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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  YO POLÍTICO - LA CREÍBLE Y ALEGRE HISTORIA DEL PÍCARO JENOFONTE Y DE SU HERMANO EL INCAUTO, 1994 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


YO POLÍTICO - LA CREÍBLE Y ALEGRE HISTORIA DEL PÍCARO JENOFONTE Y DE SU HERMANO EL INCAUTO, 1994 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

YO POLÍTICO

LA CREÍBLE Y ALEGRE HISTORIA DEL PÍCARO JENOFONTE

Y DE SU HERMANO EL INCAUTO.

EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

 

 

Intercontinental Editora

Diseño de tapa: VIVIANA MEZA

Asunción – Paraguay

1994 (151 páginas)

 

 

  YO POLÍTICO: LA CREÍBLE Y ALEGRE HISTORIA DEL PÍCARO JENOFONTE Y DE SU HERMANO EL INCAUTO  

Se trata de unas sagas que toman como protagonista al personaje de moda de la incipiente democracia surgida tras el derrocamiento de la dictadura stronista: el Político. En un lenguaje satírico humorístico, el autor realiza una implacable vivisección del espécimen elegido y recrea toda una época de la historia del país por la que desfilan numerosos personajes que son sometidos a un sagaz análisis cuya finalidad lo constituye esencialmente la diversión, aunque subyace en la obra un trasfondo filosófico que complementa el aspecto primeramente señalado. El estilo ameno y directo, no exento de vuelos poéticos, da a la obra una tónica fundamental que la erige en una promesa para aquellos que gustan de disfrutar del placer de la lectura.

 

 

PRÓLOGO

En un desconcertante e inolvidable ensayo Oscar Wilde afirma que el crítico de arte debe ser injusto, insincero, e irracional; agrega también que el verdadero crítico debe saber apreciar en menos de treinta minutos si una novela está bien escrita o no, porque -dice con su siempre irresistible encanto- un buen bebedor no precisa beber todo el tonel de vino para cerciorarse de que es excelente.

El ensayo en cuestión leí varias veces y medité otras tantas y me fue imposible no darle la razón.

Un prefacio no aspira a ser una crítica sino meras disquisiciones indigentes debido a su propia limitación.

Cuando Emiliano me mostró su novela y estuve hojeando y leyendo al azar varios pasajes ya intuí que iba a ser agradable de ser leída.

Ya más tranquilo y con el ánimo predispuesto me deparó gratos momentos su lectura y creo que la fruición que a mí me proporcionó puede depararle también a terceros.

Lo que un lector le pide al autor de un libro es que le fascine y pienso que "YO POLITICO" logra con creces ese objetivo. Independientemente de la amena narración, el libro contiene bellas frases que impresionan la sensibilidad. De los cientos que contiene citaré tres o cuatro que para mí tienen una especie de soberbia maestría.

La novela comienza así: "Soy un farsante. Y un ladrón". Un sensible e inquieto lector se dice: ¡Epa!, aquí tengo un viejo conocido, seguiré leyendo para saber que cuenta este farsante y ladrón; veremos si es menos, tanto o más que yo. Es claro que hipotéticamente el lector puede también decir: éste no es de los míos; ¿porqué yo que soy impoluto habría de interesarme por este crápula que en la primera línea ya se declara un bandido? Y arroja la primera piedra, y el libro con él, y deja de leer. Espero que no te encuentres entre éstos.

En otra bella frase dice: "Las mentiras me nutren, me alimentan, tanto como a los demás". Bueno, digo yo, éste hombre por lo que veo sabe igual que yo que la mentira es más nutritiva que un sabroso alimento.

"Idolatrado por la gran masa sedienta de héroes y de actos heroicos", afirma en otro pasaje de la novela y encuentro gracioso la manera en que coincidimos.

Y de esa manera nos va adentrando en el infernal maremágnum que es la política. La famosísima profesión que efectivamente no necesita de ninguna preparación para ejercerla como nos dice en uno de sus epígrafes. Porque nosotros sabemos que cualquier albañil, agricultor, barrendero, necesita adiestrarse algo para ejercer su profesión, mientras nuestro simpático político sólo necesita de su caradurez.

Entre irónico e indignado nos va narrando con amenidad las trapisonadas de estos maquiavélicos seres. Pobre Maquiavelo; ¿tendría ganas de saltar de su tumba ante el oprobio que se le hace al compararlo con especímenes de esta laya?

Alguna vez dijo Ernesto Sábato, quizás con gran acierto, que la creación literaria es una catarsis. Pienso que nuestro autor tal vez necesitaba liberarse de la pesadilla que le producen estos voraces, inmortales y burdos genios de la mentira, que dan asco al más resistente y sano estómago.

Y cuando terminamos de leer lo referente a la política y los políticos no podemos dejar de lanzar un suspiro y recordar con tierna y lánguida tristeza los memorables y exquisitos versos de Fernando Pessoa que dicen así:

"La fraternidad al fin no es una idea revolucionaria.

Es una cosa que uno aprende por la vida adelante donde tiene que tolerarlo todo.

¡Y acaba casi llorando de ternura sobre lo que toleró!".

De improviso nuestro autor olvidando todas estas miserias se remonta y elige un tono lírico, una especie de poema en prosa y se dice: ¿Valen la pena estos nauseabundos menesteres, éste sórdido afán en donde todo vale, la traición, el desparpajo, la felonía y otras cien clases de desvergüenzas? No estaba para decirlo textualmente con sus propias palabras: "Sumergido en un océano oscuro en el que iba andando a ciegas, haciendo las cosas como quien da manotazos a diestra y siniestra, empujado por algo ajeno a mi voluntad, a mi verdadera y genuina voluntad". Y continúa diciéndonos cosas bellas haciendo que participemos de sus dudas, de sus angustias y de sus bellos estados de ánimo.

En un lugar de su vasta y encantadora obra Nietzche dice que todo buen libro tiene un sabor áspero cuando aparece porque su autor le perjudica pues aún está vivo y todo el mundo confunde al autor con su obra. O sea, dicho alegremente, tenemos que estar muertos, bien muertos para satisfacción de los demás. Eso mismo: Ya poti vaerâ lo mitâ para dar gusto a la gente.

Y bueno; las parcas son veleidosas y muchas veces se resisten a darnos ese gusto. Tratemos entonces para alejar el malhumor de recordar esta otra frase de Nietzche que dice: "Los buenos lectores hacen siempre mejor un libro y los buenos adversarios lo esclarecen". Ojalá estés entre uno de éstos. Si no eres un buen lector osa por lo menos a ser un leal y buen adversario.

CRISTIAN GONZALEZ SAFSTRAND

de setiembre de 1993.

 

 

YO POLÍTICO

LA CREÍBLE Y ALEGRE HISTORIA DEL PÍCARO JENOFONTE Y DE SU HERMANO EL INCAUTO.

 

(La mayor impostura es pretender el gobierno sin estar capacitado)

Jenofonte.

 

(La política tal vez sea la única profesión para la que se cree

que no se necesita ninguna preparación)

R.L. Stevenson.

 

(Parece que quien aprovecha el poder político para obligar a otros a aceptar sus ideas,

inevitablemente queda corrompido por ese poder.

Andando el tiempo, llega a pensar que el poder y el buen juicio son lo mismo y que,

como tiene poder, debe de estar dotado de buen juicio.

Entonces comienza a perder la capacidad de distinguir entre lo moralmente recto

y lo políticamente ventajoso)

Ben Morrel.

 

 

I

EN DONDE JENOFONTE SE IMPONE LA ÍMPROBA TAREA DE DECLARARSE UN RÉPROBO.

 

Soy un farsante. Y un ladrón. Esta es mi historia, que, para no perder la costumbre la denomino con un título robado a alguien, vaya a saber a quién, de tantas cosas me apropié que carece de importancia saber quién fue su dueño, después de todo lo he vestido con un disfraz y lo he maquillado con harto donaire, de modo que los incautos habrán de suponer que es fruto de mi erudicción, en la ignorancia de que jamás leí la obra que lo inspiró, y que se trata de un rótulo que quedó grabado en mi memoria como esos jingles publicitarios repetidos una y mil veces en la televisión.

