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ARTURO BRAY


  ARMAS Y LETRAS - MEMORIAS - TOMO I - ARTURO BRAY - EN LOS FORTINES DEL CHACO 1926-1927 - Año 1982


ARMAS Y LETRAS - MEMORIAS - TOMO I - ARTURO BRAY - EN LOS FORTINES DEL CHACO 1926-1927 - Año 1982

ARMAS Y LETRAS – MEMORIAS

( Qu’importe que les pieds soient dechirés si l’étape est fait)

TOMO I  

Obra del CORONEL ARTURO BRAY

LIBRO PARAGUAYO DEL MES, AÑO 1, Nº 08, Mayo 1981

Ediciones NAPA

Presentación: Gustavo Britos Bray

Asunción - Paraguay

1982 (192 páginas)

 

 

 

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PRESENTACION: Fue Arturo Bray, al decir de un distinguido miembro de nuestras Fuerzas Armadas, el militar más ilustrado que tuvo el Paraguay en la primera mitad de este siglo. Su aguda inteligencia y sus claros conceptos muy pronto le valieron la atención no solamente de sus camaradas del Ejército sino también de los círculos intelectuales de esa época, que fue pródiga en valores de dimensión continental. Sus primeros escritos fueron publicados en la "Revista Militar" y en los periódicos de Asunción. En sus años de exilio, formó parte del cuerpo de redacción del diario "La Prensa" de Buenos Aires y fue miembro del consejo asesor de la Editorial Kraft de la misma ciudad.

Probablemente su obra hubiera adquirido una dimensión, más universal si en vez de consagrar su vida a la carrera de las armas se hubiera dedicado solamente a las letras. El mismo título sus Memorias ARMAS Y LETRAS, anteponiendo precisamente su vocación militar a su carrera  literaria.

De una personalidad y carácter poco comunes, Bray fue figura principalísima en el quehacer nacional durante veinte años. Tenía el grado de mayor y solamente 33 años cuando detentó la suma de los poderes del Estado a raíz de los trágicos sucesos del 23 de Octubre de 1931. Su madurez intelectual y el prestigio que había ganado en el Ejército lo llevaron a una posición que él ciertamente no buscó y de la que supo salir con la espada limpia, después de haber fortalecido las instituciones democráticas y republicanas.

Fue intransigente defensor del orden constituido y aborreció profundamente la deshonestidad y la adulonería, lo que le acarreó no poros sin-sabores y amarguras. Nada lo define mejor que la leyenda puesta en el bronce por sus camaradas veteranos del Regimiento 6 de Infantería "Boquerón" en el modesto panteón que cobija sus restos: "Vivió y murió conforme a un rígido código de ética que él mismo se impusiera".

Por su actuación en el Ejército Británico durante la Primera Guerra Mundial fue condecorado por el Reino Unido con la "Medalla de Jorge V” y "Medalla de la Victoria", y por Francia con la "Croix de Guerre"-con palmas. En la Guerra del Chaco ganó la "Medalla de Boquerón", la "Cruz del Chaco" (categoría citación de Cuerpo de Ejército) y la "Cruz del Defensor". Además, fue condecorado con la "Cruz de la Orden Militar de Cristo" por el Gobierno de Portugal.

Cuando falleció, el 3 de Julio de 1974, el manuscrito de estas ME-MORIAS fue conservado por sus sobrinos carnales, los hijos de su única hermana Florita Bray de Britos, quienes recibieron el mandato de publicarlo. Su DIARIO, juntamente con su archivo personal y archivo gráfico, fueron conservados celosamente y están actualmente depositados en una caja de seguridad de un banco de Asunción.

Los depositarios de los documentos citados han cuidado que la Editorial NAPA publique la fiel transcripción de las MEMORIAS, aún con los errores que pudieran haber.

 

Asunción, Mayo de 1981

GUSTAVO BRITOS BRAY

 

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PRELUSIÓN: Quienes se resuelven a escribir sus "Memorias" -casi siempre en el ocaso de la vida- suelen hacerlo, por lo general, con el propósito de reivindicarse ante la posteridad de pasados errores y pecados, no pocas veces con desmedro de ajenas reputaciones. Honradamente confieso que no me guía ese propósito, a pesar de que pecados y errores hubo a montones en el transcurso de mi terrenal existencia, pues si acaso pudiera presumir de algunas cualidades, de virtudes he andado siempre escaso. No me alienta esa intención -repito- porque en primer lugar, el juicio de la posteridad me tiene sin mayor cuidado, una vez hundido en las impenetrables sombras del más allá; en segundo término, como estas "Memorias" no se publicarán -si se publican- sino después de mi muerte, a ninguno o a muy contados de mis contemporáneos podré herir en carne propia con flechas disparadas desde la impunidad.

Lo malo de tales "Memorias" es que si no todo lo que se cuenta reviste algún interés, lo realmente interesante raras veces se puede contar. Por eso, en éste y similares casos, mucho queda sin decirse, unas veces por voluntaria omisión y otras por elemental discreción. En suma, son vientos, vendavales y brisas que llegaron y se fueron, arenas del desierto traídas y llevadas por los remolinos de tierra y quemazones de sol, que prestan vida fecunda o muerte improductiva a los surcos abiertos por los afanes de la existencia, sueños malogrados que empañaron ilusiones, tanto más gratos por el dulce bienestar de una sensación de reposo espiritual.

No pretendo haber escrito capítulos de la historia política del Paraguay, sino relatar -en la mayoría de los casos- mi participación personal y directa en algunos de sus episodios. Salvo espaciadas distancias, no se citan ni transcriben documentos o fuentes de información pues quienes muestren empeño en compulsar la veracidad de lo relatado no tienen sino que acudir en consulta a mi archivo personal, cuyas carpetas han sido legadas en custodia al repositorio de una institución de enseñanza. No obstante, he roto o arrojado al fuego no pocos de mis "papeles": ¿para qué guardar memoria de miserias y mezquindades? ¿A qué dejar constancia de que tantos hombres desdicen hoy con sus hechos lo que ayer afirmaron de palabra? ¿A títulos de cuáles propósitos de maldad o vanidad destilar  ponzoña cuando la muerte ya ha hecho presa de víctimas y victimarios? Mas decir lo que honradamente se cree que es la verdad -o parece serlo- es no solamente admisible sino recomendable; pero si al duro calificativo se suma el agravio, esa actitud importa y define una morbosa perfidia de injuriar por injuriar.

Menos aún ha sido cuestión de reiterar conceptos y juicios con respecto a temas de carácter doctrinario en el orden político, social o militar, ya dilucidados y expuestos en libros e innumerables artículos publicados en periódicos y revistas, así nacionales como extranjeros, algunas veces con mi firma y otras sin ella. A la Guerra del Chaco, por ejemplo, sólo me refiero con estilo narrativo, delegando en otros la tarea de hacer historia militar.

Si bien es cierto que, a ratos, me he dejado llevar por un tono socarrón y giros de contornos festivos sobre determinadas personas o cosas, en ningún momento -como queda dicho- me ha inspirado el instinto malsano de ofender con malicia y denigrar con saña. Pero al fin y al cabo, tal creo haber escrito en cierta ocasión, no es dado esperar que el yunque ofrende al martillo un ramillete de rosas. Perdonar a todos es tan insensato como inhuma-no no perdonar a nadie. Entre uno y otro extremo está la melancólica indulgencia para la ajena maldad.

De algunos pasajes, y aun capítulos, no dejará de opinar más de uno: bueno, pero ¿qué importancia tiene todo esto? Pues poca o mucha, la tiene, porque lo que los franceses llaman "petite histoire" es condimento y aderezo de la Historia con mayúscula Para comprender una época o juzgar a los hombres que en ella actuaron, es indispensable remitirse a los cronistas de esos tiempos, que también hacen historia, acaso la más viva y realista, porque la presencia palpitante de los acontecimientos relatados suple, en buena parte, la necesaria perspectiva para analizar esos acontecimientos con la serena ecuanimidad requerida para formular juicios definitivos.

Sólo, me resta añadir que, al pergeñar estas líneas en los espaciados momentos denominados de ocio, como quien dice a salto de mata, en medio de mis cotidianas y casi siempre apremiantes faenas para resolver el problema de los garbanzos, según la gráfica expresión de don Benito Pérez Galdós, no siempre el relato de hechos y sucedidos se ciñe a un riguroso y esquemático orden cronológico, así como por momentos pudiera advertirse una aparente falta de ilación en la secuencia, fallas circunstanciales que en nada afectan, sin embargo, la coherencia del conjunto.

