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MARÍA DEL CARMEN PAIVA


  EL ÁNGEL ESCARLATA Y OTROS POEMAS, 1995 - Poemario de MARÍA DEL CARMEN PAIVA


EL ÁNGEL ESCARLATA Y OTROS POEMAS, 1995 - Poemario de MARÍA DEL CARMEN PAIVA

EL ÁNGEL ESCARLATA Y OTROS POEMAS


Poemario de MARÍA DEL CARMEN PAIVA

 

Prólogo de CARLOS VILLAGRA MARSAL

 

Arandurã Editorial, Asunción Paraguay 1995

 

Edición digital: Alicante :

 

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002





AL BORDE DE LA POESÍA DE MARÍA DEL CARMEN PAIVA

La poesía es una de las escasas categorías verbales que se explican por sí mismas, de manera que en rigor un poemario no habrá de requerir prolegómenos ni glosario. Según creo, fue Paul Éluard quien reflexionó que el poema es un puente entre dos misterios: el del autor y el del lector; sería peligrosamente inútil, entonces, entregar andadores a este último para que recruce aquel arco de símbolos tendido entre sus riberas personales y las del poeta. Ello sin embargo, es oportuno ocasionalmente presentar comentarios laterales acerca de un libro de versos, en particular cuando éste empieza y a un tiempo rubrica una larga devoción. Tal la circunstancia de María del Carmen Paiva.

Es de sobra conocido que en literatura no existen inclinaciones tardías; ahora bien, dentro de la sociedad latinoamericana en general, y por supuesto en la nuestra, podría registrarse un número significativo de vocaciones postergadas, sobre todo femeninas, como ya lo indicó perspicazmente una escritora compatriota, también víctima previa de la frustración aludida. Para muchas mujeres de la región, en suma, no es sólo una metáfora el polvoriento silencio del arpa becqueriana, ni tan enigmático el sentido del poema de Mallarmé «Quand l’ombre menaça de la fàtale loi».

La creación literaria es comunicación o no es nada. Así, El ángel escarlata... desgarra una antigua mudez indeseada aunque fervorosa, y se incorpora a la lírica del Paraguay con llanto de recién nacido: vivo material de primeriza en efecto, con las contracciones, con el pujo, con los derramamientos, e incluso con la enérgica salud de algunas pariciones iniciales.

Victorias doloridas de una límpida catarsis, los poemas de El ángel escarlata no remontan su vuelo incendiado desde un soberbio empíreo posible, sino partiendo de las propias cumbres o abismos entrañables de la autora; a mi entender, los textos de María del Carmen trajinan anchos entornos de clarividencia y fuegos fatuos, de mudanzas y congoja, de poblamiento y soledad, con un trasfondo cárdeno de exaltación individual («¿Quién que es, no es romántico?») y un subsuelo impregnado del reflujo onírico, a veces acumulado y brusco, otras parco y coloquial.

Y termino acá este breve embarcadero de palabras, cuya única función debiera ser la de que el avisado lector se embarque con pie enjuto a navegar por la poesía de María del Carmen Paiva.

Última altura, marzo de 1995

 
 

EL ÁNGEL ESCARLATA Y OTROS POEMAS

 

 

 

 

RETENIDA


a Mercedes Sosa Ugarte de Jiménez Gaona




Apenas sostengo esta soledad.




Más que soledad es una ausencia




inmolada frente a los trigales




que alguna vez doraron mi reposo.






Allá arriba brillan las esferas




sobre mis estatuas ensimismadas.




Debajo del agua




se mecen los lienzos que debieron ataviarlas.






Este dolor que no desea partir




rehúsa rasgar sus vestiduras.






Huelo a menta y a monte refrescante,




ráfagas que vienen desde lejos.




Que no se lleve el viento mi sortija.




Tomo la espada para defenderla




mientras mis ojos




van dejando sus huellas húmedas en el espacio.




Ya casi no retengo esta carencia,




simulando como un viejo violoncelo




una canción antigua y rayada de cuna.






Fraguan acostumbrarme a un sentir de catacumba,




pero este fulgor que me arde dentro




parte como un cometa




con su escondido tesoro




a la legión de las estrellas,




y allá corre puro




y permanece.









CERCA DEL TAJAMAR


a Maybell Lebron de Netto



Descendimos por la cuesta, hasta la orilla del tajamar,





la tarde, yo y el otoño,





deslumbrados con el arcoiris del crepúsculo.