Soy un héroe, casi un santo, para los otros. Valiente e intachable, la gente me ha recreado dotándome de virtudes tan excelsas que para ella, estoy despojado de mi cascajo humano, soy un dios. ¡Y cuánto me gusta! Qué más da si es un espejismo, una patraña. Las mentiras me nutren, me alimentan, tanto como a los demás.

Es de rigor comenzar mi exposición refiriéndome a mi nombre: JENOFONTE. Sonoro y ampuloso, con inocultables evocaciones marciales, me lo habrá endilgado mi padre en uno de sus arranques de chifladura, cuando le daba por helenizar al mundo, fascinado y nostálgico por todo lo que concernía a la Antigua Grecia.

Huelga decir que tal apelativo me provocó más de un bochorno, pues tempranamente el sadismo infantil de mis pequeños congéneres me hizo conocer el sabor amargo de las burlas y el ridículo. La verdad sea dicha, el marcante más benévolo que recibí a causa de mi nombre fue probablemente el de "RINOCERONTE" que no difería al fin de cuentas notoriamente del sonido del nombre original. Porque si fuese a rememorar la inagotable inventiva de esos párvulos para adjudicar-me los motes más grotescos acompañándolos con las pullas más crueles en alusión a mi nombre sería cosa de nunca acabar.

No obstante, para que se vea una vez más la relatividad de todas las cosas, he aquí que hoy este nombre constituye parte inseparable de esa imagen ínclita que proyecto. Hoy este nombre es sinónimo de valentía, de lucha, de grandeza, de héroe impoluto e inclaudicable, es el Robin Hood de estas latitudes. Notable ironía, ese mismo sonido ridículo convertido en símbolo de decencia y distinción, en lo bueno y lo bello por antonomasia, merced a la conveniente distorsión de los hechos lograda por la propaganda y la fuerza de la bendita costumbre.

Conste que por ahí comenzó la primera USURPACION que cometí puesto que quien realmente inició la tarea de depurar tan grotesco gentilicio fue mi hermano JENOFANES, el cual tenía ya ganada una notoria reputación cuando me acogió a su lado como colaborador en la empresa que tenía montada. La misma al frente de la cual hoy me encuentro después de provocar la muerte de su fundador.

 

 

II

NOTICIAS Y DETALLES SOBRE UNA FLORECIENTE INDUSTRIA QUE NO CONTAMINA EL AMBIENTE.

 

Pero vayamos por partes. Despejada la incógnita de mi estrafalario apelativo, continuando con la función de presentarme, cumplo en informar que soy de profesión político. La política en verdad, antes que una profesión es una verdadera industria, sin chimeneas, como el turismo, pero tan generadora de divisas como él. ¡Si sabré yo el flujo continuo de moneda fuerte que ingresa para poder subsidiar la actividad política, remesada por cada organización que se tilda de filantrópica con el declarado propósito de salvar al país de las garras de la pobreza, del hambre o del comunismo internacional!.

Es interesante acotar, empero, que la profesión citada, es decir, la de político, constituye sólo de hecho mi ocupación habitual, pues poseo otros diversos oficios que, aunque no los ejerzo de manera normal, le dan mayor lustre a la primera, pues la envergadura del status logrado aumenta proporcionalmente con la cantidad de títulos académicos acumulados. Nada tiene de raro entonces que ostente los di-plomas de médico, abogado y economista, para conseguir los cuales me vinieron de perillas los respectivos cursos lectivos, ya que me permitieron cultivar el aprendizaje del arte que hoy profeso con singular destreza.

Ello no significa sin embargo que, en la medida que sean útiles para mis fines, no ejecute trabajos inherentes a dichos oficios. Por el contrario, a través de ellos es que suelo contactar con la gente, substrato indispensable de la actividad en la que estoy embarcado. Sucede entonces que cuando radico una petición de habeas corpus ante la Corte, o formulo una denuncia criminal contra algún pobre infeliz que se ha descuidado al meter la mano en la lata, o también, si expido un certificado médico falso para un compañero de la lucha que necesita romper con él el esquema de algún enemigo, ahí es cuando adquiero toda la dimensión de defensor de los derechos humanos, la típica figura del tribuno o fiscal popular, idolatrado por la gran masa sedienta de héroes y de actos heroicos.

Debo reconocer que esa figura de Mesías que me adjudican la debo en gran parte a la buena suerte (sin desmerecer a mi inteligencia), pues muchos colegas míos, a quienes no les voy en zaga en ambición y vanidad, se han simplemente quemado por causa de una opción equivocada: No es que se atribuyan menos la calidad de defensores de la causa de la humanidad, sino que tomaron partido por el sector que no goza de la simpatía de la GRAN HACEDORA DE FAMAS Y REPUTACIONES: LA PRENSA.

La verdad es que para lograr los favores de esta esquiva diosa es menester que se conjuguen factores tan diversos como impredecibles. Pero una vez que ella haya creado el ídolo, casi siempre se le torna inevitable seguir manteniendo, y aún, aumentando esa imagen, para alimentar la expectativa de miles de lectores hambrientos de hazañas de las que ellos se sienten incapaces, lo que no impide que se identifiquen con aquel.

"No todo lo que brilla es oro", dice un refrán, pero su inventor habrá tratado en vano de inculcarlo a la gente, para quien precisamente todo lo que brilla es oro: Encandilada por los fogonazos y destellos, no distingue ni quiere distinguir entre las chafalonías y las auténticas joyas.

Verdades a medias, que no son sino mentiras, convenientes tergiversaciones, inequívocas actitudes tomando partido por uno u otro sector, vertidas desaprensivamente en la prensa escrita, oral o televisiva, van modelando las imágenes que la incauta opinión pública forja de sus héroes y rufianes. ¡Qué risa me da pensar en el disparate que implica la pretensión, y aún, el convencimiento de algunos, sobre la coherencia de sus ídolos! ¿Si la naturaleza toda es contradicción ¿puede acaso el ser humano, expresión más acabada de ella, escapar a esta regla?

Acude a mi mente el recuerdo de mi hermano Jenófanes, quien por su incapacidad para entender esta realidad tuvo que perecer.

Lástima que llevara hasta la tumba ese tonto prurito. "El único culpable de mi muerte es mi hermano Jenofonte. Prohíbo su presencia en mi velatorio y sepelio", rezaba el mensaje que dejó al suicidarse, que, (cómo no lo habrá pensado) fui yo quien lo encontró, y el único en enterarme de su contenido.

De nuevo me estoy adelantando a los acontecimientos. Tal parece que algunas ideas fijas me hacen olvidar a la cronología.

 

 

............................

 

XLI

SE GESTA LA LEY FUNDAMENTAL VIOLADA ANTES DE NACER

 

Se vino después la reforma constitucional tan esperada. Los colorados habían aprendido que no se podía dormir sobre los laureles y tampoco pelear encarnizadamente encima de ellos como lo habían hecho con adversa fortuna en las recientes elecciones municipales. Por consiguiente, cerraron filas para esta ocasión y obtuvieron un increíble 58% de los ciento noventa y ocho convencionales que debían abocarse a tan ímprobo cuan excelso cometido. Afortunadamente, algunos de los postulados para esa insigne labor eran entes pensantes, porque si computáramos exclusivamente a aquellos que fueron convocados para hacer número no quiero imaginar la clase de Constitución que hubiera recaído. Aún con los cráneos de los contados bochos funcionando a full, la Constitución que parieron no se erige precisamente en modelo para regir los destinos de un país, pues las ambigüedades y contradicciones de que está plagada no garantizan una fácil aplicación de sus normas cuando se quiera evitar los abusos de los avivados de siempre. No obstante, sirvió para fomentar la ilusión tan necesaria de que el pueblo podía crear en libertad, dejando atrás una nefasta era en que se lo manoseaba con tanto descaro que el bochorno y la cobardía signaban su triste andar.