 

ARTURO BRAY

Buenos Aires, 1967

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INDICE

PRESENTACIÓN, PRELUSIÓN, BREVE SÍNTESIS AUTOBIOGRÁFICA

MIS PRIMEROS AÑOS (1898 - 1911)

·         EL HOGAR PATERNO

·         ESCUELA Y COLEGIO

·         ASUNCIÓN EN AQUELLOS TIEMPOS

LA TRAGEDIA DE ROSARIO (1911)

·         ADVERTENCIA

·         ANTECEDENTES

·         EL DRAMA

·         REMINISCENCIAS PERSONALES

·         CONCLUSIONES

·         COLETILLA

·         ALBINO JARA

·         EL RÉGIMEN OLIGÁRQUICO DE LOS "CÍVICOS"

EN EUROPA (1914 - 1919)

·         ELECCIÓN DE UNA CARRERA

·         LONDRES

·         DE ESTUDIANTE A SOLDADO

·         EL EJÉRCITO BRITÁNICO

·         EN EL FRENTE DE BATALLA

·         EL ARMISTICIO

DE REGRESO EN EL PARAGUAY (1919 - 1921)

·         RETORNO AL SOLAR GUARANÍ

·         NUESTRO EJÉRCITO EN 1920

·         EL MANDO SUPERIOR

·         ORGANIZACIÓN MILITAR

·         ALUVIÓN TUDESCO

·         MANLIO SCHENONI

CUARTELADA, PRONUNCIAMIENTO Y AÑADIDOS (1921-1926)

·         EL 29 DE OCTUBRE

·         LA REBELIÓN MILITAR DE 1922

·         COMBATIENTES Y VIVANDERAS

·         JOSÉ FÉLIX ESTIGARRIBIA

·         BARRIDO PARA AFUERA

·         PACIFISMO Y COMUNISMO

·         EDECÁN DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

·         MISIÓN EN BOLIVIA

·         PUERTO SAJONIA Y PARAGUARÍ

EN LOS FORTINES DEL CHACO (1926 - 1927)

·         LA EXPEDICIÓN DE LOS ARGONAUTAS

·         EL "INFIERNO VERDE"

·         EN LOS "FORTINES"

·         NUESTROS VECINOS ALLENDE EL PILCOMAYO

·         EL INDIO

·         EL PAÍ VALDEZ

·         DEL CHACO A PARÍS

·         NOSTALGIAS

 

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EN LOS FORTINES DEL CHACO

1926-1927

 

 

LA EXPEDICIÓN DE LOS ARGONAUTAS

 

Partimos de Asunción hacia fines del mes de marzo de 1926, embarcados en la chata corral "Las Tres Marías", remolcada por una lancha a motor, ambas puestas a nuestra disposición por el entonces jefe del Departamento de Marina, capitán de corbeta Raúl de Laforet, cumplidísimo caballero, pero desconocedor en absoluto de la región por dónde íbamos a navegar. Me acompañaban unos veinte soldados, para reemplazar a los que serían dados de baja en los fortines, por haber cumplido el término legal de su permanencia en las filas, a más del teniente Amancio Pampliega, el capitán ruso Igor Orangireeff y el doctor Eugenio Tinchenko, médico militar de la misma nacionalidad. Llevábamos regular cargamento de víveres, vestuarios y equipos.

Era de tan imponente tonelaje aquella chata que, a poco de remontar el Pilcomayo, a escasos kilómetros aguas arriba de Puerto Galileo, nuestro último contacto fluvial con el mundo civilizado, ya no pudo seguir adelante, a pesar de los tironazos de la lancha remolcadora; era tan inmensa aquella versión modernizada del Arca de Noé que, colocada de través, su proa tocaba territorio paraguayo y la popa el argentino. Hubiera hecho las delicias de ciertos políticos, habituados a trasponer fronteras en demanda de "asilo"; sólo que afortunadamente por aquellos pagos no había políticos y a nosotros nos tenía sin mayor cuidado los límites geográficos, pues éramos dueños y señores de cuanto abarcábamos con la vista. Era de toda evidencia que con aquella fragata de tres puentes sería imposible continuar viaje. En consecuencia, acampamos en la costa, sobre un extenso banco de arena, a la espera de algún otro medio de transporte y allí nos quedamos por espacio de dos semanas. (Lo de "acampar" es un decir, porque no teníamos carpas).

Al cabo de reiteradas gestiones, nada fáciles de concretar a tales distancias y con precarios medios de comunicación, el Departamento de Marina destacó otra lancha de mayor potencia automotriz que la anterior. Pero ni por esas. Aquella chata monumental no consiguió sino remontar unos centenares de metros y de allí no hubo quien la sacara ni a tres tirones. Por otra parte, el río iba tomándose cada vez más estrecho, así como más torrentosa la corriente. Resolvimos entonces, con Orangireeff, tomar el toro por las astas y mandar a los "marinos" a paseo: seguiríamos viaje en canoas y a fuerza de remos. Pero no disponíamos de remos: los improvisamos con tallos de alisó y pedazos de tablas, arrancadas de los cajones vacíos de nafta.

Y de esa suerte proseguimos viaje aguas arriba, metidos como tres en un zapato, remando por turnos entre cuatro la canoa remolcadora, a cuya zaga iban amarradas otras dos, cargadas de soldados, víveres y demás impedimenta, incluso el ínclito doctor Trinchenko, que se pasaba las horas leyendo su Biblia, sin aportar el más mínimo esfuerzo a la faena de remar contra la corriente, con tan pesado y largo convoy. Remábamos desde el amanecer hasta la caída de la noche, sin hacer alto en todo el día; al final de cada jornada acampábamos en el primer claro propicio de cualquiera de las orillas, para preparar el rancho y pasar la noche, extenuados de cansancio. No en una, sino en varias ocasiones, caímos víctimas de esas lluvias torrenciales que son características del Chaco, donde las lloviznas son poco menos que desconocidas. Víctimas digo, porque no teniendo dónde guarecernos del diluvio, utilizábamos el único trozo de lona disponible para cobijar los víveres, mientras el agua nos calaba hasta los huesos. Felizmente, al día siguiente el sol de fuego no tardaba en secar nuestras empapadas ropas.

Qué comer no nos faltaba. Aparte los suministros que llevábamos y cuidábamos como a las niñas de nuestros ojos, especialmente la galleta, nos proveíamos de carne fresca derribando de un certero balazo al primer novillo que se nos pusiera a tiro, estuviera el animal en territorio paraguayo o argentino, pues era una forma harto inocente y poco dañina de "cuatrerismo", aparte de estar autorizado para ello por el ministerio de Guerra. Por otro lado, el Pilcomayo a esa altura es rico en peces comestibles: bastaba arrojar el anzuelo para cobrar un sabroso dorado. Tampoco escaseaban los bagres y alguno que otro patí. Y para matizar el rancho diario, sobraban las charatas, especie de gallina silvestre, cuya carne, aunque magra, es de sabor agradable. Hasta nos dábamos el lujo, en ciertas ocasiones, de probar algo de postre, cuando algún soldado encontraba un colmenar de lechiguanas. No existía el problema del agua, pues a esa altura el Pilcomayo no es demasiado salobre.

Pero los días se volvían interminables y monótonos. Había yo llevado un fonógrafo portátil -llamado "victrola" en aquellos tiempos- pero como la colección de discos, con ser selecta, no era ilimitada, al fin también la musiquita terminó por trabajarnos los nervios. (Nada de "radio", por supuesto, en aquel entonces). Mi único solaz consistía sostener prolongados paliques con el ruso Orangireeff, sobre todo por la noche, una vez recogidos dentro de nuestros respectivos mosquiteros. Hombre de regular cultura, hablábamos de todo un poco, pero más que nada sobre la apasionante historia reciente y remota de su patria, en cuyo ejército permanente había sido capitán de artillería en la primera guerra mundial. Simpático, siempre jovial y bien dispuesto, nunca perdía su buen humor ni jamás lo vi deprimido o desganado, ni aun cuando llegó a faltarle el tabaco, fumador empedernido como era. Pero era Orangireeff un tragaldabas, capaz de engullirse las pirámides de Egipto; cuando le reconvenía a que morigerara su voracidad, me contestaba: "Es para reserva, señor capitán: a lo mejor, mañana no comemos". Pero al día siguiente lo devoraba todo igual, como la proverbial pantera de Java, sólo que él no dejaba nada, según el conocido juego de palabras. Entendía un poco de todo, desde arreglar un motor hasta uncir bueyes y techar casas, pues como expatriado, después de la revolución bolchevique, había ensayado todos los oficios para ganarse el pan. Pronto se estableció entre nosotros una estrecha amistad y gran afinidad espiritual, llamadas a perdurar a través de muchos y escabrosos años.

Pero el viaje se iba haciendo penoso: comenzábamos a sentir los efectos del agotamiento físico y, por momentos, incluso el desaliento, abandonados como estábamos a nuestra suerte en aquellas desamparadas regiones. Por otra parte, el río Pilcomayo es tan tortuoso, tiene tantas vueltas y recodos que, al final de una jornada, vuelve uno a pasar por el mismo sitio donde la comenzó. A veces se pregunta uno: "Pero: ¿no hemos pasado por aquí esta mañana ?. Y así era efectivamente. Comentaba Orangireeff: "No hay nada que hacer: o nos hemos equivocado de río o el fortín se ha mudado más lejos".