Los caballos semidorados





se bañaban en el agua parda, casi triste,





era la hora de las lágrimas





allá en el monte.





Con las crines danzando al viento,





salpicadas de hojarasca y olvido.










PREFERENCIAS


a la memoria de mi padre




Mis repasos predilectos:




la abundancia de las hojas desparramadas




al final del otoño,




las cintas tratando de sujetarme los cabellos,




que se fugaban con el viento




ocasionando desórdenes.






Las flores violáceas




que se marchitaban en el fondo del jardín




dando paso a un invierno acurrucado




atrás de las ventanas;




los ojos cerrados




para escuchar cuentos tibios




cuando se aproximaba la penumbra.









La libertad que advertía




al mirar la quietud de la noche,




extensa sobre los techos de la casa;




la fatiga de los sueños inquietos




con el agua que emanaba de esos miedos.






Las frutas descascaradas,




jugos en mis manos,




y el adiós que no existía.










SOBREVUELO



Que se me incendien las alas.





No quiero volar sobre este anochecer doliente.





Que desaparezcan todos los que dicen amarme;





lejos de mí,





donde mi asedio no pueda comprometerlos.





La vida me está dando muerte.





Déjenme sola y dura,





en un espacio de leve asteroide.










FOTOGRAFÍA DE LOS BISABUELOS


a la memoria de Silvia Heisecke de Paiva



Las hallé en la tibieza de un mueble





con el pudor que tienen las cosas largamente guardadas;





dos imágenes pequeñas





tramadas para un medallón.





Rostros deshabitados





en su callado encierro,





testigos de alientos dormidos para nunca más.





Ella con una especie de encanto,





él indescifrable.





Huelen a canela o a cualquier flor





de esas que se guardan en los cajones.





Inclusive detenidos como están





me contagiaron su segura conmoción descolorida.










ANTE EL ÚLTIMO ESPLENDOR



Raya el amor en este atardecer de sombras,





se cobija bajo el velo de tus ojos





como una mariposa a punto de extinguirse.





Un relámpago aparece





en el horizonte de la memoria.





Regresas y te vas,





y yo aquí





en este espacio,





solitaria





como un ángel guardián





de lo que fue.










HABITANTES



Tantas cosas





se desvanecieron con el tiempo,





como por ejemplo la ondulada cabellera





de mi hermana, la muerta,





su imaginada sonrisa inoportuna





persiguiéndome en las rajaduras del mediodía;





los sustos nocturnos





que me hacían doblar el cuerpo





en una quietud desmedida,





hasta que llegaba el canto del gallo.





El desconcierto de mi soledad





y aquella tradición de lloros





bajo la almohada,





cubriendo la vergüenza del miedo





y del desconsuelo.





Pasaron los días:





ya no están, es cierto,





pero residen en mis ojos,





les pertenecen a mis actos.










MAGIA A ORILLAS DEL NEGLA


a la memoria del Dr. Ramón Jiménez Gaona



Fantasmas naranjados





surgen de los leños que yacen en la tierra del Negla,





se precipitan en la oscuridad cargada de insectos y vahos,





luego se deshacen en el abismo refulgente de las estrellas.





Se atisban perfiles mágicos





en el monte que se cubre de un dorado manto de jaguar





mientras se escucha el salvaje sortilegio de su paso.





Bastan estos follajes secretos





y el fuego que se levanta como una guirnalda grana.






 



HOMENAJE


a mi madre




¿Por qué no un dorado cielo




en la vasta tristeza de tus ojos




cercados de años y descuidos?




¿Por qué no el fruto de una estrella




en el pálido abandono de tu rostro?




¿Por qué no pudieron ser tus pupilas




arcoiris en la vigilia,




y tus arrugas una rosa delirante




en memoria de tus penas?










SER


a Emilio Pérez Chaves




La cuestión es




ser una misma en este escenario de disimulos.




Conceder la palabra justa cuando no se la recibe.




Compartir con las máscaras




la realidad de los astros vírgenes.






Qué hacer cuando no les seduce el fuego




que habita los precipicios íntimos,




cuando queda suspensa esta marea.






Ser una misma es un llanto.






La propuesta, apenas ofrecida,




se desmorona.




Pero dejo la puerta entreabierta.