Pero la Constitución sirvió para algo más: Para echar por tierra definitivamente las aspiraciones presuntas o reales a la reelección del Presidente Rodríguez y para terminar con las especulaciones sobre este escabroso tema. Esa fue una cuestión que tuvo en vilo a todo el mundo hasta ese momento. Aunque el propio interesado había declarado una y otra vez que entregaría el mando una vez completado su período, evidentemente ni él mismo estaba convencido de ello, pues no dejó de mostrarse equívoco en varias oportunidades en que los paniaguados de siempre propugnaban su reelección. Y la prueba de ello sobrevino cuando los argañistas le pusieron la tapa con las disposiciones transitorias de la mentada Constitución, vedándole la postulación no sólo a él sino también a toda su parentela hasta el cuarto grado. Corcoveó tanto por tan inocente maniobra (que se limitaba a tomarle la palabra escribiéndola en la novísima Constitución), que no pudo evitar que la perrada se regocijara al pillar que le jodieron limpiamente, ya que sus intenciones eran otras (había sido). A nadie convenció con su airada actitud de dignidad herida por la presunta duda que se permitieron los ciudadanos convencionales sobre su palabra empeñada. Y cuando Hugo Estigarribia Elizeche salió a decir que "la palabra de un soldado vale más que mil leyes", su exaltada declamación, sólo sirvió para que le tomaran del pelo, que bien merecido lo tenía. No era para menos: Hombre de Derecho por excelencia, se sintió paradójicamente inflamado por la viril entereza de los grandes Hombres de Armas que desde siempre asolaron este planeta y profirió su jeremíada con absoluto desparpajo. Se olvidó en ese instante de la sabia sentencia de Montaigne: "Nadie está exento de decir sandeces; lo malo es decirlas con pompa". Ni siquiera la manifestación que organizaron en desagravio al ofendido sirvió para nada, pues hasta el menos avisado entendió que el trasfondo del asunto era otro. Finalmente, con esa situación se inauguró la primera violación que sufrió la virginal Carta Magna: Pichado por el ultraje, Rodríguez se negó a jurarla ante la Constituyente -CO NACO, habrá dicho parafraseando a Ricardo Caballero Aquino=. Total, que la gente no se dio demasiado por enterada de esa situación, porque, después de todo, mucho ya se tenía que agradecerle por la graciosa concesión de no aumentar su enojo hasta el punto de erigirse abruptamente en un nuevo Dictador, que no sólo podía hacerlo si así se le antojaba, sino que tal enojo iba a ser compartido y recibido con beneplácito por innumerables habitantes de este suelo que están ansiosos de que sus problemas les sean mágicamente solucionados por algún Mburuvichá Guazú, o por los testaferros que a éste pluguiera designar.

 

XLII

MUERTO EL REY, VIVE EL REY.

 

La transición seguía transcurriendo entretanto con un ritmo vertiginoso. No era problema menudo la redistribución de los factores de poder entre tanta gente que quería llevarse todo por delante, como de costumbre. Luis María Argaña, cuando la fortuna aún le sonreía, había dado por descontado que sería el sucesor de Rodríguez, pues se sentía el más carismático y quizás hasta el más churro de todos los potables dentro del Partido Colorado, amén de que todas las apariencias lo sindicaban desde el principio como el caballo del comisario. Un desliz y otro desliz, y su prepotencia enraizada como mala hierba en su adentro, hizo no obstante que su mentor lo repudiera. Lo que no impidió que siguiera acariciando y rumiando sordamente su plan. Que desembocó finalmente en una de las internas más sangrientas de que se tenga memoria en la historia de la democracia, ganándole, contra viento y marea, al favorito del Rey, el ilustrísimo y dignísimo Juan Carlos Wasmosy. El cual no tuvo problemas para torcer el resultado a su favor, convenciendo con su proverbial amabilidad a los Jueces del Tribunal Independiente del Partido -previamente digitados por él y sus secuaces- de que al país le convenía que sea él el candidato. Sus métodos de persuasión quedaron en la incógnita, aunque no se necesita ser arúspice para imaginar que los incorruptibles miembros de dicho Tribunal actuaron con absoluta imparcialidad, en beneficio exclusivo de la patria y el Partido Colorado. Después de todo, Carlos Raúl Noguera, su Presidente, tenía una bien conocida trayectoria como miembro de un Poder Judicial al que hizo honor en su momento.

Laíno consiguió aglutinar a las huestes del PLRA y Caballero Vargas llevó adelante un proyecto que reunió en su entorno a los que no tenían cabida ni en el Partido Colorado ni en el Liberal (radical auténtico), que, a estar por los pronósticos eran los que más chance tenían para lograr el triunfo. Y lo que aparecía fuera de duda era que si ambos se unían, (Caballero Vargas y Laíno) podían borrar a Wasmosy, pero vana sería toda ilusión. Cada uno de ellos culpaba al otro, y cada uno se convencía de que podía holgadamente ganar sin el otro, hasta que finalmente se presentaron por separado, como desde luego era esperado por todo el mundo que hacía rato había dejado de creer en los Reyes Magos.

Y he ahí que yo aparecí, en esa coyuntura. Me lancé también como candidato independiente. JENOFONTE, el candidato, el único predestinado a salvar a la nación de las penurias en las que estaba sumida. Nadie me hubiera dado chance, en un comienzo, y como Zapag, Coco Arce, Canese y algún otro ilustre desconocido, la pregunta que se formulaba el electorado respecto a nosotros era si a qué extraña chifladura obedecía nuestra estéril postulación.

Sin embargo, y contra todos los pronósticos, con un trabajo tesonero en el que tuvo principal protagonismo el vil metal, gané las elecciones y salí electo. JENOFONTE, el Presidente es ahora el slogan. Desde luego, yo jamás puse en duda que lograría mi objetivo. Le gané a Wasmosy. Le gané a Laíno. Le gané a Caballero Vargas. A pesar de que cada uno de ellos se proclamó ganador al término de las votaciones, la victoria fue mía.

Sin desmerecer a mis rivales, fui yo el que utilicé con mayor destreza la trampa, el fraude y la mentira. El dinero que había acumulado con todo ahínco, fue el determinante de mi éxito. No digo que mis adversarios actuaran con probidad, respeto y delicadeza, pero sin duda yo les superé con creces.

No se equivoca en consecuencia quien diga que en estas elecciones ganó el más sinvergüenza, el más cínico, el más caradura. Ganó como de costumbre la corrupción, la prepotencia, la hipocresía. Ganó el vicio, ganó la impudicia. Ganó a todos y a cada uno de los políticos paraguayos que compitieron a más y mejor para acumular votos apelando a cualquier medio.

Tal vez no debiera ser tan implacable con mis colegas y conmigo mismo, pero no puedo menos que mirar este acontecimiento como un gran fraude, una farsa gigantesca donde la constante fue la inescrupulosidad. Para ser paradójicos, hasta los más honestos fueron inescrupulosos a la hora de sumar votos. Que más da, si los demás hacen la misma cosa. Sencillamente se invirtió el imperativo categórico de Kant. No hagas a otros lo que no desearías que te hagan a tí, decía este iluso filósofo. Aquí encontraron la fórmula contraria: Haz a los otros lo que te plazca, si total ellos hacen contigo la misma cosa. Es la perfecta máxima para justificar todo tipo de desmanes.

En fin, logré alcanzar mi meta. Y heme aquí sin saber qué hacer con ella.

¿Esto era todo lo que yo perseguía?. Es lo único que me pregunto día a día, momento a momento. Y no obtengo otra respuesta que un gran vacío, una sensación de impotencia, la certeza de que el poder logrado a costa de cualquier cosa no es otra cosa que una ilusión vana, un espejismo inútil, algo tan engañoso como la creencia de que soy el único dueño de mi destino y el de los demás.

Llegado a este punto mi historia tendría que concluir. Después de todo, conseguí todo lo que quería. Desde mi nacimiento hasta hoy mi única finalidad fue llegar a este punto. De este lugar ya no sé a donde ir, me tendré que ocupar de ejecutar los actos más prosaicos y fútiles de la humana especie como comer, dormir, defecar, copular, en fin, ponerme a esperar que la muerte llegue con su inexorable sino a poner término a esta existencia sin sentido.