 

EL "INFIERNO VERDE"

 

Sensación exótica, a la vez que fascinante, es la de acampar al raso en pleno desierto del Chaco, sabiendo que a leguas y más leguas a la redonda no habita un solo ser humano. En derredor el tumulto y derroche de palmeras, que se alzan como otros tantos mástiles, compactas a semejanza de una formación de infantería en orden cerrado, donde las sombras del crepúsculo tropical caen con la súbita celeridad de un ave de rapiña sobre su presa; algarrobos desmelenados por la brisa, con regueros de pájaros en sus ramas; pajonales temblones de fresco y mañanero rocío; hierbas altas y duras de gris acerado; renegridos troncos de árboles desmochados por un rayo; cortaderas meciendo al viento sus manojos de flores bayas como pañuelos diciendo adiós; y en el rescoldo del mediodía; las caldeadas ráfagas que arrojan puñados de tierra en las espirales de sus remolinos.

Viene la noche. Echado sobre una manta, con la montura por almohada, embutido en un mosquitero de lienzo, cuya forma cuadrangular da la sensación de yacer uno en vida en un sepulcro blanqueado, sin poder siquiera contemplar las estrellas, llegan las sombras indefinidas con sus mil ruidos, misteriosos los unos, conocidos los otros, tejiendo todos una sinfonía que oprime y embelesa al mismo tiempo: el rugido poderoso y ronco del jaguar y su rondar afelpado y cauteloso entre las matas; el paso del zorro sobre la hojarasca con sigilo de terciopelo; el deslizarse untuoso de los reptiles sobre la hierba; el aleteo casi imperceptible de insectos y el incesante zumbido de los mosquitos.

El fogón ha ido apagándose y comienza a apretar el frío - aún en plena canícula- en medio de un silencio que no es silencio y de una soledad que no es soledad. Y así llegan las primeras luces del alba, entre cuyos arreboles de levantes rojos se recoge una mitad de la selva, en tanto la otra mitad despierta a la vida. Oyense los chillidos de centenares de monos, acróbatas de la selva, haciendo cabriolas entre los ramajes y el revoloteo de las aves en procura del sustento diario, dibujando en el aire una gama de matices multicolores; aparecen y desaparecen alimañas de toda laya y tamaño, que se arrastran, trepan, se deslizan, saltan o vuelan en un mundo fantasmagórico, que haría las delicias de un aficionado a la entomología, aunque no creo que ni en siglo llegaría a clasificar y a catalogar todos los insectos del Chaco; piaras de cerdos salvajes que, en número increíble, arremeten contra cuanto encuentran a su paso, perseguidos quizás de cerca por un jaguar, del cual son manjares predilectos, junto con el teyú-guazú, lagarto grande de carne exquisita, aún para el humano. Asoman los yacarés a montones, por decenas y veintenas, a tostarse al mañanero sol, concluidas sus nocturnas andanzas, sin preocuparse, poco ni mucho del hombre, mientras por nuestra parte le hacíamos gracia de la vida, pues aparte de ser poco deportivo matarlos a tan escasa distancia y con entera impunidad, el yacaré es animal útil, porque limpia el río devorando las presas muertas un poco "faisandé", como dicen los franceses, es decir, con un principio de descomposición. Se ven cruzar avestruces con la desenfrenada carrera de sus ágiles extremidades; levantan el vuelo bandadas de charatas, de garzas blancas, moras y mirasoles, de garbosa estampa y majestuoso aleteo; de loros y cotorras, armando infernal zarabanda, de cigüeñas, que anidan en la cima de las palmeras; y de empenechados martín pescador, posado sobre una frágil rama sobre la vera del río, en acecho del primer bocado de su matinal refrigerio. En los esteros el zancudo chajá, de paso airoso y lento, luciendo en la cabeza encarnado pompón, como un gallardo infante español; flamencos de color rosa anaranjado, con reflejos multicolores y fantásticos a los rayos del sol sobre su plumaje, picoteando en charcos y lagunitas; teros chillones, vigilantes sin oficio en el desierto; retozan venados y ciervos, gráciles, de ojos voraces y siempre alertas, como avizorando un peligro inminente. Solamente los mosquitos no parecen llamarse a reposo ni de día ni de noche; hay para sospechar que se turnan para tormento de hombres y bestias, no dándoles tregua ni descanso.

Créase o no, son los animales pequeños, y no los grandes, los que en el Chaco hacen de la vida una tortura diaria para el más sufrido y estoico. Ni el jaguar ni el yacaré ni el aguará guazú- zorro pelirrojo de gran tamaño y fiereza- son de verdad peligrosos para el hombre, a menos de verse acorralados o de salir en defensa de sus crías. Jaguares he visto muchos en el Chaco, pero muertos o a la distancia. En esto siempre me he atenido a la sapientísima máxima de vivir y dejar vivir. Por la noche, en los fortines, solían venir al corral de los terneros para alzarse con uno de ellos; los soldados los cazaban con trampas, armadas mediante un fusil y un trozo de carne fresca, para luego estaquear su piel y venderla cuando salieran de baja.

En cambio, los animales pequeños, las sabandijas, no le dan al cristiano reposo ni cuartel; el mosquito, en primerísimo lugar; luego el "mbarigüí", algo más chico, pero de picadura dolorosa, y por último, el diabólico "polvorín", casi microscópico, como que incluso llega a colarse por entre el tejido del mosquitero de lienzo (el de tul sería Jauja para ellos). Sin contar, desde luego, la garrapata, que sólo se desprende de la piel, arrimándole una brasa encendida o la colilla de un cigarrillo; y el tábano, tormento de las caballerías; y los "piques" o niguas, que se introducen hasta en las orejas, mientras uno duerme.

De serpientes no he visto muchas en el Chaco, fuera de algunas cascabeles en las proximidades de ríos y ciénagas, aunque en el Estero Patiño abunda el "curiyú", especie de boa constrictor que suele alcanzar hasta cinco metros de largo, pero sin ser venenosas; habitan estas serpientes los terrenos bajos y pantanosos, enroscados en profundos hoyos para hacer su larga y laboriosa digestión, tras de engullirse un venadito o un ternero de pocos días, si a mano viene. Cabe agregar con respecto a las víboras, que ni una sola vez hubo necesidad de inyectar el suero antiofídico, del cual se hallaba bien provista nuestra enfermería. Como decía en guaraní un soldado, con ese gracejo un tanto truculento de los de su calse y mentalidad: "Si a mí me llega a morder una víbora,  que se vea la víbora".

La falta de agua potable es la mayor de las maldiciones en el Chaco. Las del Pilcomayo y del Confuso son salobres en su curso inferior; sólo cabe recurrir a las contadas lagunas y "pirizales", que se alimentan, por lo general, de las lluvias, pero no pocas veces llegan a secarse por completo, a consecuencia de la evaporación producida por el intensísimo calor del día. De todas formas, el agua proveniente de tales fuentes resulta insípida, "dura" para el jabón y mucho cuesta habituarse a beberla sin alguna repugnancia. Del fortín "Delgado" al fortín "Bruguez" por ejemplo, median unas 17 leguas sin una sola gota de agua en todo el trayecto; en consecuencia, sólo cabe marchar al paso de las cabalgaduras, pues éstas se quedan sin probar agua durante todo el viaje y, por lo tanto, no es posible someterlas al esfuerzo físico del trote y, mucho menos, del galope. Los bueyes resisten mejor la falta de agua, pero su aire de marcha es desesperante por su lentitud.

En cambio, cuando llega la época de las lluvias -por lo general, a principios del verano, aún cuando pueden sobrevenir en cualquier estación- las aguas todo lo cubren y anegan; los ríos se salen de madre hasta el extremo de no poder localizar sus respectivos cauces, llegando incluso a cambiar de curso en forma desconcertante. "pero ¿cómo ? ¿Dónde está el río? ¿No pasaba antes por aquí ?" // "Pasaba; ahora corre a trescientos metros más allá". ¡Como para ponerse a levantar la carta hidrográfica del Chaco! A lo largo y a lo ancho de leguas enteras no se divisa sino una interminable sabana líquida (me refiero siempre a la región del Pilcomayo, incluida la zona que se extiende por el norte hasta Nanawa). En medio de aquel mar dulce es difícil orientarse, como no sea echando mano a la brújula; salvo tratándose de indios o de conocedores del lugar, que tienen un instinto especial para no perderse. En tales circunstancias no suele haber otro medio de locomoción que el "buey cabayú", esto es, el buey especialmente adiestrado para servir de cabalgadura, con la brida sujeta a los ollares del animal; sólo él avanza lento pero seguro entre las aguas, sorteando hoyos y raigones. Entretanto sigue diluviando sin cesar, a cántaros día y noche, formando verdaderas cortinas de agua que obscurecen la visión a cien metros de distancia. Pero los mosquitos no se dan por enterados del diluvio: al contrario, parecería que con la lluvia llegara para ellos la hora del festín de Baltazar, pues se tornan más "angurrientos" y agresivos que nunca.