UN SILENCIO EN EL ATARDECER



Lo vi en el barranco,





cerca del río,





como una garza mora





trémula y sellada.





El viento y el olvido le ondeaban.





Cubrió los ojos oscuros





con la sombra pálida





de sus párpados.





Parecía querer volar,





medio celeste,





todo triste





en aquel ocaso frío.





Qué noche tan nostálgica,





qué alma tan callada,





el agua remolinando





con las estrellas





la hojarasca de su estío.





Revoloteaban sus cabellos





como deseando atrapar





quién sabe qué feliz recuerdo





que procuraba huir.





No quise acercarme,








pero lo entibié en mis pupilas





durante largo tiempo.





Luego





nos separamos.





Yo regresé a mi casa,





él se quedó en el río.










ABUELA DESVELADA



Transitaba apacible con el viento,




le rondaba una gualda mariposa,




y en las encrucijadas, una rosa




le concedía su callado aliento.






Con un andar nostálgico y sediento




iba flotando su figura añosa,




casi colmada de nostalgia hermosa,




sumida en un remoto pensamiento.






Atardecían lámparas moradas




en el azul remanso de sus ojos,




fingiendo estrellas tímidas, selladas.






Huía rumbo al alba, como un hada,




libre ya de fatigas y despojos,




impasible y ausente y desvelada.










MIS PLANETAS


a Luisa Moreno de Gabaglio




Me excedo esta madrugada.




Tallada en el lecho blanco,




me transporto a un planeta sin muerte.




Mis pies tienen fiebre.




Lamo la punta de mis dedos




y se me llena la boca de fuego.




Camino sin detenerme,




atravesando la conjetura de las lunas.




Este planeta mío emana lunas incontables,




respira con la frecuencia del ángel,




entrelaza amores perdidos.






Regreso sin opción.




Me deshago del bramante que me cubre.




Miro de frente,




soy un soldado:




no me queda más remedio que el coraje.






Afuera no hay quietud;




por todas partes,




mientras voy andando




(ya no me arden los pies, aunque me ardan,




ya no me enjuago las manos)




veo cómo se estremecen las flores,




cómo surgen los pájaros.









PADRE



Si pudiera devolverte




de aquel instante juntándote




de nuevo con la vida.






Los jazmines de ayer




se desvanecieron en la solapa de tu saco




y se llevaron el olor de tu piel.






Quedose una especie de perfil




transparente




y tus besos congelados




en la memoria de mi sangre.






Poco a poco se van ausentando.










ALAMO CAROLINA


a Manuel Argüello




Yo lo miraba




a través de los cristales.




Era invierno




y le cubría una vigilia azulada.




En la sombra de marfil




que le arrojara el sereno




fulgían soplos fríos




dibujando piruetas de plata.




Era un ángel




en aquella soledad




bajo el cielo acerado




que le mecía.




Más allá pasaba el río




con su carga de fantasmas diáfanos.




En el fondo de los montes




una lámpara roja




rasgaba el día.










SEMBLANTES


a María Luisa Artecona de Thompson



Esos rostros





que me acompañaron desde niña,





esquivos detrás de los lirios esmerados





de los lunes de tarde;





impresos en la memoria





de tanto oírlos llamar por sus nombres.





Facciones de seda,





apenas tocables,





casi nada.





Muertos, eran muertos,





pero allí estaban en el vivir de todos los días.





Y son cada vez más numerosos.










ROSTROS DE ÚLTIMA ALTURA


Para Ana María y Carlos Villagra Marsal



Transitan sobre las cumbres





fosforescencias de plata





y entre los oscuros montes





giran luciérnagas blancas;





enfrente del jazminero,





junto a las frutas de grana





reposan dos cruces negras





como tímidas plegarias.





Bajo su oscura vigilia





es noche azul y cerrada;





el niño azoté nos cuida





desde su espumosa vara.





El morador de la altura





deja, con honda mirada,





sobre la incierta llanura





los hechizos de su alma.





Como insignias de la noche,





dentro, vigilan la casa





tres puñales del desierto,





jarros y arcones y máscaras.








Y la mansión del poeta





que apenas duerme, hacia el alba,





da paso a un manto sagrado,





que a veces se asoma y pasa,





niebla matinal que cruza





el sortilegio del agua,





hacia las cimas del norte





donde los sueños se apagan.