Es que, logrado el objeto de mi amor, encuentro que está muerto. El Poder que perseguía con tanto ahínco no es sino un cadáver que no me sirve para otra cosa que seguir siendo un cínico, un ladrón, un farsante, un desalmado. En síntesis, lo mismo de siempre. Volví al comienzo del camino, sin hallar lo que buscaba con tanto afán. Pero, ¿qué es lo que buscaba?. No era el Poder, evidentemente, al menos aquel entendido en el sentido limitado de nuestro lenguaje cotidiano. Era algo desconocido que me llevaba a concentrar mis energías en una quimera que mi mente la concibió como la suma de los dones de la Naturaleza.

No obstante, al menos esta búsqueda me ha mostrado lo inútil que es empeñarme en lograr algo tan inconsistente y efimero como el seudo-poder que no es sino un inmenso vacío, y fuente de toda desdicha, perturbaciones y conflicto. Me resulta difícil imaginarme realizado a Carlos Barreto Sarubbi, a pesar de su ampulosa declaración de que a las autoridades las elige Dios, mientras hace ostentación de sus riquezas exhibiéndose con Zuni Castiñeira, la espectacular modelo que adornara las páginas de Play Boy.

¿Qué buscaba, entonces, que no lo sabía? No era ese ilusorio poder que, una vez conquistado, me produce solo una infinita sensación de impotencia. ¿Dónde está lo que buscaba? Y sobre todo, ¿con qué instrumentos buscarlo, por dónde he de caminar, qué debo hacer?

¿No será cuestión de desandar lo andado, de transitar por el camino de vuelta, de hacer exactamente lo contrario de lo que hasta hoy estuve haciendo?

A decir verdad, hoy que estoy al final de mi historia, que la he relatado con la más absoluta sinceridad a pesar mío, siento como si me hubiese desembarazado de un gigantesco peso, como un reptil que tras largo sueño de invierno se despelleja y siente el suave calor de la luz solar infundiéndole nueva fuerza.

Raro fenómeno éste que me ocurre. Es como si mi historia la hubiera ido escribiendo a medida que me acontecía, siento la sensación de que lo pasado ha sido como un sueño, estuve sumergido en un océano oscuro en el que iba andando a ciegas, haciendo las cosas como quien da manotazos a diestra y siniestra, empujado por algo ajeno a mi voluntad, a mi verdadera y genuina voluntad, estaba profundamente dormido en el interior de la caparazón de mi egolatría mientras caminaba como un sonámbulo pateando a todo cuanto se negara someterse al reducido campo de mis apetitos.

Esta exploración, esta indagación, este desnudarme a través de la exposición de mis falencias ha significado para mí como un lento descascararme, una metamorfosis al revés de la que aconteciera con el personaje de Kafka, un nacer de nuevo como el acontecido con el mítico Dionisio emergiendo del muslo de su padre Zeus. De forma similar me he sumergido yo dentro mío, rememorando la sabiduría contenida en el mito griego, recogida por la enseñanza bíblica del HOMBRE que necesita NACER DOS VECES para entrar en el reino de los cielos, y cual crisálida que se convierte en mariposa, hoy me siento dispuesto a volar.

Pero intuyo que ello sólo será posible si CAMBIO RADICALMENTE MI ACTITUD. Si decido tomar el camino de regreso. Siempre que sea capaz de dar un GIRO COPERNICANO A LA INTELIGENCIA, como dijera alguien. Tengo que ponerme en la vereda opuesta y mirar con otros ojos de los que hasta hoy he utilizado.

Si antes NUNCA AME otra cosa que a mí mismo -¡y con qué fuerza!- es menester que ahora comience a AMAR A LOS DEMÁS.

Amarlos como a mí mismo, y de ser necesario, amarlos más aún. Amar a mis enemigos. ¡Qué utópicas, qué irreales, qué inaccesibles me sonaban estas palabras hasta ahora!

Sin embargo, gracias a ese CAMBIO DE ACTITUD, hoy comprendo. La Naturaleza toda es AMOR. Toda ella es ENTREGA. Todo en ella es SERVICIO para que YO pueda VIVIR. Un sólo segundo no sobreviviría de no contar con el aire que respiro, la luz que me alumbra, el alimento que me fortifica y el agua que me calma la sed. Pero para encontrar el AMOR es menester que haga uso de mi LIBERTAD. Ella es el instrumento que me permitirá a cada instante discernir lo correcto, lo válido, lo justo. ¿Acaso alguna vez, en el curso de toda mi vida, he actuado con libertad? Esa libertad tan cacareada, tan exigida, tan reclamada no era sino la pretensión de hacer lo que quería a pesar del querer de los otros, en detrimento de otros, buscando ampliar mis posesiones a costa de los demás, sacar ventajas para mí sin importarme el perjuicio que provocaba. La VERDADERA LIBERTAD consiste en la CAPACIDAD DE OPTAR EN CADA INSTANTE POR LO JUSTO. Lo JUSTO que trasciende a mis apetencias, a mis conveniencias, a mi negativa de ver las necesidades de mis congéneres, a mi ceguera, a mi propensión de justificarlo todo con mis debilidades y la excusa de la lucha por la supervivencia, a ese acomodamiento incesante para satisfacer mis gustos e impulsos más primarios. La LIBERTAD que me permita encontrar LA VERDADERA VERDAD. La cual a su vez ME PERMITIRA SER LIBRE. Libre de las ataduras de mis vicios, de mis flaquezas, de mis torpes y tontas ambiciones. Notablemente, en esta perspectiva, la LIBERTAD Y LA VERDAD se confunden, CONVERGEN. SON UNA MISMA COSA. Con la VERDAD soy LIBRE. Con la LIBERTAD, encuentro la VERDAD.

Más notable aun: No sólo ambas realidades convergen. Si profundizo, descubro que el AMOR converge con LA JUSTICIA, CON LA VERDAD, CON LA BELLEZA, CON LA LIBERTAD, CON LA ENTREGA, CON EL AMOR DE NUEVO, TODO ES UNO. Toda tiende a la INTEGRACION.

Pero debo comenzar por INTEGRARME YO MISMO. Debo ter-minar con la MENTIRA que me FRAGMENTA. Si miento, DEJO DE SER UNO. Soy YO y también el NO YO. Por ahí es donde me pongo a mirar a los demás y a verlos como en un espejo, y los juzgo y los califico, los censuro y los anatematizo. Obviamente, antes de mirar a los demás, debo mirarme a mí mismo. Ese es el punto de partida. Después vendrá lo otro.

Antes de comenzar esta historia invariablemente miraba a los demás y al ver en ellos reflejados mis defectos, era implacable con ellos y benévolo conmigo mismo pues no atinaba siquiera a observar me. De ahí que lo dicho por mí de mis congéneres en esta historia debe ser tomado con pinzas, pues si ni siquiera a mí me conozco bastante cuánto menos he de saber de los demás. Lo dicho sin embargo dicho está. Nada puede cambiarlo. Y afortunadamente dí comienzo a esta narración, y a través de ella, comencé a mirarme, comencé a sincerarme, y aunque me costó su tiempo entender, al término de la misma, con mis lastres a cuestas, culminada mi frenética maratón en pos de un poder que se convierte en el no poder, advierto por fin que el quid de la cuestión se halla en el CAMBIO TOTAL, en la CONVERSION EN UN SER NUEVO, en el DESEMBARAZARSE DE LAS INFINITAS MEZQUINDADES que desde siempre se han adueñado de mí.