En suma, el Chaco da la impresión de estar hecho con el exclusivo fin de mortificar al hombre: escasean los árboles de sombra acogedora y no hay un solo irracional dotado del más primitivo sentido de convivencia con el ser humano. Ni siquiera los monos son domesticables y las aves, incluso los loros, enmudecen y no viven mucho tiempo en cautividad. En cuanto al jaguar, nuestro "tigre", con garras como garfios y colmillos como puñales para tronchar el cogote de un caballo cual fuera una caña de bambú, es de todo punto imposible tratar de amansarlo, ni siquiera en términos relativos. Con razón ningún domador de fieras se atreve con ellos, como que nadie los ha visto actuar nunca en ningún circo del mundo. Tuve una vez un cachorro de pocos días, al cual alimentaba con un biberón improvisado, pero todo fue inútil; al cumplir pocos meses, hube de ponerlo en libertad para que se reintegrara a su hogar en los montes y en los llanos de los de su real estirpe.

No obstante su ferocidad, el jaguar raras veces ataca al hombre, como no sea en defensa propia, o estar "cebado" por haber probado carne humana; olfatea y huye del hombre mucho antes de que éste alcance a divisarlo; mata sólo para satisfacer sus necesidades. El puma, en cambio, es una fiera sanguinaria y cobarde: si se introduce en un corral donde hay veinte terneros, sacrificará a los veinte para sólo devorar uno de ellos. Sin duda, nuestro jaguar es el rey de la selva, por su agilidad de gato para trepar a los árboles; el puma lo es de pajonales y lugares áridos, por su pelaje de un aleonado pardo amarillento.

Volviendo a las regiones inhospitalarias del Chaco, y todas lo son en mayor o menor grado, no hay duda que el dinero y los progresos de la ciencia mucho pueden hacer y hacen para suprimir y atenuar inconvenientes y molestias: agua potable a discreción, aire acondicionado en las viviendas, heladeras y ventiladores, luz eléctrica, insecticidas, carreteras e incluso el avión, comodidades de las que disfrutan actualmente no pocas guarniciones y estancias en el Chaco. Más por aquellos tiempos ni el dinero ni el progreso estaban a nuestro alcance.

Echando cuentas, el Chaco no me resultaba ni más ni menos desolado que Puerto Sajonia en 1925, barrio que no era por aquel entonces sino un lejano suburbio, con muy escasa edificación y apenas habitado por algunas familias; en sus inmediaciones, sobre una altura dominante, alzábase el hoy desaparecido cementerio del Mangrullo, de aspecto tétrico y siniestro; su bien o mal habida fama de estar poblado de "poras" hacía que, a altas horas de la noche, al pasar junto al mencionado camposanto, de regreso del centro de la ciudad, picáramos espuelas al caballo para alejarnos al galope del lugar tan lóbrego y poco acogedor.

 

EN LOS "FORTINES"

 

Como a todo se llega en este mundo, al fin llegamos al fortín "General Bruguez" el 14 de mayo, tras casi dos meses de viaje y una odisea, que ya envidiarían los argonautas de Jasón. Luego de unos días de merecido descanso -nunca más apropiada la socorrida expresión- proseguimos viaje a caballo y en carreta rumbo al fortín "General Delgado". Lo que encontramos, al llegar a destino, no podía ser más desalentador: ranchos en estado ruinoso y una tropa en andrajos, sin instrucción ni disciplina militar. Me había adelantado el ya citado capitán Radice -con quien nos topamos navegando él aguas abajo del Pilcomayo- que la tal tropa se hallaba dedicada a "faenas agrícolas", pero allí no había rastros ni el menor indicio de una chacra, o de una sola planta de maíz o de poroto que hubiese sido sembrada.

Al punto nos dimos a la tarea de poner orden en aquel sombrío cuadro de abandono y dejadez; semanas más tarde ya el titulado fortín presentaba otro aspecto: cuadras nuevas, cuerpos de guardia, garitas para los centinelas, retretes, un corral para vacas y terneros, a más de otros trabajos de menor cuantía, como el enladrillado de veredas y senderos en el interior de la guarnición y un mástil para izar todos los días la bandera nacional. Maestro de obras y director general de construcciones era Orangireeff. No faltaban, por cierto, los elementos de trabajo: arrumbados en una tapera encontramos un cajón con herramientas de carpintería, hachas, machetes, alambres, clavos y todo cuanto no había sido utilizado hasta entonces. Los extensos palmares proporcionaron materia prima de sobra para la construcción de techos y paredes; con los ladrillos de un edificio derruido - otrora casa habitación de un obraje o cosa parecida, cuando el lugar se llamaba "Dorado"- se hicieron los pisos de las cuadras de tropa y alojamientos de oficiales, a más de pavimentarse los senderos, como queda dicho. ¡ Lo que puede el ingenio y la voluntad en tales trances !. Más o menos así -guardadas las proporciones- debieron proceder los conquistadores españoles al levantar casas fuertes en tierras ignotas, desde luego que con medios más precarios y en circunstancias harto más azarosas, por presuntuosa que pudiera parecer la comparación. Si mérito había en nuestra labor, no era nuestro, sino que se debía al imperativo de exigencias ineludibles y a la elemental necesidad de hacer algo más llevadera la vida en aquellas anchas soledades, llamadas por algunos "el infierno verde" que, la verdad, a mí me antojó menos infierno que verde, si bien distaba de ser un lugar paradisiaco, pues faltaban algunas Evas para tantos Adanes, condenados éstos a una continencia forzosa y, por consiguiente, poco meritoria.

 

El teniente Amancio Pampliega, y más tarde sus reemplazantes, los de igual grado Francisco Caballero Álvarez y Ramón L. Paredes, tomaron a su cargo la instrucción de reclutas, que se cumplía entre las 6 y 7 de la mañana, únicas horas del día en que el sol abrasador y la elevada temperatura permitían el servicio práctico. El resto de la jornada era empleado en las faenas de construcción, así como en "academias", como se dice en la jerga cuartelera. Se proveyó a la tropa de uniformes nuevos, que habíamos traído con nosotros en sendos fardos, con polainas de cuero y sombreros de paja, forrados con tela caqui. Todo esto no lo digo con el afán de ponerme moños, sino a objeto de destacar el estado de abandono en que se hallaban aquellos mal llamados "fortines"; ni el Gobierno ni los jefes superiores les concedían mayor importancia; hasta entonces no habían sido sino lugares de confinamiento para mujeres de mal vivir o de "castigo" para algunos oficiales, cuando no avanzadas para contener posibles malones de indios, aunque ni siquiera esta última misión hubieran estado en condiciones de cumplir. Eran lugares dejados de la mano de Dios y de la preocupación de las autoridades, hasta el extremo de no poder ubicarlos en un mapa de la región Occidental. Por otro lado, el peligro boliviano parecía entonces como algo remoto y problemático, esto es, no se perfilaba la inminencia de un conflicto armado de proporciones.

Comprendí entonces el estupor y el azoramiento del ministro Riart al pedirle mi traslado al Chaco. Era sinónimo de condenar a un oficial al ostracismo. Y sin embargo, fueron aquellos, no diré los días más venturosos de mi carrera militar, pero sí los más tranquilos, en toda la plenitud de sus bizarras y viriles emociones. Lejos de miserias, pequeñeces, y bajezas -ajenos al mundanal ruido, que diría Fray Luis de León- en contacto diario con la madre naturaleza, aislado dé perfidias y maledicencias, disfruta el espíritu, sobre todo el de rica vida interior, de un sosiego y de una serenidad del alma, que nos inducen a juzgar a los hombres y a las cosas con mayor benevolencia y tolerancia largueza, algo así como el influjo que debió animar a Lawrence de Arabia en las caldeadas arenas de los desiertos de África.

El Chaco no era entonces - ya se ha dicho- el que luego conocerían los lechuguinos de la retaguardia en la guerra, ni el que conocen actualmente los oficiales destacados en esa región, que disfrutan de comodidades poco menos que sibaríticas, comparadas con aquellas de antaño. La zona más o menos poblada se circunscribía a la zona ribereña del río Paraguay; las "estancias" más distantes se hallaban a no más de quince o veinte leguas del mencionado litoral; el propio ferrocarril de Puerto Casado, que es el de mayor extensión y penetración, sólo tenía un recorrido total de 165 kilómetros; el río Confuso no había sido jamás explorado, el Pilcomayo era más conocido en razón del litigio con la Argentina, subsistente desde el fallo Hayes hasta nuestros días.

Los ya mencionados "fortines", llamados del Pilcomayo o Chaco Austral distaban aproximadamente 400 kilómetros de Chaco-í, que así se llama el poblado de la región Occidental, sito frente a Asunción, río de por medio; a ellos se llegaba tras un viaje de seis o siete días a caballo -ya se dijo el por qué de tanta lentitud- de veinte o más en carreta, o de otros tantos en lancha remontando el Pilcomayo, con escalas en Puerto Galileo y Puerto Frers, a los simples efectos de un descanso en el trayecto, pues las referidas escalas no constituían en modo alguno puntos de etapas para el abastecimiento. En "Bruguez" existía una población de unas treinta personas, honrados comerciantes algunos de ellos, cuatreros y contrabandistas los más, en fraternal convivencia con sus congéneres allende la frontera.