DESPRENDIMIENTO



Estás alejándote del celaje




en el que andabas envuelta,




dejando atrás la sal que te cubría los labios




y ese cristal ciego




que te anticipaba soledades de huérfana.




Has dejado de lamentarte.




Tus contratiempos se convirtieron en musgo viejo.




Ya no más los signos de la multiplicación del llanto.






Las lágrimas secas ruedan por tus mejillas redimidas,




imagen aquella




a quien




alguna vez




se le enmarañó la tristeza,




perdiéndola luego en un océano




de piedra.










ADENTRO



No miren mi dolor




de esa manera.




Retírense.




Estoy desnuda,




endurecida,




piedra ficticia




en su pedestal atribulado.






Adentro es lo que importa,




no esta apariencia despojada.




Dentro florecen




las hortensias tristes del otoño




y se vuelven frágiles las lágrimas.






Las palabras se fragmentan antes de nacer.






Aléjense




o me acompañan con la gravedad




que merezco.










ENCALLADA



Es penoso olvidar





o, peor aún, deber aceptar.





Es todavía una vigilia temblorosa





que va echando raíces





enredada en los satélites que fueron,





en los espacios vacíos que hoy resurgen.





No sé si alguna vez este tallo





habrá de endurecerse





o se transformará en rescoldo.





De todos modos sucede,





y en este sitio turbado, allá en el fondo,





comienza a nacer algo parecido a la costumbre.










DICES




Me pueblan tus palabras;





se posan en este ámbito ligero;





me conmueve su perfume de hierbas,





la tersura que tienen cuando cuentas historias inventadas





y los requiebros sugeridos que antepones





a esos desiertos prolongados de tus labios.





Se escapa la tarde mientras te escucho.










QUEBRANTOS



El llanto,




esa palabra aterciopelada




que se esconde detrás de los destellos,




tiene brazos de musgo,




aroma de una rara flor dulce,




parecida a esas que veía cuando niña




en el camposanto.




Desde lejos su voz suena a violín herido




y cuando se acerca, ensordece su balada repetitiva.






Vete




donde nadie pueda escucharte




cuando me tocas.




Sumérgete en la arcilla




para que ni siquiera te presientan.










CANCIÓN


a Lilian y Víctor Casartelli




La noche va rodando




entre los cerros,




mientras la luna tiñe




de platino sus senos.






Como diáfanas aves




van los luceros,




y sobre campos de oro




siembran sus besos.






En los oscuros montes




hay aleteos




y singulares danzas,




entre callados sueños.






Las sombras se acomodan




a mi desvelo.




Qué noche tan callada




de blancos centelleos.









El rocío desagua




sus lloriqueos,




y por tus ojos claros,




asoma tu silencio.






Y si dormir pudiera




sobre tu pecho,




me volviera otra estrella




de celeste sosiego.










SIN FIN


a la memoria del Dr. Félix Paiva




El tiempo sucede




en los perfiles de las cosas,




en la imagen transfigurada de los ojos,




en la certeza o el contratiempo de los actos.




Pasa,




oportuno,




verídico,




compasivo.




Tiempo que cruza el espacio,




entretejiéndonos.










RECOGIMIENTO DE LA TORCAZA



La veo elevarse




como novia alada,




cruzando la tarde,




de gris ataviada.




Su grito se pierde




en frondas lejanas




y un puñal de cielo




perfora sus alas,




suspiro final




del sol que desmaya.




La hora enmudece




en arca de paja,




se acuesta la noche




tras sus plumas blandas.










DESPEDIDA



Anoche intenté resucitar




aquello que me fue grato:




mi ritual de lágrimas y risas




bajo las sombras de los árboles emplumados.




El abrazo de los cónyuges,




el murmullo de las cigarras




que hacían más lánguidas las horas últimas,




y aquel acero cortante en el vacío que flotaba triste,




alterando los follajes y los pájaros que dormían en la fusión de sus huecos.




Las estrellas de antes




sobre los mismos árboles,




y el tejado tibio envolviendo las imágenes soñadas




en las entretelas de la noche.






Me había puesto un vestido blanco ajustado




para que el adiós no se me enredase en las faldas,




pero ya estaba pronunciada la palabra




en una noche como ésta




perdida,




involuntaria,




llorada en el recuerdo.










FLORECIMIENTO



Si naciera de nuevo




me arrojaría sin miedo




de aquel vientre.




