaron golpes en la puerta. ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué interrumpir esa siesta deliciosa? Los golpes insistían, premiosos.
—Sí; adelante, dijo malhumorado.
La puerta se abrió y en el leve resplandor brotado del pasillo, el profesor advirtió la cara redonda de la patrona de la pensión.
—¿Cómo? ¿Otra vez acostado sin cenar?
—Acabo de comer copiosamente...
—Mentira; estuvo encerrado toda la tarde... Le voy a traer un vaso de leche... Va a comer también un pedazo de sopa Paraguay, que está muy rica...
—Sí, sí; como quiera; muchas gracias...
La eficiencia técnica del profesor Martínez se resentía. Su asistencia a las clases, antes ejemplar, experimentaba irregulares fallas inexplicables. En mitad de una exposición clara y razonada, callaba repentinamente ante el auditorio desconcertado. Su atención se había desvanecido como por encanto y los alumnos advertían estupefactos que el maestro respetado hasta entonces por su competencia, los había abandonado. Estaba ausente del aula, indiferente al bullicio provocado por la lección interrumpida. Un día, tras una de esas fugas introspectivas, la presencia inusitada del director lo devolvió a “la realidad ficticia” de la clase. No había advertido tan siquiera el desorden que alarmara a los bedeles y que atrajo al director. Le pidieron explicaciones que no supo dar.
Le resultaba absurdo, por su parte, que reclamaran su cooperación para esfuerzos insignificantes, sin ninguna importancia verdadera. ¿Para qué? Cuando podía abandonar sin pena alguna, en cualquier momento, su papel desteñido de partiquino o saltar de la platea al escenario para asumir el rol protagónico.
Los parlamentos brotaban de su garganta como inspiración regalada por los dioses con el lenguaje de luz de candilejas. Cada ademán, cada vibración sutil de sus palabras mágicas resonaba en el auditorio en trance como un deslumbramiento. Arrobada, la muchedumbre envolvía la figura del arquetipo en cálidos aplausos estremecidos de entusiasmo.
O, mejor aún la ciencia quirúrgica que el arte histriónico. Desde el recinto circular que coronaba por lo alto la gran sala de operaciones, profesores, médicos y estudiantes sumidos en atento silencio admirativo seguían el movimiento de esas manos rápidas, seguras, prodigiosas, que de las entrañas abiertas del cuerpo yacente bajo el inmenso reflector, subían hasta la altura de los hombros en demanda impaciente de filosos bisturís de pinzas para apresar nervios y arterias. Luego brotaba la orden perentoria tras la careta de gasa.
—Cierren...
Murmullos de asombro rompían la tensa expectativa. La difícil, la extraordinaria operación concluía con éxito increíble. La mano suave de la enfermera enjugaba reverente el sudor de su frente; se despojaba de los guantes de goma y, con paso elástico, el profesor abandonaba la sala hasta que llegara la hora del próximo milagro.
Mas, ¿no podía acaso la potencia de esa mente genial aliviar, en despliegues menos espectaculares, el dolor que afligía a la pobre humanidad? La labor silenciosa y fructífera de pacientes investigaciones lo llevaban, por fin, a sensacionales descubrimientos: la terapéutica del cáncer coronada por la eficacia; la supresión del terrible flagelo gracias a la potencia de su genio; la geriatría llevada a su máxima eficiencia para prolongar los días del hombre como milagrosa fuente de eterna juventud; la arteriosclerosis suprimida por sus nuevos medios de lubricar arterias endurecidas... ¡Qué inmensa sensación de fuerza y potencia!... Sí; era casi una sensación parecida a la de convertirse en Dios!... Agobiaba.
La función estelar reclamaba descanso: temporadas de reposo en su villa de la Riviera dei Fiori, cercana a San Reno. Luego del desayuno en la terraza y de podar sus rosales, descendía hasta el mar por los pinares sombríos, moteados de cipreses y limoneros. A tostarse al sol, a tomar su baño en el Mediterráneo azul. Después, vigorizado, le esperaba el almuerzo de trenette, regado con el Polcevera o el Carpi di Pino, que guardaban sus bodegas. Por las tardes, la Riviera de Ponente iba agrandando sombras coloreadas sobre los olivares.
Para apresar la belleza del momento fugaz, el profesor se ponía a pintar, enfrentando al ámbito transparente. Con trazos seguros, inspirados, extendía los colores sobre la tela dócil; de rasgo en rasgo, al conjuro de las pinceladas, surgían luces, colores, formas y la belleza fugacísima, transitoria del instante, quedaba apresada para siempre en la obra de arte que los museos del mundo se disputarían.
Caían las sombras quietas, tibias como caricias. De las casette del promontorio subían hasta los jardines de la villa trémolos de canciones punteadas de mandolina, y el olor del pesto y del bacalao. Pero había que detenerse en esa ensoñación tan plástica. Esos nocturnos cómplices, cargados de lujuria, llevaban al sexo. Lo advertía en la boca reseca, sedienta de salacidad.