Eran desconocidos los modernos medios de locomoción; las líneas telegráficas y telefónicas no existían; de "radio" ni qué hablar. El aislamiento del resto del mundo era, por lo tanto, poco menos que absoluto. Desde el fortín "Delgado" resultaba más expeditivo comunicarse con Asunción vía Formosa en casos de extrema urgencia, cuya vía tampoco era demasiado rápida ni recomendable, pues había la línea férrea Formosa-Embarcación. Por otro lado, nuestra aviación militar era en extremo incipiente y, de todos modos, no existían pistas de aterrizaje, las que se empezaron a construir en forma precaria hacia principios del año 1927, en cumplimiento de directivas del ministerio de Guerra.

En consecuencia, no había forma de evacuar un enfermo grave ni  de conseguir asistencia facultativa en casos de necesidad apremiantes. El servicio de sanidad estaba a cargo de enfermeros más o menos idóneos. (El que teníamos en "Delgado" era adicto a empinar el codo, consumiendo todo el alcohol de la farmacia para fabricarse la conocida "poción Todd"). Creo que el ya citado doctor Trinchenko fue el primer médico de nuestra sanidad militar destacado en el Chaco, si bien no se quedó mucho tiempo, pues su incurable nostalgia y su horror a las víboras hicieron que lo autorizara a regresar a Asunción, antes de que enfermara de un progresivo abatimiento y de una negra melancolía.

Por suerte, durante mi permanencia en los fortines no se produjo un solo caso de enfermedad grave; no se dieron casos de tifus, gripe virulante, paludismo ni tuberculosis, dolencias que más tarde harían estragos en la guerra. El cementerio del fortín "Delgado", poblado por seis soldados y una mujer, no acogió en su recinto a ningún morador más por espacio de un año. Acaso la alimentación sana y nutritiva -sin ser muy variada- contribuyó en no escasa medida a mantener un excelente estado sanitario, sin descartar por completo el sosiego espiritual, promovido y sustentado por una estrecha camaradería. Tampoco se produjeron accidentes de consideración.

 

Hacia fines del año 1926, empero, se comenzó a tomar en serio el sector Pilcomayo: se nos facilitó personal y material para el tendido de líneas telefónicas, al par de construirse en los Arsenales de Guerra las lanchas de poco calado denominadas "tipo fortín", aptas para navegar por el Confuso, quedando descartado por completo el Pilcomayo como vía de comunicación. Mas la navegación por el Confuso tampoco dejaba de presentar contratiempos, a consecuencia de los llamados "raigones", esto es, raíces de árboles caídos sobre el río por haber éste carcomidas poco a poco las barrancas; tales raigones constituían un peligro en acecho, pues ocultos a la vista pero a flor de agua, podían perforar el casco de la embarcación e incluso zozobrar, tras un imprevisto y violento encontronazo.

El 8 de diciembre de 1926 procedimos a fundar el fortín "General Aquino", sobre la margen izquierda del Confuso, en cumplimiento de órdenes recibidas a tales efectos. Ya para entonces comenzaba a hacerse sentir el avance boliviano en ese sector, con la fundación del fortín "Sorpresa", sobre el mismo río, donde poco después hallaría la muerte el teniente Adolfo Rojas Silva, nuestra baja inicial en la contienda del Chaco, aunque mucho de esa inmolación se debiera a una imprudencia propia de sus años. Primer comandante del nuevo fortín fue el teniente Atilio J. Benítez, cuyo relevo me vi obligado a solicitar algo después, por haber apaleado brutalmente a un conscripto. Era Benítez un oficial disciplinado y leal, de gran espíritu militar y puntilloso cumplidor de sus obligaciones, así como pulcro en su atuendo y porte personal, pero de temperamento un tanto arrebatado y escaso dominio de sus nervios. Ya volveremos a encontrarlo más adelante.

Dado que el aprovisionamiento se hacía por tierra en carretas desde Chaco-í o, más tarde por el Confuso hasta Puerto María, para de allí transportar, también en carreta, la carga hasta "Delgado" y "Bruguez", momentos hubo en que llegaron a faltarnos los elementos más elementales de subsistencia, como galleta, poroto, yerba, azúcar e incluso sal, no por negligencia o desidia de las autoridades, sino por las enormes distancias a cubrir y la lentitud de los medios de transportes.

No dejaba de influir esos factores sobre nuestros servicios administrativos: la Intendencia de Guerra proveía a los fortines con el mismo criterio logístico que si se tratara de abastecer a las guarniciones de Paraguarí, Concepción o Encarnación, sin tener en cuenta los aspectos específicos del problema, por un simple y total desconocimiento de la región en punto a tiempo y espacio. Afortunadamente disponíamos de carne fresca y leche en abundancia, pero es sabido que el soldado paraguayo se siente desnutrido y hasta moralmente disminuido sin su ración diaria de locro y porotos. De frutas y verduras ni asomos, por supuesto; pero la verdolaga silvestre, bastante aceptable, servía para conferir algo de vitaminas a nuestro carnívoro régimen; igual función cumplía el cogollo tierno de la palma que hoy, con el nombre de "palmito" es tenido por delicado manjar en una bien servida mesa.

A pesar de todo, en ningún instante se hizo notar el menor indicio de queja o descontento; el propio aislamiento en que vivíamos contribuía a estrechar los lazos de una solidaridad espiritual sin sombras. Jamás hube de aplicar un solo castigo disciplinario. Es que allí no había, ni podía haber, favoritismos ni privilegios: lo que comía la tropa comían los oficiales, con muy escasa diferencia; las condiciones de vida eran idénticas para todos; no existían distingos de jerarquía para soportar penurias y privaciones. Oficiales y soldados configuraban un todo compacto y homogéneo, resueltos a sobrellevar con buen humor las estrecheces propias del caso.

Es lo que no se vio en la guerra del Chaco; mientras unos pocos se regalaban con manjares exquisitos -incluso "casatas" llevadas en avión desde la capital, baños con azulejos, heladeras y odaliscas- los de primera línea manducaban un trozo maloliente de carne seca y un potaje de porotos sin sal. Nadie pretende, desde luego, que un general en campaña coma y se aloje a igual que un combatiente en las trincheras, pues alguna dosis de comodidad y sosiego necesita para concebir sus planes y dirigir las operaciones en compañía de sus colaboradores inmediatos, sin mayores preocupaciones de orden material; pero tampoco es de lógica y razón que la desigualdad descienda a niveles chocantes e incompatibles con las más elementales normas de equidad, buen sentido y camaradería. Entre el combatiente que soporta impávido todos los rigores de la guerra y el señorito de retaguardia que se pasa en flores, hay una distancia que no condice con la austeridad ni con la discreción, sobre todo al tratarse de un país pobre, ya que ni entre los acaudalados se registran tan diametrales y odiosos distingos. "Es que ustedes -me explicaba por teléfono uno de aquellos señoritos- sufren materialmente, mientras nosotros padecemos moralmente". ¡Vaya, vaya! ¡Quién lo hubiera pensado!.

 

NUESTROS VECINOS ALLENDE EL PILCOMAYO

 

A diez kilómetros al oeste de nuestro fortín "Delgado", allende el Pilcomayo, que es a esa altura apenas un hilillo de agua de diez metros de ancho, para volver a ensanchar su caudal al norte del Estero Patiño, que absorbe y estanca sus aguas, se hallaba situado el fortín argentino "Sargento Leyes", antes "Yuncá", devastado éste por los indios pilagás en 1919, luego de pasar a cuchillo a toda su guarnición, sin exceptuar mujeres y niños. Era jefe del mencionado fortín un capitán Andrés Pons Lezica, hombre ya de notoria edad para su jerarquía y el que, no obstante su patronímico de algún abolengo en la sociedad porteña, daba la impresión de ser un oficial fracasado o postergado en su carrera, pues pertenecía a un regimiento disciplinario de caballería que por entonces cubría los fortines argentinos del Pilcomayo, con asiento del comando en "Gran Guardia General San Martín".

Era Pons Lezica un oficial de modales correctos, pero un tanto petulante, con aires de perdonavidas y muy pagado de sí mismo, nada foráneo al temperamento porteño, por lo demás. En cierta ocasión, pues solía visitarnos con relativa frecuencia, me propuso que procediéramos nosotros a desarmar por la fuerza a los indios pilagás, que se habían incautado de 100 flamantes carabinas Mauser y de unos 10.000 proyectiles en ocasión del referido asalto al fortín "Yuncá" refugiándose luego en territorio paraguayo, al este del Estero Patiño. Le contesté que, no teniendo ni habiendo tenido nunca conflicto alguno con los indígenas, de la tribu que fuese, no estaba dispuesto a crearlos. Díjome entonces el capitán argentino, cual Bonaparte disponiéndose a cruzar el puente de Areola, que en ese caso procedería él por su cuenta. A eso respondí, entre bromas y veras: "Alto ahí, capitán: si usted y sus tropas trasponen la frontera en son de guerra, la cosa no será ya con los pilagás, sino con nosotros". A partir de entonces, nuestras relaciones fueron un tanto menos cordiales, pero más comedidas de su parte. No pasaba fiesta patria argentina -25 de mayo o 9 de julio- sin que me invitara al fortín de su mando donde, huelga decir, estaban bastante mejor provistos de vituallas que nosotros para agasajar a los huéspedes, incluso una orquesta mandada venir ex profeso de Formosa.