Y allí es donde vislumbro OTRO PODER. EL PODER INFINITO DEL AMOR. Esto desde luego es algo que debo aún descubrir en plenitud. En realidad, lo voy descubriendo. Lo más increíble es que a medida que realizo la búsqueda ya lo voy experimentando, lo voy sintiendo. Parece como si todo hubiera estado ahí desde siempre, y yo no lo hubiera visto, no atinaba a tomarlo. Es una experiencia inenarrable. Lo más que puedo hacer es exponer en pobre palabras algo de lo que me va aconteciendo. Porque ya intuyo, esta sí es una historia interminable, una historia sin fin, algo que sólo se conecta con la ETERNIDAD. Para dar una pálida idea de ello me permito representar esos hallazgos con estos pensamientos que algo tratan de expresar en la medida que se suceden los días y los acontecimientos.

 

 

 

XLIII

 

METAMORFOSIS.

 

Sin duda, he cambiado. Hoy ya no me parecen tan descabelladas esas ideas o creencias que antes me parecían tan absurdas como la transmigración de las almas, la reencarnación, la inmortalidad, u otras por el estilo. Ante el misterio insondable de la vida y del universo debo rendirme y decir que todo puede ser posible.

La capacidad para percibir lo que llamamos belleza constituye sin duda una de las dimensiones por las que debemos transitar quienes deseamos sacarle el jugo a la vida. Sentir que nos impresiona el suave sacudir de las plumas de un pajarillo, la profunda mirada de unos ojos enamorados, la frescura de las risas y movimientos de una chiquillla, y tantas otras cosas que están como invitando que las tomemos, siempre que nos abramos a ellas, es el modo en que podemos arañar el borde de la inaprehensible y verdadera realidad.

Tao le llaman los filósofos chinos a la definitiva realidad. Dios le llamamos nosotros, heredando el vocablo de los griegos, quienes quizás lo pronunciaban Teo. Yahve o Jehová le dicen los judíos. Los guaraníes lo pronunciaban Tupá. Todos esos nombres quieren expresar una idea, una aproximación a una concepción de algo que no conocemos pero que intuimos que existe porque al menos eso Iremos saber de nosotros, que existimos, y si más allá de eso lo ignoramos todo hallándose abierta empero la posibilidad de escudriñarla, es de suponer que la definitiva y última verdad está en algún lugar que, quien sabe, podemos alcanzar de algún modo. El Tao no es el tao que expresan las palabras, decía Lao Tsé. Ninguna palabra puede definir la realidad última, la realidad real, ellas no son sino pálidos reflejos de aquella, que quizás pueda ser captada por la mente humana hallándose en algún estado indescriptible al que se llega tras arduos ejercicios, y al parecer así lo confirman las experiencias de las que dan cuenta una sabiduría milenaria.

Es vana la pretensión de torcer el curso de los acontecimientos. Es inaudita la soberbia del hombre que cree poder dominar a la naturaleza. Esta, cuando menos lo imagina, le llega con toda su potencia y cual brizna en un torbellino lo arrastra inexorable por inciertos rumbos. De ahí la conveniencia y la necesidad de acompañar a la corriente, de colocarse en el sentido en que fluye la naturaleza e ir con ella como quien nada a favor de la corriente. La libertad del hombre tiene que ser usada en ese sentido, nunca en otro, pues no la tiene tanta como para chocar contra un poder que escapa a su control.

Si no está a mi alcance el cambio de las cosas externas a mí de modo que acontezcan para bien al menos debiera ocuparme de cambiar aquellas que están en mi interior para tratar de lograr un mayor bienestar personal. Frecuentemente se tropieza con sesudos individuos que impugnan todas las estructuras vigentes, señalando allá y acullá las notorias falencias de los demás, pero a poco que se los investigue se cae en la cuenta de que son incapaces de moderarse tan siquiera en las comidas.

El amor impele a la unión. Unión que está más allá de lo meramente corporal, aunque en el intento de compenetrarse, los cuerpos actúen como una especie de imperfectos instrumentos con los que se quiere alcanzar la plenitud.

Existe un conocimiento que trasciende lo racional o intelectual. Se trata de una sabiduría que se logra en un nivel de conciencia donde sólo funciona la fe del saber, inexpresable en palabras, ya que éstas a la postre no son sino una representación inadecuada de la realidad. Sé que conozco cosas o creo que las conozco y que escapan a toda posibilidad de comunicación con los precarios medios de que dispongo para ese menester.

Para visualizar la realidad es menester a veces cerrar los ojos. Se la ve mejor con los ojos cerrados porque los triviales sucesos impregnados de nuestros prejuicios e impulsos básicos y contradictorios nos distraen e impiden que veamos las cosas tal cual son, valga la paradoja.

Nuestra visión de la realidad está contaminada de prejuicios. El Universo es una paradoja. Las cosas son y no son. La vida y la muerte son inherentes a la Naturaleza. Todo tiene su opuesto. Solo sé qué soy hoy, no lo que fui ayer ni lo que seré mañana.

Es notable cuán difícil me resulta entender que si hago las cosas correctamente voy a sentirme mejor que si las hago de manera impropia. Así, voy engañando a los otros y engañándome a mí mismo, me creo muy astuto cuando me aprovecho de alguien a quien considero ingenuo y cada cosa que hago la realizo con la mira de no dar ventaja ni que me la saquen a mí, mientras que si me dispusiera a brindarme con entera sinceridad a los requerimientos de los demás haciendo simplemente lo que está a mi alcance y recibiendo por ello la compensación justa me siento infinitamente más satisfecho conmigo mismo.

Estoy en la búsqueda de la autenticidad. Esta búsqueda incesante quizás nunca termine, y en el camino que voy recorriendo caigo claramente en la cuenta de que el trecho recorrido es tan ínfimo que lo que resta es demasiado. Debo despojarme de incalculable cantidad de preconceptos, de ideas estereotipadas que me mantienen atado, sacudirlos, desembarazarme de ellos, tirarlos por la borda, para iniciar el aprendizaje de actuar con espontaneidad.

Me pregunto a veces si los animales a quienes consideramos inferiores en la escala biológica frecuentemente no sentirán la vida con mayor intensidad que nosotros, los muy orgullosos humanos. Cuando veo retozar con brío a los cachorros y surcar el aire velozmente a las aves, se me antoja que esa gracia que emana de sus movimientos los pone en sintonía con el Universo y se integran a él en perfecta sincronización, superando con creces a la dura apatía que se adueña de la mayoría de los hombres.

Entender que no entiendo me provoca raramente una extraña sensación de sorpresa y deleite. ¿Acaso entiendo en plenitud todo el proceso que ocurre con estos alimentos que estoy ingiriendo, los innumerables pasos que se producen para que se incorporen a mi metabolismo, y así, por añadidura, cada suceso que sin pausas va aconteciendo a cada instante? La conciencia de la inabarcable complejidad del Universo del que me siento parte me sume en una perplejidad embriagadora. Comprendo ahora el porqué de la admiración universal provocada por la proposición de Sócrates: "Sólo sé que no sé nada". Con el amor en mí, nada me asusta.

Paradoja de las paradojas: Debo desconectarme para conectarme. Me explico. Cuando quiero entrar en sintonía con el Universo debo desembarazarme de la carga de prejuicios que me tiene aprisionado al mundo. Entrar en sintonía entraña incorporarse al ritmo cósmico acompasadamente sin dejar que las trivialidades que perciben mis sentidos y los pensamientos moldeados en ellos me perturben. Verbigracia: Si me pongo a danzar en público buscando sincronizarme al ritmo universal, me acomete el pensamiento de que hago el ridículo; si va caminando a mi lado una joven mujer se me ocurre tener trato carnal con ella. Hay que desconectarse de estas cosas. Hay que acompañar el vuelo de los pájaros, el vaivén de los columpios meciéndose en múltiple trama con los saludables y bellos párvulos montados en ellos ensimismados en su cometido, la suave caída de las hojas de los árboles, el rumor del viento y el trino de las aves. Y uno vuela con ellos. O baila la danza perpetua de los átomos o como se quiera llamarlos, que llevan intrínseco el impulso a organizarse, a buscar el orden, a burlar la llamada segunda ley de la termodinámica.