Abandonó sus clases. Fueron inútiles los requerimientos de colegas y directores. La patrona tenía orden de interferir las molestas intromisiones, de contestar que se hallaba ausente cuando lo llamaban por teléfono. El profesor Martínez había huido, evadido para siempre de la opaca realidad ficticia. Inmerso en su propio mundo alucinado, corría libremente, despojado de toda atadura, los caminos imposibles del sueño.
Desasido por completo de su circunstancia externa, acrecentó su soledad porque en ella, sólo con ella, lograba la dicha imponderable. Ya nada ni nadie podía proporcionarle gozo semejante al que extraía de su propio ser. En su pobre cuarto de pensión, aislado de todos, tendido en el lecho con los ojos cerrados, viajaba por todos los rincones de la ensoñación, desde una antípoda a otra antípoda. Los estados placenteros no invadían su alma por la vía física de los sentidos, pobres medios sólo capaces de extraer sensaciones de la realidad ficticia. Había vencido su atenazante salacidad diluyéndola en aquel nirvana de aplacado deleite duradero, como si hubiera logrado su espasmo en monstruosa, agónica eyaculación definitiva...
Desplazado del tiempo, desubicado, fluía en cierta oscilación pen-dular, sin geometría ni cinética, entre la sombra amorfa y el contorno iluminado, preciso; alternando caprichosamente la inconsciencia gustosa, sedante, libre con la rebuscada alucinación plástica, precisa, vívida.
Si las sombras se espesaban demasiado, en espera de su luna, salía al ruedo del sol en compás del pasodoble, el capotillo de paseo recogido en la cintura juncal. La marcha airosa, con cadencias de Albeniz, mordía la blanca arena abrazada. Trágico muñeco vestido de oro y raso, su traje de luces recogía colores del santoral, como las recamadas casullas sacerdotales, para oficiar su misa al peligro. Templado, lento, en armonioso éxtasis, prendía al toro en el capote y las verónicas se sucedían interminables hasta que la muchedumbre gritaba ¡basta!, enloquecida. A la hora de la verdad, con la muleta ceñida a la cadera, enlazaba naturales mientras los pitones le rasgaban la seda del traje, en la ingle. Sólo entonces remataba la suerte dando salida al toro con espectacular pase de pecho. Luego, erguido ante la bestia jadeante, con el estoque perfilado sobre el testuz vencido, buscaba certero el corazón. Pero el ruedo blanco se manchaba de sangre y la sangre estremecía su arrobo.
Despreciados los halagos vanidosos del inundo, el fervor embriagador de las muchedumbres, buscó paz y sosiego en su granja paraguaya. El mejor hallazgo. La casa blanca en jugosos verdes sumergida. Sin hormigas ni sequías que atacaran los cultivos, sin malas cosechas ni problemas laborales, sin achaques físicos ni inquietudes crematísticas. Bebía leche ordeñada de sus vacas, comía carne de sus reses y hortalizas de la propia huerta. Cuando la campaña se enfriaba en los crepúsculos estivales, arrullada por el estridor de las últimas chicharras demoradas, salía refrescado del arroyo y se acomodaba en los amplios corredores, rodeado de perros fieles. El capataz se acercaba a rendir cuenta de la jornada cumplida, mientras bebía sin prisas el trago amistoso brindado por el patrón. La servidumbre de la casa lo animaba con sus pequeños afanes cotidianos. La luz del comedor iluminaba los blancos manteles tendidos para la cena tranquila. Luego le esperaba el libro abierto bajo la lámpara propicia y el fresco lecho del descanso, sin sueños, torturantes, sin tentaciones de sexo. En pleno embeleso alucinado, advertía confusamente que allí, sólo allí, en la cálida dulzura del hogar que nunca conoció, residía la dicha verdadera; la mezquina y esperanzada dicha humana que el profesor Martínez buscara infructuosamente, ayudado por todo el poder de su potencia mágica, entiendo desesperado todas las fisuras de la realidad ficticia. Llegaba, por fin, el anhelado descanso, el abandono insospechado, delicioso, como la primera muerte blanca de su sexo.
Pero, brotados absurdamente de la realidad ficticia, surgieron entonces ciertos hombres desconocidos, vestidos de blanco, y se lo llevaron en una ambulancia también blanca. Largos corredores grises lo tragaron, exhibiéndole al paso altas ventanas cuyas rejas reticulaban un cielo indiferente y desteñido. Desolada angustia; caer y caer en el negro pozo sin fondo. El oprobio de otras crueles voluntades sobre la suya avasallada, muerta. La noche sin alba y sin estrellas. El pobre profesor Martínez sólo conservaba su luna, derramada en la almohada. Era todo y no era nada. Apenas un fulgor frío sin radiaciones vitales. ¿Le bastaría para el tránsito?

Del libro “GRILLOS DE LA DUDA”, 1966

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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