También a los militares argentinos de la frontera se les había metido en la cabeza -no sé si de buena o mala fe- que el río Pilcomayo, citado en el fallo Hayes como frontera entre los dos países, no era el que nosotros así denominábamos, sino el llamado Confuso, que sería el tan discutido brazo norte del primero de los nombrados. Muy poco entenderían de geografía esos militares, pues el mencionado fallo habla del "río que desemboca frente al Cerro Lambaré", en tanto el Confuso lo hace al norte de Asunción. El propio teniente coronel Alfredo Lafuente, comandante del referido regimiento de caballería, no dejó de insinuarme más de una vez que nosotros, en realidad, estábamos usurpando territorio argentino; hube de contestarle que no me correspondía entrar en discusiones acerca de la cuestión de límites entre los dos países, pero en lo concerniente a mi mando y mientras no recibiera órdenes en contrario, la bandera paraguaya seguiría ondeando en la zona comprendida entre el Pilcomayo y el Confuso y que no la arriaría sino por la fuerza de las armas.

Pocos días después una patrulla argentina penetraba en territorio paraguayo hasta las márgenes del Confuso, so pretexto de perseguir a unos presuntos cuatreros de nacionalidad paraguaya, a varias leguas del "Fortín Delgado", de cuya incursión nos enteramos solamente al cabo de varios días. Despaché de inmediato un piquete de 25 hombres al mando del teniente Pedro Cazenave al lugar del hecho y a objeto de corroborar la denuncia recibida de algunos pobladores, pero ya los invasores -no cabe otro calificativo- se habían replegado allende el Pilcomayo. El mencionado oficial sería luego acusado ante el gobernador de Formosa de "haber violado el territorio argentino" -a raíz sin duda de un parte del susodicho Lezica- e incluso "La Prensa" de Buenos Aires se hizo eco del supuesto incidente fronterizo.

Consideré entonces llegado el momento de poner en conocimiento del ministro de Guerra, doctor Luis A. Riart -de quien dependía directamente- la situación planteada. Contestóme el ministro por escrito, con fecha 16 de diciembre de 1926, lo siguiente:

 

"Este ministerio ha informado a la Cancillería que los argentinos confunden el Pilcomayo con el Confuso, tomando a éste por aquél, y creyendo hallarse en territorio argentino. Según nota contestación que obra en mi poder, se ha dado intervención en el asunto a la Legación Nacional en Buenos Aires".

 

No debió haber sido demasiado eficaz y enérgica la mencionada intervención, ni tampoco la reclamación de nuestro representante ante el Gobierno Argentina, pues prosiguieron las correrías, pero ya a cargo de particulares. Puede que hayan sido soldados disfrazados de paisanos; eso no me consta, pero sobraban motivos para entrar en sospechas. Por lo demás, considerables eran las distancias y escasos nuestros medios de movilidad; por consiguiente, no era fácil mantener una vigilancia efectiva a lo largo de la frontera. Nuestros vecinos, en cambio, disponían de soberbios montados, así en cantidad como en calidad; sus patrullas estaban armadas y equipadas como si marcharan a reducir un aduar de bereberes, tal era el terror pánico que a los indios les tenían.

En resumidas cuentas, quienes más guerra nos daban no eran, por cierto, los bolivianos y, menos aún, los pobres indios.

Todos aquellos alfilerazos no contribuían gran cosa a conquistar nuestras simpatías para con los "amigos" argentinos. Es difícil entenderse cuando no median la sinceridad y la franqueza. Más que nada, duele y amarga ser tratado como vecino molesto y pariente pobre, al que sólo se le tolera seguir viviendo por gracia y merced del poderoso, aunque también débil e impotente éste ante otros más poderosos que él. (Se recordará que, finalizada la guerra del Chaco, mucho costó desalojar a las tropas argentinas, que habían ocupado algunos reconquistados fortines del Pilcomayo con carácter transitorio y, según parece, a solicitud de nuestro Gobierno, a fin de liberarnos de toda preocupación por el ala izquierda de nuestro orden de batalla).

 

EL INDIO

 

Estaba de Dios empero que ni aún en aquellas lejanías veríame libre de hablillas y paparruchas. En septiembre de 1926 regresé a Asunción, respondiendo a un pedido del general Schenoni, quien me había hecho saber sus deseos de verme antes de emprender viaje a Europa en misión oficial.

Llegado que hube a la capital, tras ochenta leguas de recorrido a caballo, me presenté al ministro de Guerra, quien de sopetón me preguntó: "¿Qué hay de un encuentro sangriento entre sus tropas y los indios?". Apenas disimulando mi asombro le contesté: "Nada, absolutamente nada, señor ministro". // "Pues aquí se dice -prosiguió el doctor Riart, que ha perecido la mitad de su guarnición y que yo lo he hecho traer a usted preso y engrillado. Para demostrar a la gente que eso no es cierto, ahora mismo va usted a salir conmigo en automóvil descubierto por la calle Palma". Así lo hicimos. Más de uno se habrá hecho cruces al ver al "engrillado" paseando con el señor ministro.

Pero no pararon allí las cosas, porque ya media Asunción se había hecho lenguas del supuesto encuentro. En la tarde del día siguiente, me encontré en el Unión Club con el distinguido caballero y dilecto amigo, don Juan Miltos, quien llevándome a un sitio apartado, me preguntó con todo sigilo: "Nosotros somos buenos amigos ¿no es cierto, capitán?". Respondí: "Creo, don Juan, honrarme con su amistad". // "Pues entonces, aquí entre nosotros, cuénteme lo de la pelea con los indios". Inútil fue tratar de convencerlo de que no había existido tal pelea. En resumen, y por insólito que parezca, desde aquel momento el respetable y venerable anciano me retiró el saludo. Sólo años después reconocería su error y ligereza.

No solamente no se había producido ningún choque armado con los aborígenes, sino que manteníamos con ellos amistosas relaciones, especialmente con los macás que, con los pilagás -sus enemigos a muerte, dicho sea de paso- son las tribus guerreras en la zona del Pilcomayo. Solían los indios visitar por grupos nuestros fortines, con el cacique Francisco a la cabeza; en la medida de nuestras escasas posibilidades, les obsequiábamos con galleta, sal o mosquitero. Recuerdo que más que nada les llamaba la atención la "victrola", pues no atinaban a comprender cómo de una caja pudiera salir la voz humana; pero cuando se quedaron de una pieza fue al proceder uno de nuestros sargentos a quitarse su dentadura postiza en presencia de ellos.

Yo mismo, acompañado por dos soldados y un baqueano, les devolví la visita en varias ocasiones, pero teniendo siempre cuidado de acampar a regular distancia de la toldería, pues reacios como son a la higiene, el hedor era francamente insoportable. No llevan otra indumentaria que un taparrabos; en sus tolderías, como quien diría en la intimidad del hogar, ni eso, con todos los atractivos y reservas de una colonia de desnudistas. Hasta aprendí a hacerme entender en el idioma de ellos, cosa nada difícil por tratarse de una lengua primitiva, de vocabulario limitado y sin mayores reglas gramaticales.

 

En el Paraguay la lucha armada contra el indio, tanto en la región oriental como en la occidental, terminó prácticamente durante el gobierno del doctor Francia, con algunas esporádicas incursiones en los tiempos de don Carlos Antonio López. No así en la Argentina, donde el estado de beligerancia entre aborígenes y criollos -llamémosles así- viene de antiguo y se prolongó hasta fines del siglo pasado; tuvo su origen en las famosas campañas contra el indio, con el nombre de "Conquista del Desierto", donde unos y otros hicieron gala de inauditas crueldades y escalofriantes jornadas de sangre, depredaciones y horrores.

Ya avanzada la primera década del presente siglo, adquirió triste renombre en la zona del Pilcomayo un capitán Enrique Gil Boy, del ejército argentino, por sus correrías contra los indígenas, quienes para entonces habían dejado de constituir un peligro para el avance de la titulada civilización, salvo episodios sin mayor trascendencia. También por aquellos tiempos, un teniente de la misma nacionalidad, José S. Avalos, destacado en Formosa, disparó varios tiros con un fusil Mauser contra quince indios colocados en fila de a uno, a los efectos de probar -adujo- el poder de penetración del proyectil de la nueva arma; no recuerdo ya cuántos indios perecieron a consecuencia del original y bárbaro experimento, pero sí que la tropelía promovió una interpelación al ministro de Guerra en el Congreso argentino, a raíz de la cual el nombrado Avalos fue sometido a un consejo de guerra y condenado a muerte; conmutada que le fue la pena capital por la de destierro perpetuo, pasó Avalos en el Paraguay los restantes años de su vida. Lo vi más de una vez por las calles de Asunción, donde todo el mundo lo miraba de soslayo, pero sin que nadie le hiciera objeto de la menor demostración de hostilidad.