Estoy en la búsqueda del sentido de la vida. No puedo conformarme a pensar que ella se circunscriba a los actos estereotipados que me obligo a hacer por mi necesidad de supervivencia, aún con los fugaces destellos que entreveo en mis incursiones por los campos del arte, la filosofía o el amor. Intuyo lo escabroso del camino a recorrer en esa búsqueda, pues ya caigo en la cuenta de que con las cosas humanas cotidianas con las que estoy acostumbrado a lidiar me encuentro a sideral distancia del sentido profundo que debe tener necesariamente la existencia. Buscad el reino de Dios y su Justicia y todo lo demás se os dará por añadidura decía un respetable maestro a quien al parecer no le entendemos generalmente. El reino de Dios y su Justicia se me hace que está básicamente en la autenticidad e integridad de cada uno. Vale decir, cuando comienzo mi búsqueda debo antes que todo preguntarme si soy sincero conmigo mismo y con los demás, debo interrogarme si no me estoy yo mismo mintiendo para satisfacer precisamente ciertas tendencias dañinas para mí como para otros, si no estoy comiendo sólo para satisfacer el paladar y no para incorporar al organismo las sustancias nutricias que necesito. Cuando inicio mi búsqueda en ese punto, todo se presenta más claro. Es verdad que el misterio de la existencia es tan insondable que toda pretensión por desentrañarlo resulta a primera vista un emprendimiento inaccesible. Pero a poco que uno comience se le ocurre que quizás el sentido de la vida estribe precisamente en la búsqueda de ese sentido, valga la paradoja. De todos modos, heme aquí con mi existencia que la tengo sin que yo haya intervenido para ello, y con el atributo al parecer inexorable de su extinción total transcurrido cierto tiempo. Pero he aquí el problema. ¿Sé acaso qué es el tiempo? Me dicen los físicos basados en sus experimentaciones e indagaciones, y lo tomo en apoyo de la incógnita planteada, que el tiempo no transcurre -no existe- dadas ciertas condiciones. Complicado es el tema, y aunque puedan refutarme diciéndome que no es bajo tales condiciones que suceden las cosas que rutinariamente nos ocurren, ello evidentemente soslaya aspectos esenciales de la realidad, pues de ellas forman parte incuestionablemente la luz que nos alumbra y nos da energía, las radiaciones de todo el espectro electromagnético que provoca infinitos cambios en la inabarcable complejidad de los objetos de nuestro mundo, y hasta los electrones y nucleones integrantes de los átomos que nos constituyen que si no se mueven a la velocidad de la luz al menos se le aproximan bastante, según dicen, lo que significa que este problema del tiempo como factor determinante y único de cierto suceso como la muerte aparece nomás indudablemente como insoluble.

Cómo saber qué es lo importante, he ahí la cuestión. Lo importante en cada momento, qué hacer, qué decisión adoptar en función del sentido último que le atribuyamos a la vida. Porque después de eso todo es nada. Inadecuadas son las palabras, todo en ellas se presenta contradictorio, paradojal, pero no tengo otro medio para expresar lo que siento. Lo cierto es que si tengo en mira lo que verdaderamente cuenta, todo resulta más fácil. Y lo que verdaderamente cuenta se me hace que está por encima de los afanes mundanos, de la búsqueda de aplausos, de riquezas y placeres meramente sensuales, del poder y la fama. Está, lo intuyo, en el goce creativo, en la labor artística que otorga a quien la desarrolla una satisfacción íntima que radica esencialmente en ella misma. Está en la indagación de lo más recóndito del propio ser, en el discernimiento de la libertad de obrar y en la convicción de haber adoptado la decisión justa en cada caso. Se me ocurre que para conocer lo importante en ese contexto hay una suerte de llave que permite acceder a ello. Y se me ocurre también que esa llave es el amor, para ser más enfático y específico, el amor es la clave del Universo, como lo han enseñado los que antes de ahora se han puesto a reflexionar sobre el tema. El amor que implica en primer término autenticidad, sinceridad, integridad, luego respeto a sí mismo y a los demás, certeza de que ningún acto personal provoca daño, significa ternura, sensibilidad, capacidad para percibir la belleza, amplitud, consideración, alegría de vivir, creatividad, compasión y otra gama infinita de sensaciones o estado mental que toda pretensión de definirlo o describirlo resulta vana. Con esa llave en la mano, creo, resulta sumamente fácil determinar qué es lo importante en cada momento, lo justo resplandece, todas las cosas y las personas se presentan transparentes y uno va caminando con su libertad en alto, poseído de extraña euforia y clarividencia.

Siento que mis potencialidades son inmensamente superiores a las que usualmente empleo. Soy como una pesada carreta que cuesta moverla, la modorra, la apatía, la pereza me entumecen, me encadenan y me impiden arrancar, me cuesta colocarme en el concierto cósmico para sumarme a la perpetua sinfonía del Universo.

No debo permitirme tener un sólo pensamiento ocioso.

No resueno con algunas personas. Palabras van, palabras vienen y todas son interpretadas equívocamente.

En vano es querer atrapar ese estado de placer o excitación o éxtasis, como se quiera llamarlo, en que por momentos me inserto, pues en la naturaleza nada es fijo, todo es dinámico, y en el momento en que quiero inmovilizar o cristalizar en una idea lo que me está ocurriendo automáticamente salgo de ese estado. Por tanto, la paradoja es que si bien quiero comunicar lo que me pasa, al hacerlo necesariamente deja de pasarme lo que quiero comunicar. Además, las pobres palabras nada tienen que hacer en ese cometido. Claro que puedo intentar hacerlo, pero evidentemente para ello debo ser un artista de la palabra, porque encontrar la que muestre una imagen aunque sea aproximada, por no decir deformada, de lo que se siente, es tarea ímproba que puede ser realizada sólo por dioses o titanes.

Todo lo que hago tiene significado, si ejerzo mi libertad. O tal vez incluso si no la ejerzo. Nada ocurre por azar, todos los sucesos y acontecimientos tienen su finalidad o su incidencia en la totalidad del universo, un suspiro, un pensamiento, una plegaria. Cuesta, pero es bello creerlo. Claro, parece un acto de soberbia pensar que un movimiento de mi dedo meñique tenga que producir un efecto que repercutiera en un inconmensurable universo donde infinidad de entes pujan por abrirse paso hacia incierta trayectoria. No obstante, a fin de cuentas, para la construcción de este parágrafo, algo tuvo que ver el movimiento de mi dedo meñique.

Es notable cómo vivimos confinados dentro del reducido territorio de la piel. Nos protege físicamente, sin duda, delimita nuestra individualidad, pero si somos incapaces de emerger de ella para proyectarnos a los espacios infinitos nuestra vida será necesariamente de una indigencia desoladora. Hay que aprender a abrirse, existen infinitas y anchas ventanas en ese territorio que se halla expectante de ensamblarse a la totalidad del cosmos para percibir su verdad y su belleza. Estas permanecen como ocultas y hay que descubrirlas, pues en caso contrario pasan inertes a nuestro lado mientras vivimos impávidos cual si estuviéramos durmiendo. Por momentos me pregunto cómo puede ser que podamos apreciar mejor la belleza de unos perros retozando en una película que en la realidad; es quizás porque el artista logra de alguna manera abrir esas ventanas y atrapa en su obra el inasible instante.

La comunicación entre los seres humanos se torna a ratos asaz difícil. La palabra, ese instrumento inventado en algún tiempo de su azarosa existencia, resulta a veces demasiado imperfecta, se la ve hueca, vacía, sin contenido, va y viene de un interlocutor a otro, resbala por la piel, rebota como pelota de goma, desnaturalizándose la sublime función a la que obedece su génesis. Es obvio que se trata sólo de una herramienta, pero el logro que significó su creación es tan inmenso que decepciona la incapacidad demostrada para utilizarla. Parece claro también que la comunicación más profunda trasciende a las palabras, se produce de una manera tácita, por decirlo así, con sobreentendidos, utilizando como vehículo básicamente al amor, aquella intangible energía que todo lo domina, rara vez comprendida en toda su plenitud. Ello da lugar no ya a la mera comunicación, sino a una completa fusión que permite una especie de identificación con el otro, en una esfera superior a los afanes cotidianos donde los hombres, aunque utilicen las mismas palabras, hablan distintos idiomas, no usan el mismo lenguaje, se encierran en compartimientos estancos a prueba de abordajes y viven ensimismados en su individualidad mezquina, impermeables a la infinita riqueza del universo que los rodea.