Si el desorden del mundo




volviera a maltratarme,




dejaría que mis hojas lastimadas




se convirtieran en lágrimas de cobre




y las arrojaría al viento




o las convertiría en ceniza,




lejos del hueco de la tristeza.






Con las ramas desnudas,




desde la soledad de mis huesos,




invocaría a las esferas,




a sus talismanes celestes




sobre mi fiel estructura;

 5



terrones de sol sobre mis ojos,




y alas, alas para volar




sobre el desierto que ya no me pertenece.










ESTE ESPACIO


a Eli Puschkarevich de Green




Rasgan el cielo olas de diamantes




rubricando una mácula de asombro




en la noche cargada de lluvias,




profunda a lo lejos.






Intento ser alguien:




recta como una línea,




densa como un zafiro.




Voy y vuelvo en este abismo de figuras




que aparecen y desaparecen




mientras algo se conmueve adentro:




una libélula significante,




presta a la calma de las cosas




y al amor de los seres.









Hoy me recojo




en esta bóveda de piedras




que fulguran libres, transparentes,




y descubro que fui esbozada




con el pulso inquieto




cuando se le estremecía el alma




al que me hizo




en un instante de misterio.










SOPLOS TRISTES


a Rubén Bareiro Saguier




Por qué tantas soledades




y la tristeza, que suena




en el paso de ese verso




que se escapa de tus venas.




El silencio de tu llanto




cubre una profunda queja,




y se asoma la palabra




como clamor de tus selvas.




Por qué tantas soledades




y otra tristeza que siembras,




con ese soplo doliente




en tus lejanas praderas.




Si ella no está, qué te importa;




hay otras almas sedientas.










EQUIVALENCIA


a Reneé Ferrer




Soy una silenciosa sentencia




conjurada por la promesa




de un amor imperfecto.




La huella de un entrevero




de noches deseadas,




encarnada señal




de una conspiración de ardor y de lamentos.




También la vigilia entretejida y satisfecha




de tanto reclamo soñado.






Soy el arrebato original




que sin querer me brota,




y la que quiero ser




y me complace:




fiel a mi legítima medida.




Ni más ni menos.










BREVEDAD


a Elvio Romero



Hoy, sólo un instante,





el tiempo se detuvo entre mis manos;





una memoria se me posó,





mariposa livianísima y transparente,





y resbaló con el filo del sol





permitiendo





que una lluvia de cristales





me cortara los dedos.










HACE VEINTE AÑOS, EN EL HUERTO



Toda la tarde estuve sentada en una piedra de la




       huerta, impregnada de las humaredas del ocaso.




A mi alrededor moraban rosas verdes en ordenada




       frescura, y resbalaban los tomates como círculos




       de grana desde su ramaje azul.




Con la brisa llegaban súplicas y alborotos desconocidos,




       que parecían temblar en el bosque cercano.




Mis ojos aceptaban el leve resplandor de los astros




       de un cielo todavía claro.




Mi vientre abultado y en reposo recibía, feliz, una




       inexplicable desazón.










DESPRENDIMIENTO


a mis tías Ina y Delia Bernardes



Cómo explicar esta tristeza





que no es tristeza,





cuyo diapasón nace y muere





en las tenaces sedas de mi alma.





Un abismo de estrellas azules





y una luna en mis ojos, de acero,





lloran hasta el alba.





Este silencio





es un ave inquieta





que duerme como flor morada





en el hueco solitario de mis lágrimas.





En el remoto espacio





de la media tarde,





el preludio invernal





flamea como gaita de presagio.





Cómo contar





que voy despojándome,





que soy un ave amarilla





abandonada contra el viento,





descendiendo a los valles cerrados





que guardan ciertos holocaustos.








UN DIBUJO EN EL OCASO




«Un pájaro raspa el cielo equívoco




de la atardecida»





Carlos Villagra Marsal

 



Al diluir





su lánguido vuelo,





se alejó en el resplandor de la tarde,





dejando que el alborotado otoño





se confundiese





con el esbozo oscilante





de sus alas.





Lejos del refugio,





de la cálida redondez de su nido,





ondeó medio azul





en las alturas.





Remontó





la hora de la entrega,





como una flor





al viento





en el último instante del abrazo.