Decía LA PRENSA de Buenos Aires, en su edición del 4 de marzo de 1905:

"Se inició la causa contra el teniente primero José S. Avalos, el sargento Acevedo y nueve soldados a quienes se acusa de haber matado en el Chaco a casi medio centenar de indios, alevosamente. Se tomó declaración al teniente 1º Avalos y a varios soldados. Se desprende de las exposiciones que el teniente Avalos ordenó la muerte por degüello, sin causa alguna y sin que hubiera lucha, de seis indios primeramente, y de unos cuarenta después, en la margen de una laguna. En ambos casos el sargento Acevedo -prófugo- al mando de distintos soldados hizo maniatar a los aborígenes -entre ellos algunas mujeres- y procedió a degollarlos. Proseguirá el proceso con la defensa. El fiscal, coronel Lara, pidió la pena de muerte para los procesados".

Semejante acto de barbarie, inconcebible en un país que presume de civilizado -y estamos en la primera mitad del siglo XX-, tenía indefectiblemente que concitar el odio de las tribus indígenas, tal hubiera ocurrido en cualquier otra colectividad, menos propensa que la de los indios a reaccionar con actos de violencia y sangre. Recuérdese, en mayor escala desde luego, las atrocidades cometidas por los nazis en los países ocupados durante la segunda guerra mundial, atrocidades que abrieron camino y en cierto modo justificaron represalias implacables por parte de los pueblos sojuzgados. ¡Siniestros resabios de aquella civilización que se dice habernos traído los conquistadores españoles!

Esa latente belicosidad fue la causa del malón al fortín "Yuncá", al cual nos hemos referido, originado en un atropello contra los pilagás, al hacerlos trabajar todo el día en la construcción de alambradas y luego correrlos a tiros, negándoles lo que se había convenido en retribuirles por su labor. El argentino no ha aprendido todavía a tratar al indio con humanidad y, sobre todo, con espíritu de justicia.

Conviene, sin embargo, poner la verdad en su punto. El indio es timado, holgazán, vengativo, pusilánime y en absoluto anejo y reacio a las elementales normas de higiene personal y colectiva. Sólo ataca a mansalva y cuando se sabe o se cree a cubierto de toda posible defensa por parte del atacado.

A la verdad, no he podido discernir en defensa una sola virtud o cualidad recomendable. Carentes de la menor noción de patria -¿cómo habrían de tenerla?- nunca pude averiguar sus creencias religiosas, si es que las tienen, ni observar ningún culto o rito a sus dioses, aunque algún sentido o instinto de lo sobrenatural deben tener. Su única ocupación es la caza y la pesca; la agricultura no la conocen ni les interesa. (Una vez les regalamos una bolsa de semillas de poroto, indicándoles los rudimentos de su siembra, pero no encontraron nada mejor que engullirse las semillas). Sobrios como son en el comer, se mueren por el alcohol. Dos o tres veces al año se embriagan en francachelas de verdadera orgía, con una bebida espirituosa que obtienen fermentando las frutas del algarrobo. Pero no toda la toldería participa de las saturnales: hay quienes sin beber ni gota, velan por la seguridad colectiva, montando guardia contra posibles enemigos; días después, cuando los otros se hayan recobrado de la papalina, les llegará a los guardianes el turno de desquitarse de aquella abstinencia impuesta por razones de seguridad. También les gusta el tabaco, que fuman en "cachimbos" de arcilla.

A dos cosas les teme el indio más que a una espada desnuda: al jaguar y a las sombras de la noche. Y eso que la fiera en cuestión, demostraría ser un pésimo "gourmet" si se pusiera a devorar indios que no huelen a ámbar, como diría don Quijote, cuando tanto abundan otras carnes más apetecibles al paladar del felino. Con respecto a su otro temor, en cuanto cae la noche no se aparta el indio de su toldería por nada del mundo ni se aleja mucho de sus fogatas; según sus creencias o supersticiones, los espíritus malos ambulan entre las sombras, lo cual también suele ocurrir entre los civilizados, cabe añadir.

En definitiva, el indio constituye un peso inerte e improductivo en la comunidad nacional. Está condenado a una extinción paulatina, pero inexorable. Los supuestos catequizadores, tanto católicos como protestantes, nunca lograron mayores progresos en sus afanes civilizadores, aparte de que las tituladas "misiones" no configuran, en el fondo, sino otras tantas empresas ganaderas o industriales, que se benefician con la mano de obra más o menos esclavizada del indio. A algunos de ellos les enseñan a entonar el Himno Nacional -del cual el pobre indígena no entiende ni le interesa una higa- cuando no a recitar en forma mecánica trozos de poesías, para luego presentarlos en un teatro de Asunción -y aún de Buenos Aires- como frutos de su "misión evangelizadora".

El teniente coronel ruso Juan Belaief -hecho "general" durante la revolución antibolchevique de Denikin en 1919- fue todo un maestro en organizar tales parodias, con fines no del todo desinteresados o altruistas. Y ya que de rusos hablamos, sin género de duda muchos de ellos prestaron valiosos e incluso heroicos servicios a su país de adopción en la guerra del Chaco y antes de ella, más otros hubieron que sólo fincaban sus empeños en obtener gangas lucrativas, logradas a través de nuestra siempre ingenua hospitalidad para con el extranjero expatriado y desamparado, sin excluir a los aventureros de oficio ni tan siquiera a los delincuentes. Algunos de esos rusos se alejaron de nuestro país, tras de reunir un respetable montón de billetes de los buenos; otros yacen en tumbas ignoradas del Chaco o en modestas sepulturas en los cementerios de Asunción.

Como norma de convivencia social, se ajusta el indio a un comunismo, mitad jesuítico y mitad marxista: todo es de todos y nada es de nadie. La propiedad privada no existe, como tampoco la diferencia de clases o jerarquía, fuera de la autoridad suprema del cacique. El indio no es agresivo por naturaleza ni belicoso por vocación, pero cuando ha sido víctima de un vejamen, de un timo o de una injusticia, como aquellos de que les hacían objeto, los civiles y militares argentinos, tarde o temprano se cobrará su deuda, así tenga que esperar diez años para liquidar la cuenta pendiente. Practican la monogamia y son celosos de la virtud de sus mujeres, sobre todo ante extraños, a quienes difícilmente perdonan un rapto o una seducción.

Tratar de incorporar al indio a lo que llamamos civilización es tiempo perdido y esfuerzo malogrado. Acaso, después de todo, son más felices así como son. No están ya los tiempos, por ventura, para restaurar los métodos ignacianos, porque para subyugar y expoliar al semejante, existen procedimientos más "modernos", en cuyas faenas los "civilizados" nos pintamos solos.

 

A fines del mes de octubre de 1926 regresé al fortín "Delgado", llevándome un camión que me fue concedido con mal disimuladas muestras de escepticismo por el señor ministro de Guerra, como que era el primer automotor de su clase que iba a circular en la región del Chaco. Llegamos sin mayores tropiezos a destino, no sin despertar la curiosidad y el asombro de los pobladores de la zona, que nunca habían visto un vehículo de tracción mecánica, al menos en aquellos lugares: El mayor obstáculo estribó en alimentar el radiador en los largos trayectos, pero se subsanó el inconveniente llevando varias latas de agua en el propio camión. Otro inconveniente fue el de los troncos ocultos entre las altas hierbas del camino, pero también se venció esa dificultad, destacando a la vanguardia una cuadrilla encargada de localizar y desbrozar a hachazos los citados troncos. La marcha era así un tanto lenta, pero segura.

Inestimables servicios prestó el camión en los fortines, pero al cabo de un tiempo quedó irremisiblemente inutilizado por falta de piezas de repuesto y ausencia de un taller de reparaciones con los elementos más indispensables.

 

EL PAÍ VALDEZ

 

A principios del año 1927 recibimos la grata visita del Padre Tomás Valdez Verdún, abnegado capellán del ejército y excelente camarada, con espíritu y corazón de soldado; ofició misas, oyó alguna que otra confesión y hasta llegó a administrar el bautismo en la limítrofe zona argentina, en cuyos fortines la tropa tenía consigo a sus familias, fueran éstas legítimas o circunstanciales. Solamente que resultaba un poco difícil hacer comprender a aquella buena gente que aquel hombre, sin sotana y llevando el uniforme militar como cualquier oficial, era de verdad un sacerdote. A este respecto, merece dejar sentado que el Paí Valdez fue uno de los pocos paraguayos - si no el único- que antes de la guerra, no dejó de visitar un solo fortín o una sola guarnición del Chaco.