La libertad implica no permitirse un sólo desliz. No puedo decir: "Por esta única vez". Cuando transijo, cuando muestro complacencia con mis debilidades, cuando veo claro que obro equivocadamente y aún así me quedo en el error, me convierto en esclavo y enajeno mi libertad. Por ella estoy obligado a saber en cada instante cómo debo actuar para hacer lo correcto, no puedo permitirme jamás optar por la decisión equivocada.

Antes que ponerme en posición de refutar para convencer de la verdad debo estar atento a las refutaciones que se me hagan para descubrir en ellas donde radica mi error. Ese es evidentemente el mejor camino de exploración para descubrirla.

El amor como actitud de entrega es hoy la idea. Lo que los hombres llaman amor, ese estado mental o sentimental o simplemente ese estado, sin calificativos, en el que creen coincidir por representar algo que los identifica con una misma situación, implica claramente, y básicamente, como dije al principio, una actitud de entrega. Es un darse, un brindarse. Amo la vida y a ella me doy, sin condiciones, sin limitaciones. Es en definitiva una retribución de lo que recibo de la Naturaleza de la que formo parte, que se halla en idéntica actitud. Todo en ella es entrega, la comida que saboreo, el aire que respiro, el agua que me limpia, las plantas y los animales que con su ser y con sus actos hacen exactamente lo necesario para que el planeta sea habitable para mí, en suma, toda la belleza que me es dado percibir se encuentra ahí, a disposición, invitándome a gozarla, a incorporarla a mi existencia y a hacerme uno con ella en igual forma a la experiencia que me sucede cuando siento que amo a quien o al que sea.

De improviso, empero, las paradojas del mundo pueden dejarme atónito, desconcertado. ¿Ama acaso aquel que permite que le inmolen, lo torturen, le aplasten, le hagan objeto de las peores injusticias, sin ofrecer resistencia, como dándose y entregándose a la saña de sus verdugos? Para ser específico y citar un caso: ¿Amó Jesús de Nazareth, el maestro por antonomasia del Amor, cuando dejó -es un decir-que los instigadores de su muerte lograran que fuera condenado, sin emitir una queja o un alegato en su defensa? Misterio insondable.

Porque en el plano más humano, y aún, dentro del marco de las enseñanzas del mismo Maestro, el amor entraña la capacidad de re-accionar con furia contra las injusticias, contra lo malo, lo feo o lo falso. No otra cosa revela su indignación ante los mercaderes del templo o la hipocresía de los fariseos. De ahí que la actitud pasiva o, con otras palabras, de absoluta entrega a la crueldad de sus agresores, solo pueda ser entendida en el plano de una pedagogía diferente al meramente humano. Consciente estoy de que no es fácil que se me entienda. Tampoco me es fácil comprender a Jesús, a menos que lo conciba como algo que está más allá de toda comprensión racional, algo así como aquello que llamamos Dios, Jehová, o el Tao.

La entrega, pues, (y no obstante la paradoja del rechazo de las injusticias que también es acto de amor), es la característica más notoria del AMOR. La paradoja después de todo constituye la esencia del Universo. Las cosas son y no son. Es como decir que sólo existen en plenitud si encajan en sus opuestos, cuando convergen y se complementan hasta hacerse Uno, indistinguible de sus partes constitutivas. Amor y odio se hacen uno cuando amo lo bello y odio lo feo. Pero amor y odio existen también simultánea y separadamente, fragmentados, aislados, divergen, por así decirlo, y allí se da el No Ser, allí ocurre la destrucción, la muerte, la violencia devastadora. Amo tanto a mi país que odio infinitamente al país vecino al que debo fundirlo para siempre, borrarlo de la faz de la tierra. ¿Qué es lo que amo, y qué es lo que odio? ¿Soy incapaz de ver que eso al que llamo mi país no es más que una abstracción para separarme del todo, encerrarme en una caparazón que me aísla de la Naturaleza, de mis congéneres, en suma, de la Unidad esencial de todas las cosas incluyendo a sus opuestos? Menudo esfuerzo de discernimiento el que me aguarda. Amar es incuestionablemente también explorar, bucear, emprender el camino en la búsqueda de la verdad. Desembarazarme de la falsedad, que paradójicamente forma también parte de la realidad, (y en consecuencia también hay que encontrarla), y allí, en un acto heroico, entregarse a aquella -a la verdad- con todo nuestro ser, en el ejercicio incondicional de la libertad esclarecedora que nos muestra que no es el engaño de los demás o de nosotros mismos el que nos impele a actuar. Es en esta entrega a la verdad -la verdad que refulge con la búsqueda en libertad- en lo que consiste el AMOR, en definitiva.

El mañana no existe. Tampoco el ayer. Ni el allá. Sólo el aquí y ahora. Cuando llegue el mañana -si llega- ya será hoy, de nuevo ahora. El ayer ya fue, no es, ya no existe. El allá, para mí, es sólo una abstracción. Es el momento presente, donde estoy en este instante, el que cuenta. De ahí que lo que hago y lo que soy en cada instante es lo único que a la postre interesa. ¿Estoy haciendo lo correcto, lo justo, lo necesario, lo esencial? Esta pregunta, este cuestionamiento debe hacerse carne en mí, debe formar parte de mi ser como las más intrínsecas sustancias que me componen. Cuando obro en libertad a la vista de este interrogante me invade una extraña sensación de poder, de vitalidad creadora, de paz y tranquilidad conmigo mismo, de trascendencia al infinito por encima de todo espacio y tiempo. Con ella logro desterrar toda preocupación, todo temor, cobra significado hasta el más mínimo detalle de la realidad, siento que existo y que mi vida tiene sentido, concatenada a la totalidad del Universo, ensamblada con el incesante flujo de los sucesos de la inextricable y prodigiosa naturaleza.

Nadamos en la superficie, las más de las veces. Vivimos como atontados, perturbados por innumerables trivialidades, pensamientos superfluos que nos acometen y nos impiden apreciar la vida en todo su esplendor y belleza. Del Universo vemos sólo la cáscara, somos incapaces de penetrar adentro, de bucear en busca del contenido, de la realidad definitiva, de la verdadera verdad. Nos distraen las basuras y cascarillas que flotan en la superficie del río de la vida que corre caudaloso llevando sus tesoros en la profundidad de sus aguas.

Es increíble cómo nos cuesta comprender lo obvio. Mil gentes lo han dicho desde hace miles de años y seguimos andando sin escuchar, es más, lo hemos comprobado en innumerables ocasiones y pese a ello persistimos en nuestros malos hábitos. Nos negamos a hacer uso de nuestra libertad. Ignoramos que el continuo cuestionamiento a nosotros mismos es el único camino para llegar a la verdad. Hacemos oídos sordos a las palabras de sabiduría que nos indican a cada instante que la única forma de encontrarla es sometiéndonos a un inexorable remojo y estrujamiento del que pueda ir saliendo gota a gota la esencia de la realidad para que podamos entender la vida y ser definitivamente lo que estamos llamados a ser, que no otra cosa es la que se debería pretender a toda costa. Huimos del desafío que ello entraña. Hacemos caso omiso a ese reto que puede permitirnos escalar alturas insospechadas. Cuando nos planteamos, sin concesiones, en cada momento, si nuestros actos son o no justos experimentamos el extraño placer que nos proporciona el saber que hacemos uso de nuestra libertad, el don más preciado que le es dado poseer al ser humano. ¡Dios nos libre, empero, de acomodarnos! Nuestra pereza, nuestra debilidad, nuestra ceguera es tanta que a poco que nos interroguemos ya creemos encontrar la respuesta fácil, la que más se acomoda a nuestra egoísta conveniencia, y hacemos las cosas de manera a satisfacer nuestros gustos, nuestros impulsos egocéntricos. Nos atamos a ellos, nos volvemos irremisiblemente sus esclavos. Tapamos los ojos para evitar que la luz llegue a nosotros y seguimos andando muy campantes justificando lo injustificable. No se dice que sea uno perfecto. Nadie lo es. Después de todo las sabias palabras de un maestro incomparable ya lo dijeron claramente: El espíritu está pronto pero la carne es flaca. Si en algún momento transigimos tiene que ser con la conciencia clara de que nuestra incapacidad proviene de nuestra condición humana, de un montón incalculable de prejuicios e incluso de impulsos básicos no conocidos suficientemente y por ende no susceptibles de ser dominados en ese momento. Pero aún, esa momentánea debilidad, esa caída debe servir para ilustrarnos sobre nuestras limitaciones, para conocernos mejor para seguir construyéndonos a nosotros mismos, poco a poco, y seguir creciendo. Después de todo, el mismo maestro también lo dijo: No entrará en el reino de los cielos quien no nazca de nuevo. Primero hay que nacer, luego gatear, erguirse, caminar. Y después, finalmente, VOLAR. Hasta el Reino de los Cielos.