SUEÑO EN EL ATARDECER



a la memoria de Isolina Díaz de Vivar de Puschkarevich




Grandes dragones blancos





se deslizan detrás de los árboles.





La penumbra va envolviendo





las camelias y los perros





en el fondo del patio.





Navego en el espacio,





sobre el follaje,





penetrando en la bruma de los montes





bebo el sol de los panales.





Como un ave de presagios





voy huérfana de carne,





flanqueada a mi diestra,





por los astros nacientes y lejanos;





al oeste,





por la quieta llamarada del ocaso.





Debajo, los sembrados.





A lo lejos,





el último temblor





de una tórtola adormecida.





Y la ciudad,





sombra de piedra.





De vuelta,





donde me aguardan





las camelias, los perros,





y el abrazo triste de la tarde.










SACRAMENTO



Partieron con el pudor alegre





que saben disimular los novios.





Ella, un conmovido temblor en los labios





y en el talle una cadencia fiel.





Él, diligente,





a punto de asperjar sobre el huerto





de premiosos silencios





el impulso de la noche ofrecida.










LLANQUIHUE



Está como dormido




bajo una ceniza de plata.




Oscila suavemente hacia la orilla




y su voz de violín, desenterrada,




me envuelve en la sombra volcánica.




Me sorprende




el sol naciente en el Osorno,




allá en su hueco escarlata,




y va llevándome




el vuelo brumoso y frío




de las gaviotas blancas.




En este espejo resbaladizo




de lapislázulis visibles y planetas,




anoche se me durmió el alma.




Comienzan a elevarse




humaredas como fantasmas.




Lejos, se levantan las montañas




de sus fosas nocturnas;






alguien, desde las áureas faldas,




grita su nombre




hacia las cumbres,




como ave extraviada.




La media luna se deshizo,




el cielo quedó sellado en la tierra.




Se apartó la niebla de mis sueños




y amaneció conmigo esta especie de nostalgia.






Puerto Varas, junio 1994




POR UN MOMENTO


a Beatriz Mernes de Prieto



Quisiera volar como la lluvia,





convertirme en una finísima flecha transparente





       disuelta en una tarde de nubes,





cortando el aire que la abraza hasta caer sobre los





       montes.





Ser una gota de agua suspendida en la rama más alta





       de un árbol,





y perdida después en la hierba.





Transformarme en un instante en agua pequeña





       deshaciéndose en el cálido huerto de la vida.





Quisiera ser una mariposa con un beso de sol sobre





       las alas





adormecida con el lejano canto de las estrellas bajo





       la luna de la aurora.





Quisiera desprender mis raíces y extraviarme en el





       cielo como una golondrina soñadora.





Dejarme caer blandamente como la nieve





y allí volver a ser yo misma.










VIGILIA


a la memoria de
Beatriz Jiménez Gaona de Gorostiaga



Ya no puedo reparar





los resabios que surgieron





de mi tarde y mi tristeza,





ni puedo alentar





aquel fuego





que debió alumbrar





la penumbra del sueño.





Pero es posible velar





en las noches de viento





sobre mi leño apagado,





mientras nacen





en verdor sucesivo





los espectros,





y en la mirada





el remoto y translúcido universo.










EL ÁNGEL ESCARLATA



Apareciste en el atardecer




de los desgajos y desdoros.




Los espléndidos árboles te recibieron




sin espesura, con la excelencia del ocaso.




Abundaban en tu intimidad, todavía pura,




encantamientos y aflicciones que traías sin saberlo,




herencia que emanabas.




Permitiste que te ubicaran




en esa mansión amorosa de extremidades y pobreza.




Aullaban tus ansias de fuego




en las cárceles ambulantes del encierro,




que al moverse con la exuberancia del espíritu




gemían hasta los huesos.




Clamor por salir de los sueños al destino.




Todos aquellos ímpetus quedaron postergados




para la hora púrpura.






Te olvidaste de las invocaciones




que habían venido contigo




desde antes de nacer,




de tanto arderte las rodillas,




hincado ante la equidad,




incluso ante el amor




y el alma propia.






Ya te desmayas, ángel, ante tu abismo,




mientras se derraman sangres como lágrimas.










ÉXTASIS



Una roja miel




se evade de mis ojos absortos




hacia otros desiertos,




regiones donde sólo habitan




pensamientos que producen vértigo




en los labios, en los senos,




y donde la palabra se confunde con la lengua del aire.