Campechano y afable en su trato, siempre bien dispuesto a bromas y chungas, sin perder por eso la línea propia de su investidura sacerdotal, era el Padre Valdez muy estimado por oficiales y tropas. (Fue el primer capellán que tuvo el ejército paraguayo después de la guerra del 70 y, por mucho tiempo, el único). Eximio nadador, no vacilaba en desnudarse y arrojarse a las aguas del Pilcomayo o del Confuso para darle un "empujoncito" a la canoa o a la lancha. Con él he pasado gratísimos momentos de probada amistad y acendrado compañerismo, más en las duras que en las maduras, que es cuando se conoce a fondo a los hombres.

Cuando llegaba a los fortines con los bártulos de su altar portátil, pues estuvo más de una vez, solía yo decirle en son de chanza: "Ya otra vez usted por aquí con sus macanas" A lo cual respondía: "y bueno, cada uno con sus macanitas; usted con las suyas y yo con las mías''. Placenteros recuerdos guardo de este ministro del Señor, si no espejo de virtudes -porque pecadores somos todos sin excepción- al menos varón sencillo y manso, con la limpia naturalidad de quien anhela vivir en paz con el dios de sus creencias y con sus semejantes.

No era hombre de muchas letras el Padre Valdez, pero su verba guaraní hacía impacto en el alma también sencilla del soldado, como flechas que se clavan certeras en una diana con fuerza de presencia.

Quizás el Paí Valdez no hiciera demasiados prosélitos para la fe de Cristo, ni a muchos redimiera de sus culpas y tropiezos, ganándolos para el Reino de los Cielos, pero su palabra ponía un destello de luz en aquella orfandad de nuestro aislamiento espiritual y material. Cuando en sus sermones y conferencias hablaba a la tropa de la patria, de la familia, del hogar y del deber, sin elocuencia, pero con íntima convicción y tono persuasivo, con algo de florilegio y retintines de oratoria fácil, a más de uno de sus oyentes se le arrasaban los ojos de lágrimas.

Por fortuna, no tuvimos oportunidad de recibir otras visitas, que hubieran resultado bastante menos gratas. No estaban los tiempos ni eran propicias las circunstancias para que hicieran el honor de perturbarnos, ministros, diputados, políticos, periodistas y demás ralea, como habría de ocurrir en la guerra; en la mayoría de los casos, tan encumbrados señorones no hacen sino importunar y crear problemas, como si ya no los hubiera de sobra, con móviles no siempre a cubierto de toda sospecha.

En el Pilcomayo nos dejaron tranquilos. Nadie parecía acordarse siquiera de tan lejanos fortines. Tan sólo Eligio Ayala, entonces presidente de la República, tuvo para nosotros algunas palabras de recordación, cuando expresó en uno de sus Mensajes al Congreso: "Hay en nuestras fronteras abnegados compatriotas, que obligan la gratitud nacional por sus servicios tan arduos como penosos". Con ese homenaje, teníamos bastante para compensar tales servicios.

 

DEL CHACO A PARIS

 

Hacia mediados de marzo de 1927 se me ordenó bajar a Asunción para asistir a uno de los ya citados "cursos de perfeccionamiento", que dictaba la misión militar francesa. A regañadientes cumplí la orden, pues mucho quedaba por hacer en los fortines. Confiaba, no obstante, volver apenas finalizado el citado curso. En diciembre de 1926 había quedado inaugurada la línea telefónica entre el fortín "Delgado" y Puerto María, nuestro principal punto de etapas sobre el río Confuso.

("Bruguez" había perdido toda importancia militar, como no fuera para el aprovisionamiento de ganado en pie).

Apenas había concurrido a la primera de las clases del referido curso, cuando fui llamado con urgencia por el ministro de Guerra, que seguía siendo el doctor Riart. Una vez en su presencia, me dijo el ministro: "El general Schenoni pide desde París un capitán que sea soltero y conozca el inglés y el francés". (No estaba por entonces el ejército paraguayo muy sobrado de oficiales con conocimientos de idiomas extranjeros, de modo que al punto me hice cargo de la velada alusión). "¿Está usted dispuesto -prosiguió el ministro- a emprender viaje cuanto antes?". Contesté que no me llevaría mucho tiempo hacer el equipaje. "Siendo así, -me dijo- usted se embarcará el domingo (era un martes) para presentarse al general Schenoni en Europa; ahora mismo puede pasar por el ministerio de Relaciones Exteriores, donde se le hará entrega de su pasaporte diplomático, y por el de Hacienda, donde le liquidarán su pasaje y viático". Por lo visto, era aquella una conspiración tramada en forma.

¡ De los fortines del Chaco a París ! Es que así ha sido siempre mi existencia, plena de contrastes, oscilando entre los extremos; de la selva enmarañada y fiera a la capital del mundo, de la vida dura a la existencia muelle, de las agrestes soledades a la ciudad sin par en el mundo, donde cada piedra es un pretérito y cada calle un desfile de la humanidad, donde hasta el pecado se viste de gala para ofender a la moral con refinamiento y elegancia; más tarde, de la prisión y el destierro a los altos cargos en la política o en la diplomacia, del indigente y remanido "rancho" cuartelero a banquetes de palacios y embajadas. Son esos bruscos e intempestivos cambios de ambiente los que matizan la vida. Toda miseria o toda grandeza, sin solución de continuidad, resulta monótono, abrumador, insoportable. Quizás por eso nunca son del todo felices los millonarios y los mendigos. El que nada tiene vive de ilusiones: el que todo lo tiene se muere de hastío. En los altibajos de los términos medios está la dicha de los bienaventurados, que no se envanecen en las buenas ni se desesperan en las malas.

Por Decreto "reservado" del 31 de marzo de 1927, fui designado Secretario de la Inspección General del Ejército, eufemismo que encubría la Comisión de Adquisiciones en Europa, cuyo titular era el nombrado Schenoni.           

 

NOSTALGIAS

 

¿Nostalgias del Chaco en París? ¡Qué disparate! Pensará más de uno. Y, sin embargo, por extraño que parezca, se llega a amar a esa tierra, tan inclemente y cruel. La soledad, aunque sea entre muchos, también tiene sus encantos, según el espíritu de quien a ella se entrega. No pocos de los que en el Chaco llegan a afincarse difícilmente se resignan a alejarse de él para siempre, aunque sus holgados medios económicos le permitan vivir en lugares más hospitalarios. Su topografía, chata y monocorde, sin la más leve ondulación del terreno; su sol implacable, que castiga sin freno de caridad; su vegetación arisca y mortificante por lo monótona; sus paisajes incoloros, trémulos y sin variaciones; su cielo azul que, en noches de luna, agobiado de estrellas, nos habla dé eternidad; todo se le mete a uno en el alma, con profundidades de psíquicos conflictos, en presencia de cuyos interrogantes se siente el humano desligado de todo código y férula, libre, sin trabas para pensar, sentir y obrar en aquellas soledades, donde lentas y pausadas transcurren las horas, donde pasan los días y las noches sin que nada acontezca y aconteciendo muchas cosas, donde se pierde la noción del tiempo y del espacio, con dimensiones de lo inconmensurable.

Allí la vida es una perpetua milicia; preciso es luchar sin término ni alivio contra la Naturaleza, las alimañas y, más que nada, contra el ostracismo del espíritu, absorto éste a la vez que turbado ante la magnitud de un sacrificio, que no importa méritos ni virtudes, sino ineludible exigencia del cotidiano vivir y sobrevivir, desprovisto de los afanes característicos de los grandes centros de población.

Allí no hay jueces ni policías ni convencionalismos sociales; la única ley es la del más fuerte o aquella impuesta por la moral, no siempre inmune a impulsos y flaquezas. Pero no hay por qué rasgarse las vestiduras. Peores cosas se han visto y se ven en Hollywood, para no mencionar la llamada "dolce vita" de cierta pervertida aristocracia europea dé éstos y de todos los tiempos. Con esta diferencia: en el Chaco no se conocen desenfrenos ni saturnales, como no sean los harto inocuos de los pobres aborígenes. Allí nadie vive esclavo del tiempo, o mejor dicho, del reloj, y nadie enferma de vanidad y de ambiciones. Hay una sensación de libertad a lo largo y a lo ancho de las fronteras espirituales y materiales, sin llamadas inoportunas a la puerta de calle, ni visita de cobradores, ni espacios de vida disipadas en bagatelas, frivolidades y mosconeos.

Ningún poeta nuestro ha cantado todavía al Chaco; haría falta para eso la dionisíaca sinfonía de Rubén Darío o la tonante inspiración de un Espronceda. Más para escribir un poema de esos quilates hay que haberlo vivido, disfrutado y padecido. No basta el lirismo imaginativo de trashumantes berberiscos ni los arranques declamatorios de los sátrapas del patriotismo, hecho petulancia, engaño y ficción No se conoce el Chaco como quien se asoma al brocal de un aljibe buscando entre sus aguas al intruso que las enturbia y encharca.

 

 

 

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