 

 

EPÍLOGO

 

Hasta aquí mi biografía. No a todos les caerá bien. Si algo puedo alegar en mi descargo es mi empeño intransigente en exponer la verdad cruda, la verdad a toda costa, la verdadera verdad. VERDAD que revela mi verdadera naturaleza de SANTO Y DEMONIO, HEROE Y VILLANO, DOCTOR JEKYLL Y MISTER HIDE, en una conjunción indisoluble que los moralistas vanamente intentan separar en el espécimen humano.

Pues bien. He ahí mi radiografía. Santo o demonio, héroe o villano, Dr. Jekyll o Mister Hide, voy desgranando mis días entre golpes de audacia y buena suerte, congratulándome porque el azar o los dioses me han sido propicios hasta hoy. Consciente de que cada individuo alberga en su ser a tales antagónicos personajes en una conjunción indisoluble, acaricio no obstante, como muchos, el sueño de que pueda prevalecer un día en la humanidad la parte del ángel sobre la del demonio.

Anhelo ver el día en que cada político sea un Mahatma Gandhi que conduzca a los hombres hacia un perfeccionamiento que les permita vislumbrar la JUSTICIA, de la que sin duda seguimos hambrientos.

Una hojeada a la tragicómica historia de esta atribulada humanidad basta para revelar la insensatez con que generalmente actúa cada individuo. Algo que tal vez contribuya para salvarnos del colapso es la cualidad que tenemos de reírnos de nuestras propias desgracias. La ciega, absurda y criminal violencia que anega cada uno de nuestros días es como para desquiciar a cualquiera. Cuando reflexiono sobre las atrocidades del hombre me represento a este planeta como un gran manicomio donde los locos pujan por pisarse los unos a los otros en una carrera desenfrenada que carece de meta. Y pese a ello, persiste el ideal, la ilusión de que el hombre conseguirá un día domeñar a la bestia. Quien más, quien menos, vive aferrado a un remoto ideal sin el cual la vida sería insoportable.

Hurgando en lo profundo de mi subconciente quizás pueda decirse que en aras de ese ideal fué concebido este opúsculo. Quizás pueda servir de espejo para conocer mejor las debilidades y falencias de este espécimen tan singular como lo es el ser humano. Ojalá ayude en la búsqueda de la verdad escondida en lo más recóndito de cada uno. Porque, si bien por momentos me ronda en la cabeza aquella frase de Schopenahuer: "cuanto más conozco al hombre más quiero a mi perro", persiste no obstante en mí la sentencia de Sócrates que recomendaba: "conócete a ti mismo", como un primer paso imprescindible para alcanzar la sabiduría que permita construir el ejemplar del ser humano que se necesita para convivir en sociedad dentro del marco del respeto y la tolerancia. Ya lo dice el proverbio chino, "de los mil pasos que uno ha de dar, el más importante es el primero". Y agrego yo: Ardua es sin duda la tarea de aprender a vivir. Dura toda la vida. Y es menester además aprender a convivir. La vida, ese fenómeno tan extraño y fascinante, merece que cada uno ponga de sí el esfuerzo necesario para lograr el mayor provecho en ese aprendizaje.

Si alguna luz pueden arrojar estas reflexiones en la difícil, apasionante, y porqué nó, divertida aventura de la exploración de uno mismo, el objetivo de la obra estará cumplimentado.

 

INDICE

Prólogo

I - En donde Jenofonte se impone la ímproba tarea de declararse un réprobo.

II - Noticias y detalles sobre una floreciente industria que no contamina el ambiente

III - Jenofonte, como todo buen Benjamín hace ver soles y estrellas a su padre.

IV - El padre de Jenofonte, otro pillo, prefiere hacer mutis ante las diatribas de su consorte

V - De la feroz reprimenda por un acto inocente considerado vil y su terrorífica consecuencia.

VI - Capítulo donde se trata del perro del vecino y otras menudencias.

VII - Jenofonte con otros profetas elucubran planes para salvar de la hecatombe a la humanidad.

VIII - En su afán de conseguir lo que se propone Jenofonte trata de ponerse bien con Dios y con el Diablo.

IX - Jenofonte, consumado astuto, advierte que todo puede ser discutido sin en tender un pito de lo que se discute.

X - Nuestro personaje, algo amilanado, avizora escollos en la travesía.

XI - De cómo una inocente polka puede ser un crimen cuando el poder está en juego.

XII - Donde se sigue trazando el perfil del émulo de todo político.

XIII - Reflexiones sobre un bárbaro episodio del que se deduce la dualidad del mísero mortal.

XIV - Donde el pícaro Jenofonte intuye el único requisito indispensable para ser político.

XV - Donde se habla de una temeraria acción que cosechó inesperados réditos para el protagonista.

XVI - De cómo Jenofonte se convierte en el "Alter Ego" de su hermano Jenáfanes y del provecho que obtiene de ello.

XVII - Comienza Jenofonte a codearse con sus pares.

XVIII          - El gallo paloma del pico de oro.

XIX - Del triste e inevitable itinerario que debe transitar la osamenta del político.

XX - Anécdota protagonizada por un centenario y quizás inmortal personaje.

XXI - Sobre un aristocrático héroe cuya piel fue endureciéndose a base de golpes.

XXII - Jenofonte, convencido de su predestinación, elucubra

XXIII - En su vertiginosa carrera Jenofonte apela junto a otros colegas, a tragicómicas triquiñuelas.

XXIV - Breve monólogo filosófico

XXV - De algunas peripecias relacionadas con el más pesado y obligatorio de los servicios.

XXVI - Donde se continúa el calvario iniciado en al capítulo anterior.

XXVII - Siguen los sucesos que vienen como anillo al dedo para los propósitos de Jenofonte

XXVIII - Destetado como planillero Jenofonte se las ingenia para seguir disfrutando de la plata dulce.

XXIX - Por satisfacer su concupiscencia, Jenofonte pasa las de Caín.

XXX - De las memorables y sesudas tertulias en la cafetería City

XXXI - De las hilarantes aventuras de los tres mosqueteros.

XXXII - Retrato de un mujeriego y advenedizo político.

XXXIII - Prolegómenos de la caída de un imperio.

XXXIV - Del trágico desenlace que provoca una infidencia

XXXV - Jenofonte, como de costumbre, saca partido de dispares acontecimientos

XXXVI - De la puja y el reacomodamiento de los nuevos protagonistas de la escena política.

XXXVII - Prosigue el olímpico festín de los flamantes héroes.

XXXVIII - Un Personaje sobre que fue Ptototipo en su época.

XXXIX - Se comprueba, una vez más, que la misma planta da flores para unos y espinas para otros.

XXXX - Episodios notables que jalonan toda transición política.

XLI - Se gesta la ley fundamental violada antes de nacer.

XLII  Muerto el Rey, vive el Rey.

XLIII - Metamorfosis.

Epilogo

 

 

 

 

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