Me cubre un lienzo




que pregona la pureza de mi cuerpo.




Me arden las sienes.




El vocablo no pronunciado




tiñe el subsuelo de la memoria.




Por las puertas entreabiertas




se van las imágenes invisibles




consumiéndose en el ámbito de las estrellas.









La apariencia se estremece,




y se dobla el alma bajo el agua.






El resto de mi desnudez




resbala




por el declive de los amaneceres.










REFLEJOS



Es invierno.




El vino fluye por mis venas,




deshilvana mis pálidas posturas




y se me desmaya en el albor del día.






Estoy como muerta, dispersa.




Como si todos mis espacios




estuvieran atrapados en espejos,




y ataviada de cristal en rayado vuelo,




irrumpo en la fatiga del día.






Allá silba un ave rapaz




y se escucha una canción de cuna.






Me enternece la lejanía.




Quisiera partir,




pero me quedo atrapada en el lecho.






Es invierno,




no hay licor ni espejos.




Sólo el cielo,




y el canto del búho.










EXTENSIÓN



Tarde es ya, la noche:




vuelven a ser invisibles




todos los perfiles;




los mismos reflejos del cielo palidecen.






Es curiosa esta insistencia




de permanecer en el casi diluido trazo




de los conjuros de ayer;




el asedio y la vigilia




se agotan, confusos, en la distancia.






Está tan entrada la noche,




que una vaga canción




desde no sé dónde,




me dilata como un siglo triste.










DESASIMIENTO



En mis entrañas abiertas




la magnífica sangre está intacta.






Yo hice la incisión




para que escapen las palabras oxidadas




que aún me acechan,




y también ese olvido interminable




que gravita desvelado




entre el bullicio de las venas.






Sopla el viento de algún metal,




prolonga más la fría sensación,




golpea los cabellos,




ronronea en el alma temerosa.









Una postrer melancolía




avanza como niebla de crepúsculo,




y se introduce en la herida




después de que hayan huido los temblores.






Alguien más, sin fin, me habita.






Un aletazo parpadea en mis vacíos,




y la hora distribuye las lágrimas.






 

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Al borde de la poesía de María del Carmen Paiva   // El ángel escarlata y otros poemas // Retenida // Cerca del tajamar // Preferencias // Sobrevuelo // Fotografía de los bisabuelos // Ante el último esplendor // Habitantes // Magia a orillas del Negla // Homenaje // Ser // Un silencio en el atardecer // Abuela desvelada // Mis planetas // Padre // Alamo Carolina // Semblantes // Rostros de última altura // Desprendimiento // Adentro // Encallada // Dices // Quebrantos // Canción // Sin fin // Recogimiento de la torcaza // Despedida // Florecimiento // Este espacio // Soplos tristes // Equivalencia // Brevedad // Hace veinte años, en el huerto // Desprendimiento // Un dibujo en el ocaso // Sueño en el atardecer // Sacramento // Llanquihue // Por un momento // Vigilia // El ángel escarlata // Éxtasis // Reflejos // Extensión // Desasimiento

INDICE ALFABÉTICO: Al diluir // Anoche intenté resucitar // Apareciste en el atardecer // Apenas sostengo esta soledad. // Cómo explicar esta tristeza // Descendimos por la cuesta, hasta la orilla del tajamar, // El llanto, // El tiempo sucede // En mis entrañas abiertas // Es invierno. // Esos rostros // Es penoso olvidar // Está como dormido // Estás alejándote del celaje // Fantasmas naranjados // Grandes dragones blancos // Hoy, sólo un instante, // ¿Por qué no un dorado cielo // La cuestión es // La noche va rodando // Las hallé en la tibieza de un mueble // La veo elevarse // Lo vi en el barranco, // Me excedo esta madrugada. // Me pueblan tus palabras; // Mis repasos predilectos: // No miren mi dolor // Partieron con el pudor alegre // Por qué tantas soledades // Que se me incendien las alas. // Quisiera volar como la lluvia, // Rasgan el cielo olas de diamantes // Raya el amor en este atardecer de sombras, // Si naciera de nuevo // Si pudiera devolverte // Soy una silenciosa sentencia // Tantas cosas // Tarde es ya, la noche: // Toda la tarde estuve sentada en una piedra de la // Transitaba apacible con el viento, // Transitan sobre las cumbres

 

 

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